Edición Nº 1748


 

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    21 de noviembre de 2002

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Pucha, el Doctor Max

    ¿Tú crees que con lo que le ha pasado a Maraifé Ferrand, voy a estar escribiendo sobre las elecciones regionales? Pucha, cómo se ve que no me conoces. Pero escucha, pues. El otro día yo estaba meditando regio con el fondo de un concierto para "troleburro" (un instrumento súper étnico que se usa entre los afroperuanos desde que eran esclavos hasta ahora, ¿te imaginas?) y viola da gamba compuesto por Manongo especialmente para mí, cuando suena el celular, hija, y era Mariafé, que me bajó a tierra más rápido que si se me hubiera presentado en el cuarto Pachi calato con priapismo, no sabes.

    "¡China, yo también he sido paciente de Max...!", comenzó a gritar ahogada en llanto mi amiga de la universidad, hija, en un ataque de histeria que yo no comprendía, como si de pronto yo me pusiera a llamar a todo el mundo a chillar, "¡Yo también he sido paciente de Saúl...!", no sé si me entiendes. Casi la mando a rodar a la tarada de mi amiga -pobre, el marido le saca la vuelta con cualquier cosa que se mueve-, pero más pudo mi empatía terapéutica y la escuché. Y no sabes de lo que me enteré.

    Con razón. El año pasado me acuerdo que un día la vi a Mariafé en Playa Blanca caminando sobre la arena, con una ostra en una mano y una copa de champán en la otra y pensé, "Mariafé, por lo menos que Pocotón te pague con liposucciones todo lo que te hace sufrir, porque la verdad pareces de lejos un colchón mal amarrado y de cerca, una señora gorda". Pero como a mí la vida ajena no me importa nada de nada, pucha, la saludé ("¡Hooooooola Mariafé, estás reeeeegia!") y me puse a leer mi revista.

    Hija, a los quince días me la vuelvo a encontrar en el mismo sitio y pensé que me había confundido de setting y que en lugar de estar en mi playa, pucha, tomaba el sol en el bar de Star's War porque cómo te explico, o sea, tenía una teta enorme como un cachete de la Salgado, la otra caída como una teta caída de la Gamboa; las caderas de mochila como Alan-García-Pérez-qué-cochino-que-eres, la papada de vincha y una cintura de balón de gas que en mi vida había visto cosa igual. "!Mariafé, pareces una modelo!", le comenté buenísima pero pensando para mis adentros, "de Picasso, hija", porque era para morirse. Esa noche Sue entre drinkis me cuenta que nuestra amiga se había mandado a reencauchar toda ella pero de lo puro tacaña se lo hizo acá, todo porque como el marido es industrial en quiebra, pucha, ella también está con la cantaleta de consuma lo que el Perú produce, no sé si me entiendes.

    Bueno, resulta que Mariafé se había ido donde el tal Max Alvarez, hija, ese mismo que han sacado en un video cepillándose a una especie de bufeo con peluca que encima es abogada y claro, ahí me di perfecta cuenta de que antes de meterse en una cosa así, pucha, una tiene que hacerse examen de riesgo pero no tanto de riesgo quirúrgico como de realidad nacional, no sé si me entiendes. Porque me contaba Mariafé en esa desgarrada conversa telefónica, que el tal Max la aventó sobre un sillón cubierto con una toalla rosada que olía a lejía ("¡cómo debe oler Susy Díaz, China...!"), le puso "una inyectable" (así dijo la enfermera) y en diez segundos mi compañera de banca estaba en el séptimo cielo. Varias horas después se despertó en su casa, pucha, con bata y un frescor en mala parte que era como para no entender, porque con el cuento de que el marido anda hasta con el Divino Copón, la pobre ha clausurado esa parte de la vida con más entusiasmo que Lucho Solari poniéndose el boxer, yo sé que tú me entiendes.

    Bueno, ahora la suerte está echada (y Mariafé también, porque de la depre no se puede levantar de la cama) y claro, ya todas estamos organizando el operativo por si nuestra amiga estuviera encinta (hija, con lo que son los peruanos, fácil un embarazo puede durar doce meses y tú ni cuenta darte) o, lo que sería ho-rri-ble, tuviera SIDA; aunque ya Mariló (que también pasó por las manos de los dos Max), nos ha explicado que no nos preocupemos porque en realidad, o sea, el tal Max no las violaba con lo de verdad sino con "un consolador al que llamaba el espechale". Digo yo, ¿un consolador?, y eso qué es. Dios, qué consuelo el que se ha inventado mi otra amiga para no darse cuenta de que, bueno, la mayor diferencia entre una vedette y ella está en la cantidad de letras que tiene el apellido, porque en cuanto a cerebro, pobres.

    Ay qué pena pero así es la vida cuando te preocupas tanto por lo superficial y lo frívolo, ¿no es cierto? Por eso es que en el fondo yo admiro horrores a madame Carrot, porque hace su trabajo y no le importa nada estar tan fea, ¿no es cierto? Chau, chau. (Rafo León).


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