Edición Nº 1741


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    3 de octubre de 2002

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Me Voy a la Canonización

    AY hija, que vida ésta, ¿te he hablado alguna vez de mi tía María Ofelia Tudela? Pucha, no sabes, es la descendiente directa de los Tudela de Valladolid que, pucha, parece que tenían más tierras en España que pelos hay en la cabellera fogosa la que te jedi. Bueno, la vieja, que dicho sea de paso es más virgen que la Macarena, me llamó el otro día a decirme, con toda la sutileza de los Tudela (de la cual el primo Pancho es un eximio maestro), lo siguiente: "Chinita, quiero ir a la canonización de Escrivá de Balaguer y espero que me acompañes porque no puedo andar sola por las calles de Roma desde que me rompí la cadera; así que anda organizando tus cosas y te vienes conmigo, de paso que te aireas de tanta gente fea a la que estás obligada a tratar por tu trabajo, pobrecita".

    Pucha, la sutileza era tal que la vieja de mierda no tuvo que mencionar siquiera que aún es la dueña de tres compañías de seguros, siete inmobiliarias, un departamento en París y unas joyas que fueron de Eugenia de Montijo y que a mí me van a quedar regias cuando las herede, después de haber regresado de nuestro viaje a Roma de presenciar tan magno acontecimiento, que es lo máximo que me va a pasar en la existencia, pucha, después de mi primer sofocón con Diego, yo sé que tú me entiendes.

    Bueno, el tema ahora es el outfit, cómo te explico, porque no voy a llevar el mismo equipaje, por ejemplo, de mi último viaje a Río, cómo te explico. Pero obviamente, pucha, o sea, me estoy refiriendo simbólicamente al vestuario interior y no sólo a las faldonas y sacos negros que estoy rescatando del closet, porque como te podrás imaginar, pucha, si quiero ver las joyas de la Montijo voy a tener que pasármelas la semana entera en el mismo look del pajarón Cipriani, salvo las medias púrpura, que no me las pienso poner así mi tía María Ofelia me diga que si no lo hago, pucha, heredará Pancho, con el poco gusto que tiene el cacaseno para vivir.

    Así que siendo como soy yo, o sea, que todo lo que hago me lo tomo muy a pecho, pucha, estoy empezando a hacer mi proceso de purification interior para ir a la tal canonización, porque te digo, o sea, si me presento el estado moral en el que ando, pucha, en plena elevación a los altares me van a aparecer sabañones en los brazos de tanta contradicción.

    Lo primero es volver a aprender a hablar, ¿te imaginas qué flojera? Como todos los del Opus, voy a tener que entrenarme en poner la boca como culorum de gallina y los ojos-en-alerta-perpetua-contra-el-pecado, para todo el tiempo estar mencionando las batallas que hay que librar contra el mal, las nuevas estrategias de pastoreo para con la grey (léase la indiada) y las maneras más eficientes de acabar de a pocos con esas cosas raras y peludas que diosito nos puso debajo del ombligo, en un break que se dio durante la creación. Obviamente, pucha, voy a tener que olvidarme de mis amigos tipo Stephan de la Fressange, o en todo caso, pucha, empezar a mandarle mails recomendándole la castidad que su condición exige, teniendo en cuenta que la tal condición no es sino la de una loca feliz que se tira a todo lo que lleva palo y se mueve en el mundo. Qué quieres que haga, cuando pienso que todo esto es un horror, pucha, se me aparece en close up la diadema de esmeraldas y brillantes de Eugenia de Montijo que me voy a zampar en el próximo santo de Sue para que de la envidia se le encrespen las cuatro mechas a la cumplementada, y concuerdo con Cipiranón en que lo mejor para los degenerados es hacerse un ruche en las partes bajas, aunque te vuelvas loco de por vida, pero así es el fútbol, hija.

    La cosa es que me tienes atareadísima con esto, ando que busco rosarios y misales por donde voy y en fin, así será. Tan ocupada ando, hija, que ni siquiera me he puesto a analizar la fiestecita que se mandó la Carrot en Chinchero para su canonización, sorry, su nacionalización. Me han contado que fue, digamos, sencillita pero significativa, y que le ha traído a la Doña Colorada tal paz espiritual y tolerancia que hasta estaría dispuesta a salir a almorzar conmigo para hablar un poco de la vida. Además, pucha, el asunto ha servido para enterarnos de que en francés, o sea, el sufijo /ucho/ es un diminutivo cariñosísimo. Ya me imagino entonces lo que deben ser los diálogos en Palacio: "Olioncito, ¿mo puodos sorvor otro woskhocoto osol?"; "Pog supuestó, mi quegido magiduchó peró pog favog, no te vuelvás a buitgeag sobge la sabaná pogque la lavandegía de Pargís nos está saliendo cagisíma, amogsuchó" Qué vida, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)


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