Edición Nº 1741


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    ARTICULO

    3 de octubre de 2002

    Rolling Stones Social Club
    En vivo, el concierto de los Rolling Stones en el Madison Square Garden de Nueva York.

    Veteranos Richards y Jagger desafían al público. Como si no hubieran pasado los años.

    Escribe, desde Nueva York, JAIME BEDOYA

    PERSONAS que nada esperan de mucho se reúnen en el bar más antiguo de Nueva York. El lugar se llama Fanelli, venerable bebedero instalado desde 1872 en la esquina de las calles Prince y Mercer incomodando la levedad de SoHo. Una de estas personas llega desde Madrid con una historia que sólo necesita ser contada a medias. El resultado evidente es algo hecho añicos.

    Su interlocutor nada tiene que agregar: se siente en casa en esa zona cero emocional ajena. Mañana estarán en el regreso de los veteranos Rolling Stones al Madison Square Garden, evento que una ciudad aún horrorizada por la convivencia con miles de cadáveres pulverizados en el atentado contra las Torres Gemelas es tomado con escepticismo contradictorio. En internet el precio de reventa de las entradas ha llegado a los diez mil dólares. Al mismo tiempo algunas preguntas flotan en el ambiente. Uno, ¿se supone que adultos mayores ingleses son la encarnación del rock and roll? Dos, ¿a alguien le importa? Una anécdota digresiva sugiere una teoría complementaria: la tía de alguien, budista andaluza, se acerca al lecho de muerte de un familiar ya en coma y le recomienda: la luz blanca. Paco, coge la luz blanca. El vino del Fanelli revela la posibilidad de que en la música, en el concierto, se busque alguna variante de aquella luz blanca, si es que existe. Indicios hay: varias tardes seguidas de noviembre del 89 escuchando repetitivamente Beast of Burden (1978) en la rockola de un hotelito de Miami bebiendo cerveza con quien sería la portadora del 50% de la información genética de mi descendencia; días de certera luz blanca. Luego, en tópicos más terrenos se especula, dadas las características cronológicas del evento, acerca de la reventa de Viagra en la puerta del Madison.

    •••

    En ese noviembre del 89, siendo las cinco de la tarde de un martes en la desabrida capital latina de Florida, tres peruanos oímos a los Stones tocando Ruby Tuesday (1967) sólo para nosotros. El grupo ensayaba para su concierto del Orange Bowl, era el tour Steel Wheels, y la feliz insistencia de Cucho nos llevó a pulular alrededor del coloso de Dade toda la tarde. El sol cayó con el still I am gonna miss you final de la canción. Acabado ese momento interpretado como mágico por los forasteros, Jagger se apareció caminando cual mortal bípedo implume. Cucho lo abordó -¡Mick, ¿remember Iquitos?!- refiriéndose a su aparentemente improductiva estadía cuando vino a filmar Fitzcarraldo, participación que fue editada de la película. Jagger reaccionó al toponímico amazónico y magnánimo gritó ¡yeah! Con la complicidad de recordar algo malo pero bueno. Tres posibilidades: o eran los juanes, la cocaíne o Monique Pardo, supuesta protagonista de un encuentro del que sólo da fe un óleo de los dos juntos que lleva toda la factura de la escuela pictórica del parque Kennedy. Antes, en 1969, Mirko Lauer y Jesús Ruiz Durand lo habían encontrado en la habitación 428 del Hotel Bolívar empacando un vestuario cromáticamente inverosímil con la pulcra dedicación de una escolar británica. Los indios peruanos, al mejor estilo Elianne Karp, eran la mayor preocupación manifiesta por Mick aquel día frente a la plaza San Martín. El relato del encuentro termina con la amable versión de que el Bolívar se negaba a servirle almuerzo a los dos Stones que ahí se alojaban, no se especificaba por qué, y que tras una serie de llamadas a la Embajada Británica fueron invitados a abandonar el hotel. Se fueron al Cuzco, aun más cerca al Huallaga.

    El otro Stone era Keith Richards, encerrado en la habitación 403 con una mujer y diciendo que el no recibía periodistas ya que en fin una mujer era una mujer.

    •••

    Charlie Watts, Mick Jagger, Ron Wood y Keith Richards. El tour norteamericano de los Rolling Stones se inició en Boston.

    El CBGB, 315 Bowery, es una de las matrices incontestables del rock neoyorquino. De ahí salieron The Ramones, Blondie, sonó The Police cuando en Inglaterra no eran nadie. Esta noche de setiembre del 2002 hay una buena noticia y una mala noticia en el CBGB. La buena es que su mojito está a la altura de su reputación, una viril dosis de ron se asocia poderosamente con el aroma benefactor de la hierbabuena. La mala es que hoy es la noche de rock latino. Es menester conocer el baño, legendario locus amenus de los más notables momentos del rock, invariablemente asociados al vigoroso alivio de la vejiga. Llegar supone pasar detrás del escenario y los camarines, junto a trajinados sillones rojos donde Joey Ramone hacía la siesta. Tomó asiento y cogió un par de baquetas para tamborilear el agreste ritmo que brota de los amplificadores. El bajista de Tráeme a tu Chingada Madre, 180 kilos calculo, dice guey, ¿quiéres tocar? El mojito lo impide. Le preguntó por los Stones y se ríe. ¿No estaban muertos esos cabrones? En esta ciudad de ocho millones de habitantes el primer vagón del metro es conocido como el vagón de los solteros. A esas horas de la madrugada los solteros son dos chicas de Brooklyn borrachas, gente cabizbaja y un chino barbado que habla solo, advirtiéndose a sí mismo que no siga.

    •••

    El vodka con jugo de naranja inunda los bares de la 7ma avenida. Los fans coinciden en un espontáneo ritual etílico, es el trago favorito de Keith Richards. En la puerta del Madison el sobrepreciado merchandising se vende con furia capitalista a un público multigeneracional. Los Stones ya no son una banda, son una corporación. Desde la gira del 89 hasta la fecha han recaudado 1.5 billones de dólares. El cerebro detrás de la red de empresas holandesas que maneja sus negocios es el Príncipe Rupert Zu Lowenstein, banquero del grupo desde hace más de treinta años que en estos momentos debe estar contando marcos, cambiando yenes, pensando dólares. Sir Michael Philips Jagger, no en vano ex alumno del London School of Economics, guarda en estricto seguimiento a la caja. El y Charlie Watts manejan la provechosa venta de merchandising. A Keith Richards cuando le preguntan cómo maneja el negocio él muestra las manos y dice esto es el negocio.

    Sin ningún gran éxito en 20 años y compitiendo con bandas que escuchan sus hijos, los multimillonarios rockeros siguen siendo esforzados baluartes de los valores contestatarios. Es por la música que hicieron y por la vida que hacen, a pesar de la edad y la fortuna, que es lo que suele amansar a las fieras y hacer caer el pelo. Mick, calculador y sensualizado, mantiene una cintura de 29 pulgadas y lleva una vida sentimental predatoria, justicieramente resumida en una frase de su chofer: Mick sin mujeres es como huevos sin tocino. Richards, hijo de un obrero inglés, nunca ha tenido otro trabajo que no haya sido el de tocar guitarra en esa banda.

    Dentro del Madison empieza una masiva combustión de cannabis sativa, produciendo un humo de segunda mano de primera del que Teresa Ocampo, por la tremenda horneada, estaría orgullosa. Chrissie Hynde, la única Pretender original pues el resto está muerto y el baterista en Londres, demuestra que ella también ha sabido envejecer con gracia. Esbelta y ruda canta Brass in Pocket (1979) convenciendo a todos que es especial, theres no onle like me. La nativa de Ohio se gana la localía cuando invita a un neoyorquino notable a acompañarlo en la segunda guitarra. John Mc Enroe, otro que no sabe perder, cambia la raqueta por una Fender Telecaster y hace los honores.

     

    Keith Richards, hijo de un obrero inglés. Toda una vida con la guitarra y la banda. Der.: De aquí salen los cantos rodados.

    Al apagarse las luces la anticipación reverbera y la horneada se hace smog. Keith Richards acaba de abandonar el Campamento Rayos X, así llama a su camerino, y sin dejarse ver desafía al público con los primeros riffs de Street Fighting Man (1968). -¡Es hora de hacer una revolución en Palacio!, grita Jagger en inadvertida coincidencia con la doctrina etnocacerista de Ollanta Humala y empieza el concierto. A sus 59 años y calzado sobre un par de Nike Air Essentials II con la suela pulida a su gusto para la tracción ideal, empieza un baile que solo acabaría dos horas y pico después. Charlie Watts, inmutable, es el único que actúa acorde a su edad, 61 primaveras.

    Truman Capote, odiado por toda la banda en la gira del 72, bailaba sin gracia en el backstage del Madison entonces. Jagger tenía 29 años. Ahora Capote, además de finado, es un retrato de ojos inyectados que cuelga en el Metropolitan en la exposición de Richard Avendon. Otros grandes momentos del Madison: 1971, pelea Ali - Frazier. 1974, último concierto de Lennon. 2002, desaparece libretita Minerva de apuntes. Los sobrevivientes del 72 aquí presentes tienen al público erizado con una impecable versión de Honky Tonk Women (1970) que se apoya en gigante pantalla digital donde se proyecta el dibujo tipo anime de una joven semidesnuda que monta cual rodeo, una lengua chúcara y carnosa. La lengua, digamos crece, a la mujer no la baja nadie de ahí, hasta que se la come y escupe sus zapatos. Ron Wood tiene una mini cámara en la guitarra y enfoca a Richards lamiéndose los labios. Luego se ve a Jagger boqueando pero sin detenerse. Tienen que haberse metido algo, especula el respetable.

    La luces bajan y sin mayor aviso cambia la atmósfera hacia el amable reposo de la balada, siendo Wild Horse (1971) cantada más por el público que por el cantante sexagenario. Este necesita el primer cambio de vestuario y deja a Richards, Sinatra del Apocalipsis, a cargo del micrófono. Cruces de alta le cuelgan del pelo.

    Ejecuta cada riff con exacto manejo de los silencios, decidiéndolos con un movimiento de ambas muñecas similar al de los chamanes cuando curan el mal de ojo.

    Are you having a good time? Are you having a good good good time?, Jagger reaparece provocando al público, moviendo el culo a discreción, llevando a la práctica aquello de que mientras hay vida hay esperanza. La guitarra inicial de Start me Up, irónicamente compuesta originalmente como reggae, enciendo todo de Nuevo.

    Continúa una demolición: Jumping Jack Flash (1970) y Satisfaction (1965), demo de Richards que se hizo hit y que según dice su autor sólo Otis Redding interpreta como debiera ser. Luego de media hora de euforia ahumada dejan los instrumentos y desfilan por una pasarela hacia el centro del recinto. Jagger saca una armónica y los ingleses se ponen a tocar blues. Lo mejor de John Lee Hooker y Muddy Waters, finalmente de una de sus canciones sacaron el nombre del grupo en 1962 (!). Rematan con Shattered (1978), Brown Sugar (1971) y dicen muchas gracias, buenas noches y se van.

    Nadie se mueve. A los siete segundos se apagan las luces y suena la inconfundible percusión de Simpathy for the Devil (1968). Las luces regresan, todas de rojo, y una gigantesca lengua de fuego aparece detrás de ellos. Diez minutos de feliz infierno. Luego despedida formal, y en quienes hacen la reverencia, el rock todo se resume en cuatro amasijos de sangre, músculos y órganos sometidos durante cuatro décadas al uso y abuso de sexo, drogas y rock & roll. Bueno, al Sr. Watts no se le ha movido un pelo. Cuando un bluesero o un sonero envejecen se convierten en maestros. Cuando lo hace un rockero es un Stone.

    Afuera la lluvia era diluvio. La digestión era doble, musical y toxicológica. La marquesina del Madison ya anunciaba el cruel concierto del día siguiente: Enrique Iglesias y Paulina Rubio juntos, hasta la inminente resaca se hacía preferible. En el único deli de Times Square abierto a esa hora un vino áspero ayudaba a pasar el buen rato. Saliendo del lugar el paraguas de un dólar apenas protegía del aguacero, la ropa pesaba por el agua. Ahí se reveló una luz enceguecedora, destello improbable en medio de la noche. La luz blanca finalmente. Era el reflejo del neón insomne de Times Square sobre un charco de agua de lluvia. El rasgueo inicial de Beast of Burden (1978), la batería de Watts esperándolo, se dejó escuchar en toda las ciudad, zigzagueando las notas entre los rascacielos. O fue eso o habían truenos, imposible saberlo.


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