Edición Nº 1740


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    ARTICULO

    26 de setiembre de 2002

    ¿Qué Pasa Con La TV?
    La pantalla se ha contaminado de venganzas, intrigas y sucios trapos amarillos. Urgen correctivos.

    La TV ha demostrado una histórica insensibilidad ante la preocupación ciudadana. Vimos a sus dueños, sin importar la cámara que los grababa y el pavoroso espectáculo que daban, recibir la coima de Montesinos. Ahora, sofocada por sus propios excesos, ella misma está en trance de comprender que le urge una mínima regulación, o siquiera, comprometerse al esfuerzo de autorregulación al que la están convocando sus anunciantes. Es cierto que cuando los gobiernos quisieron intervenir en el tema, lo hicieron para asegurarse su complicidad. Velasco la expropió y parametró y Fujimori/Montesinos la corrompió y lanzó contra nosotros. Así que corresponde a la sociedad —lejos de las veleidades del gobernante de turno- fijar el marco para que fluya con libertad y responsabilidad. El horario de protección al menor, la publicación de los códigos de ética, el defensor del televidente son ideas piloto que tienen que salir al aire.

    Beto posa y reposa en su set de fantasía. El provocador gana y apabulla al periodista. Der., Lucy Borja, directora de Generación, en el ojo del escándalo.

    LA crítica a la TV se convirtió en una conservadora letanía desde que el control remoto y las 24 horas de programación total aplastaron nuestra atención y apabullaron nuestra capacidad de renegar —legítima y democráticamente- frente al aparato. A la preocupación por el nivel educativo se nos respondió, altaneramente, con espectáculo, chisme, seducción y, muy eventualmente, con una extraordinaria diversión.

    Pero las más de las veces sus dueños y productores prefirieron relajar la calidad ante lo fácil y económico que resulta cosechar puntos a través del efectismo. No hay que experimentar demasiado en esa vía, pues ya se sabe que sexo y violencia y sus alusiones en doble sentido, bastan en el menú regresivo.

    Magaly Medina y el discutible mérito de ser pionera del show machetero e invasivo.

    A la larga el costo es altísimo: se pieden las sintonías arrobadas y cautivas que puede lograr un buen programa periodístico como el de César Hildebrandt o una feliz sitcom/novela como "Mil oficios", y se tiene de consuelo el público impresionable y efímero de un "Dios nos libre". Se pierde estabilidad de temporada y se gana alboroto de un día. El extremo podría ser éste: se promociona la muerte del conductor, se hacen 80 puntos de ráting pero al día siguiente no hay programa.

    Precisamente Beto Ortiz, el autor de esa (con)fusión de gossip, talkshow y magazín provocador a las 10 pm en Canal 2, ha sido el vórtice de un escándalo que obliga a decantar fuerzas y tendencias frente a una pantalla manejada libremente por la empresa privada, con todos los derechos que le asisten; pero que al entrar sin permiso ni mayor cautela a nuestros hogares, debe hacerlo responsablemente.

    La Comisión de Transporte y Telecomunicaciones tiene listo el proyecto que fijaría un marco regulable. Pero acápites sobre inversión extranjera (de 0% se permitiría ahora hasta el 40%), cantidad de medios por propietario (se sigue limitando a uno) y cierta tendencia de riesgo censor a poner multas si se trasgreden hasta ahora vagos principios elementales, han despertado el celo de los lobbistas mediáticos. Los congresistas figuretti se aterran ante la posibilidad de una veda de pantalla así que han optado por engavetar la papa caliente.

    Quizá fueron Jeanet Barboza y el gerente de su canal Federico Anchorena los responsables de haber actuado —sin tribunal de por medio- pruebas contra Ortiz. La propia Jeanet padeció una vida secreta con retorcidos testimonios sobre su vida sexual, la de su madre y el empresario Nilver Huarac y, al igual que Carlos Cacho, estaría viendo el show ajeno desde el palco.

    Pero hay temas consensuales, como el horario de protección al menor o la publicación de los códigos de ética con normas internas sobre objetividad, pluralidad y respeto a la intimidad, que podrían ser legisladas de una buena vez como parte del reglamento vigente. Natale Amprimo, ex cabeza de dicha comisión y hoy vicepresidente del Congreso, podría impulsar esa salida junto a la Asociación Nacional de Anunciantes, la Asociación de Radio y TV y la ONG Veeduría Ciudadana.

    La ANDA prefiere no opinar sobre al affaire Ortiz, pues éste escapa al horario de protección planteado hasta las 10 pm y no quieren empañar su campaña en pro de éste. Pero otros periodistas sí opinan:

    Zenaida Solís siente que "ésta es una TV que da naúseas. Estamos tocando fondo. Me parece increíble que el ráting justifique todo. La difusión de informes como los del caso de Beto hace que el público sea más dependiente a ellos y se acostumbre a los contenidos irritantes, laberínticos, morbosos".

    César Hildebrandt lanzó el refrito como una dura ironía contra el autor de las "Vidas secretas".

    .

    Gilberto Hume es director de noticias de Canal 2 y, por lo tanto, compañero de Ortiz, pero no impide que nos cuente que "Baruch Ivcher está preocupado y se lo ha hecho saber a Beto para que corrija los excesos que ha cometido al difundir la vida íntima de las personas. Yo estoy preocupado. El mismo Beto está preocupado y está tratando de corregir los excesos. Estamos discutiendo el tema y creo que si logramos superar esto sin cerrar el programa, pero corrigiendo los excesos, será un avance a favor de la TV civilizada... La primera en romper las reglas fue Magaly, y luego Beto".

    Ciertamente que las acusaciones de abuso sexual a menores de 18 contra Ortiz son un refrito periodístico. Pero si en 1997 cuando era reportero estrella de "La Revista Dominical" y en el 2000 cuando era el único periodista apto para denunciar a Montesinos en Canal A, se revivieron con motivos políticos subalternos, hoy se pueden sacudir esa sospecha.

    Lo que queda es el expediente, quizá manipulado por la división policial de Manuel Aybar que reabrió el caso en 1997 y obtuvo testimonios con descripciones demasiado precisas de la casa de Ortiz, quizá condimentado por la ONG Generación que lo veía como un enemigo de su pequeño mundo de caridad; pero indicio de un embarazoso afán por seducir menores de edad valiéndose de la condición de periodista.

    Que una fiscal quiera reabrir el caso o que su rival Magaly Medina, pionera de la TV invasiva, monte con él una apología de la venganza, suena oportunista. La acusación misma de abuso de menores podría darse por cosa juzgada; pero las respuestas de Ortiz, transfiriendo culpas a terceros y reafirmando sus ganas de seguir emitiendo vidas ajenas con testimonios recogidos en cámara furtiva, generan confusiones valorativas que no merecemos los televidentes.

    Antes que se maten en tandas amarillas, acepten los límites regulables y esta cordial invitación a la autorregulación.

     


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