Edición Nº 1737


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    MAL MENOR
    5 de setiembre de 2002

    Por JAIME BEDOYA
    Sociedad de las Mascotas Muertas

    Bobby, jardín de Dos de Mayo # 1598 (circa 1980).

    SEGUN la iglesia los animales no tienen alma. Perfecto. Hay personas que no la merecen y nadie dice nada. El promedio de vida media de la eliminación del alprazolam1 por el organismo es de 11.2 horas. Como a la mitad de ese camino seis perros ya fallecidos aparecieron alrededor de la cama. Bobby, pastor mezclado, hígado reventado, sacrificado en una veterinaria de la avenida del Ejército en 1991. Gunther Von Ribbeck, schnauzer enano, vejez y glaucoma, 1993. Bartolo, ovejero chusco, disfunción renal, 1996. Lucas, hijo de Gunther, atropellado, 97. Jako, husky siberiano, envenenamiento 98. Chomi, airdale terrier, causas naturales 99. Ninguno lucía enfermo, descompuesto o contrariado.

    Mi hija había tenido problemas para conciliar el sueño. Los circos se habían ido de Lima sin llevársela, su madre estaba lejos, y yo no sabía abrazarla para evitar que se las coman las iguanas, pesadilla cortesía Cartoon Network. Ahora finalmente dormía a mi lado. El sonido rítmico de su chupón apaciguaba a los perros.

    Jako abrió la boca. Tal como si tuviera un proyector cinematográfico en la panza empezó a proyectar una película en la pared. Era una edición en blanco y negro de accidentes de tráfico, incendios y desgracias variadas propias de los noticieros de estos tiempos. ¿Por qué hacen esto?, la van a despertar, pensé. Entonces la película cambió de tono y mostró escenas de mi hija haciendo unas piruetas de fantasìa, tipo circo, en el asiento del copiloto de un auto. Habían aplausos grabados. Luego salía una joven algo desenfocada pero de rasgos familiares, sonriendo y remedando las mismas piruetas. ¿Es ella?, pregunté, e inmediatamente acabó la película. La mirada marrón de Bartolo seguía tan limpia como el verano de hace veinte años en que pareció llorar al conocer el mar de Punta Hermosa. Pero los perros no hablan. La última vez que abrí los ojos todos seguían ahí, mirándonos.

    •••

    A partir del kilómetro 296 de la Panamericana Sur empieza un lineal bosque de ficus. Están en fila, dando sombra al asfalto, elevándose en majestuosa perspectiva que tiene la propiedad de dirigir la atención del panorama en repetida mirada al cielo. Es peligroso mirarlos para el que conduce.

    Dejé de hacerlo, habían vacas en el camino. La sombra de cada ficus se intercalaba con la imagen de mi padre alejándose por entre los blancos patios del hotel Las Dunas. Iba despacio, llevaba un libro, lo seguía como si lo estuviera filmando o confirmando su llegada a algún lugar. Cuando era chico pensaba que mi padre podría respirar bajo el agua: Lo había visto con aletas.

    Cada árbol ha desarrollado una rama idéntica, larga y frondosa, que se ocupa de abarcar las dos vías de la pista. Un túnel amable creado al sortear un problema -la agresión lineal de la carretera- sin por ello dejar de florecer. Cada vez que pasábamos bajo una de estas ramas mi hija hacía el ademán de agacharse. La miraba de reojo. No te preocupes, está muy alto, le dije. Sí, pero estoy pensando, respondió preocupada por lo invisible.

    En Las Dunas había música, ruido, decenas de conversaciones fragmentadas en simultáneo y cola de cuarenta metros para servirse 250 gramos de cebiche. En Tambo Colorado solo estábamos nosotros. El puesto de abastecimiento inca de casi 500 años de antiguedad, arquitectura del sometimiento imperial, se había convertido en laberinto de uso infantil. Las paredes antes rojas lucían descascaradas por ojala honradas declaraciones de amor; el justo derecho a la ilusión suele provocar estragos. Un arcoiris circular coronaba el sol. Y ahí donde un antiguo vería presagio de fortuna o desgracia administrativa, una modesta experiencia de vida solo reconocîa la misma sensación de pacífico bienestar conocido ante la máquina de tracciòn cervical del dpto de fisioterapia de la Clínica Americana. Superficialidades sicosomáticas.

    •••

    Me despertó la humedad. Josefina se había orinado en la cama. Aún era de noche y ella estaba con los ojos abiertos mirando al techo.

    -¿Por qué vinieron?, preguntó.

    -¿Qué dices?

    -¿Por qué vinieron los perritos?, volvió a preguntar.

    Los había visto a todos, describiéndolos sin haberlos conocido. Incluso agregó uno mas a la lista, Camerún, fox terrier que vivió del mundial de Italia 90 hasta el de Japón 2002. Infarto.

    -Te están cuidando, por eso vienen.

    El ritmo del chupón aceleró, dejando notar que no le bastaba.

    -¿Y por qué se fueron?

    Nada se va: cómo decírselo y creerlo al mismo tiempo. Ser consecuente con una niña de tres años es un desafío al rídiculo y a la charlatanería. O a cumplir con transmitir las verdades básicas que luego el tiempo te quiere hacer olvidar a patada limpia y quitándote el sueño.

    -No se han ido, están acá, dije tocándole el pecho. Ella miro el punto donde mi dedo tocaba su pijama y por un lado del chupón, con el tono sereno de quien acepta algo medianamente razonable, dijo ah. Ninguno cerraba los ojos.

    Felizmente había una cucaracha en la casa. Con las luces apagadas y premunidos de linternas torturamos a la hija de puta durante horas, los siete perros persiguíendola como en la cacería inglesa del zorro. Josefina no podía dormir. Alguien tenía que pagar.

    _________
    1 Compuesto activo de benzodiazepina presente en el Xanax.


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