Edición Nº 1737


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    ARTES & ENSARTES 5 de setiembre de 2002
    Por LUIS E. LAMA

    Arte y Poder

    A pesar de la poca importancia que da el poder al arte, el arte es una importante herramienta del poder. Si Toledo parece ignorarlo, Fujimori supo aprovecharlo de la manera más inescrupulosa posible. Lo utilizó para sí. Y aquí hablamos de su feroz campaña para el envilecimiento del gusto popular, de su actitud canalla para impulsar el analfabetismo, su voluntad inocultable de hacer de la televisión local el desaguadero de la cultura nacional.

    Sin embargo, entre el chinito que utilizaba ternos y corbatas baratos, chompas bajo el saco cruzado y medias blancas que lucían estridentes tras los pantalones altos, existe un largo trecho con el hombre fashion que hoy oscila entre Miyake y Boss. Ciertamente no aprendió solo, ni en la sección Luces de El Comercio que, como yo, ama a la moda y a Nueva York.

    El culpable del cambio radical en la imagen de Fujimori fue nada menos que Carlos Leppe, el obeso vampiro chileno que acompañara a Nelly Richard y su corte de notables artistas a la última Bienal de Trujillo. Leppe lucía casi como pantagruélica drag queen al realizar la primera performance realmente revulsiva que se haya hecho en el Perú. Así como Divine comía mierda de perro en la primera película de John Waters, Leppe hizo una serie de enjuagues bucales con témperas de color que escupía y volvía a absorber hasta llegar a una mezcla similar al vómito, para finalizar con la acción de orinar en medio del escenario frente al público. Fue un acto sólo para iniciados y la mayoría no pudo verlo, pero bajo la cáscara de esa subversión se encontraba un hombre refinadísimo, una sensualidad exquisita que sabía perfectamente de elegancia, modas y límites, lo cual le servía, precisamente, para romperlos. Lo que sí fue un secreto nacional es que Leppe, nacido en Santiago, dice que en 1952, y cuya imagen pública ha sido "de constante cuestionamiento al arte y de subversión radical a la institucionalidad cultural", fue quien otorgó al Presidente el envoltorio del que carecía, quien le elaboró la pátina de dignidad que requería. Fujimori fue la obra más perversa de un artista que formó parte de la avanzada chilena, un provocador irreverente que gozaba con la divulgación de su sexualidad -pornográfica para los seguidores de Pinochet- mientras que en el Perú lo realmente obsceno eran los asesinatos que cotidianamente atribulaban nuestra vida.

    Durante 15 años Leppe se dedicó a trabajos tan lucrativos como en el que lo trajo con frecuencia al Perú. En 1998 expone en la antigua galería de Tomás Andreu -insoportable encargado de Praxis Perú antes de Roberto Azcóniga- en una muestra que coincidió con la fanfarria de un catálogo con textos notables de intelectuales chilenos. Al regresar Leppe alegó saturación... "de las oscuras relaciones que los críticos hacían entre mi obra, el lenguaje y esas cosas..." Pura farsa porque Leppe sabe muy bien que él fue construcción de la crítica y nunca se debatió en duda hamletiana alguna. Durante las dos últimas décadas ha preferido ser el desbordante Fausto posmoderno que la mayoría de América Latina felizmente ignora.

    2.-Alan García no es santo de mi devoción, pero debo admitir que además de respetar las formas democráticas es un hombre ilustrado. A él se debe un Museo de la Nación que a pesar de monumentales carencias tiene el mérito de existir. García también promovió el CICLA y la SICLA, porque sabía los réditos que la cultura había otorgado a la imagen de Castro. Si los megaeventos fracasaron a pesar de los millones gastados se debió a la desafortunadísima administración de recursos y a la deplorable organización. Pero todo eso queda en el debe y el haber del mejor-candidato/peor-presidente que haya existido en país alguno.

    3.-Si el gobierno actual menosprecia lo cultural, no es una excepción. Nuestros gobernantes siempre han tenido en cuenta que la cultura no da votos. Si en el país hay una tradición cultural proviene, además de los grandes precursores de los años 20, de la izquierda más sensible de los '60, esa que se identificó con un Fidel iniciático y el comienzo de Velasco. Que hoy luzcan dinosaurios carece de importancia. Lo que realmente cuenta es que manifestaron sus ideas con un vigor que luce inconcebible en tiempos donde la plata suele marcar la pauta. Y no es una crítica al mercado, porque estoy lejos de ser un nostálgico de la utopía sesentera. Sin embargo los incendiarios de entonces demostraron un coraje y una energía que en estos tiempos, cuando ya nos volvimos escépticos, todo ese idealismo jurásico podría parecer a los ignorantes de la historia -como nuestro Pastor diría- una gran cojudez.


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