Edición Nº 1737


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    5 de setiembre de 2002
    Por AUGUSTO ELMORE

    LA verdad es que el más grande escándalo de la semana pasada lo protagonizó el cardenal Juan Luis Cipriani con su, aparentemente, tan generosa y sensible como demagógica visita a Héctor Chumpitaz, el gran capitán de la mejor selección peruana de fútbol. Parecía no tener pierde: abogar por tan querido futbolista peruano, casi el mejor de todos los tiempos. Hasta allí todo muy bien: lo mismo habían hecho otros políticos peruanos, como el Alcalde de Lima, por ejemplo. Pero el cardenal traía una carta escondida y envenenada bajo la manga: hablar, como lo hizo, de que su detención domiciliaria "parece la ley de la venganza". A mí, por lo contrario, la ley de la venganza es la que están tratando de imponer aquellos que se vieron descubiertos a la caída de Fujimori-Montesinos. La venganza de quienes desde el diario ex oficialista (Expreso) hablan de "los cívicos", como si ser cívico fuera algo desdoroso. La venganza contra Toledo, que los desalojó del poder, al que no hay que dar tregua, haga mal lo que debería hacer bien o bien lo que hace relativamente bien. Nada inocente el Cardenal que, envuelto en su capa eclesial, interfiere con la justicia, abomina desde el púlpito, se indigna creyéndose Cristo en las puertas del templo, y utiliza al buen Chumpi que ni siquiera sospechaba que recibir dinero a la mano de un mafioso podría comprometerlo. Tengo la impresión de que todo eso no es sino la punta del iceberg de la campaña que lideran las brujas de Salem en contra del gobierno democrático. Y, además, el infundio aparecido después y que tanto mortificó al cardenal, el mismo que el buen Alan atribuye oportunistamente a una cortina de humo oficialista para hacernos olvidar la pobreza y el desempleo (como si hubiese humo capaz de eso), fue revelado nada menos que por el ministro de Fujimori, Alberto Bustamante y no por alguien del gobierno. Así es que cortina de humo podría ser, pero no oficialista.

    Vivimos una época de contradicciones. Por ejemplo, quien escribe, que es fiel creyente de la globalización, porque la compruebo y la aprovecho todos los días ante la computadora leyendo diarios extranjeros en Internet, o comprándome en Nueva York -la última lejana vez que estuve allí- zapatillas de marca americana fabricadas en Corea, o rollos Kodak hechos en México, pero hay veces que la globalización me llega, como se dice. De allí que me sabe a mentirijillas ese gran aviso publicado el domingo por Backus en el que con el título de "Backus es y seguirá siendo Backus", afirma que será así porque "su solidez se sustenta en la roca viva de nuestro suelo" (yo diría que se sustentó siempre en la sed viva de los peruanos, y paren de contar). "Porque sus raíces van hasta el centro mismo de la peruanidad" (bueno, hasta ayer nomás, porque mañana mismo podrán estar yendo solamente hasta el centro mismo de la colombianidad y venezolanidad). "Porque Backus es parte inherente de nuestra patria" (era, era). "Por todo ello, aunque hoy sea un poco más grande, Backus es peruana" (un poco más grande, quizá, pero mucho menos peruana, no nos engañemos). Y, finalmente, la gran frase: "Backus es y seguirá siendo Backus". Bueno, hasta que su nuevo directorio decida otra cosa, porque muy bien podría terminar llamándose Unión de Cervecerías Bavaria, Polar, Cisneros S.A.A. Como podrán comprobar estoy a un tris de pasarme al movimiento antiglobalización.

    Como ya lo he dicho, creo que lo sucedido con las acciones de Backus revela a un empresariado peruano rematando la casa. Tendrán quizá sus razones (verdes, por supuesto), pero esas razones son aquellas que el corazón no entiende. Por ello la falsa retórica peruanista del aviso al que he hecho referencia me parece una fórmula para dorar la píldora. Y me hace recordar a Vallejo cuando escribió "¡Y si después de tantas palabras,/ no sobrevive la palabra!".

    ¡Lástima que fuera Backus la empresa que dio inicio a la Cruzada de Valores! Aunque quizá se estaban refiriendo en verdad a la Cruzada de Valores en Bolsa.

    Para un país que estaba necesitando de buenas noticias, esa que afirma que el Ministerio de Economía y Finanzas, al frente del que está el lúcido y pragmático Javier Silva Ruete, dará 11.5 millones de dólares para terminar la construcción de la Biblioteca Nacional, es una gran, pero gran noticia. La importancia del gesto de Silva Ruete es de evidente importancia. Quizá se trate de que como JSR no es sólo un hombre de números sino además una persona culta, como lo fue su carnal Manolo Moreyra, que valora ciertos bienes que los economistas suelen desdeñar. Porque el desdén que se tuvo en el país desde hace muchos años por la base de nuestra cultura, constituida por la Biblioteca Nacional, en la que se conserva la sustancia de la peruanidad, amenazaba con destruir ese patrimonio invalorable que heredamos de nuestros mayores. Un nuevo local, moderno y funcional, permitirá a los peruanos conocerse mejor, y hará posible que la cooperación internacional llene sus anaqueles de todo lo que le va a hacer falta, incluyendo los equipos necesarios en toda biblioteca moderna. ¡Gracias Javier Silva Ruete!

    El imperio contraataca. Los fabricantes de esos gigantescos letreros que malograron durante años el aspecto y el ornato de la Av. Javier Prado Este, impidiéndose la vista unos a los otros y todos ellos a quienes transitaban por esa vía hoy remodelada, acaban de iniciar una campaña para retornar a malograr el desarrollo de una arteria que debería estar libre de esos monstruos producto exclusivo del afán de lucro. Ojalá no se consigan por allí un juecesillo avezado.

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