Edición Nº 1737


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    ARTICULO

    5 de setiembre de 2002

    Con Eliane en Tahití
    El autor fue el anfitrión del misterioso viaje polinésico de la Primera Dama.

    Por HUGO NEIRA

    SON cosas que ocurren, uno está muy tranquilo escribiendo y suena el teléfono, entra una llamada desde Lima y en los términos y formas tan cordiales que nos son propias, te preguntan si puedes atender a la esposa de un amigo de viaje rumbo a Tahití. No es tan frecuente, ni uno es cónsul de nada, ni falta que hace, ni dueño de una isla como Marlon Brando, ni tampoco es que le salte al cuello al primer peruano o peruana que por la Polinesia pase, pero durante diez años he atendido de buen grado a diversas personas, a una hija de Enrique Zileri, acuciosa periodista que buscaba la iglesia en donde hace siglos hubo una misión católica venida del Perú, y al profesor Enrique Carrión, al español y gran economista Ramón Tamames, a María Rostworowski, cuya conferencia sobre los Incas fascinó. A mis amigos Marcos y Mati Caplansky. Y por cierto, a Mario Vargas Llosa por quien puse la isla de vuelta y media. El caso es que Eliane Karp y su hija Chantal estaban en la isla de Pascua y seguían viaje hasta Tahití. Colgué el teléfono y llamé a mi mujer, Claire. "Es una broma". No, le dije. La Primera Dama viene de vacaciones. Y Alejandro es un amigo. Es un honor, y vamos a atenderla.

    Lo que Eliane quería en estas islas era privacidad, y las voces limeñas con las que hablé, un mínimo de seguridad. Lo primero resultaba garantizado por el alejamiento propio a estas islas del mar del sur. La distancia es lujo de lo cual vive el turismo de alto nivel que las frecuenta. Sólo unos días atrás, el cantante Julio Iglesias protestó por la presencia de "paparazzis". En cuanto a la seguridad, esa misma mañana fui a ver el Gobernador de la Isla (tiene otro nombre, en francés) La cosa resultó sencilla: durante su estadía, la policía francesa, de forma discreta, observó las idas y venidas de Eliane Karp y de su hija mientras estaban en Tahití y en la isla que está al frente, la de Moorea, más bella que otras, todavía un tanto salvaje, menos invadida por el turismo internacional que Bora-Bora.

    Eliane cuando descendió del avión de Lan Chile que la trajo de la isla de Pascua, donde se quedó más tiempo que en las soleadas playas de Tahití, estaba radiante. Con Claire apreciamos su estado de ánimo. El sueño de mi vida era visitar la isla de Pascua, nos confiesa. En la tarde polinésica insomne e interminable, la paz de los bungalows sobre pilotes inclinan a la confidencia. La "First Lady"nos cuenta entonces cómo de niña supo de las exploraciones de Thor Heyerdahl, de la legendaria Kon Tiki, tan pegada como sabemos, a nuestros mejores enigmas. La adolescente Eliane, en los liceos franceses, había leído a Alfred Métraux, el primer antropólogo europeo que dio importancia al relato del retorno de Inkari recogido por Arguedas. Así, esta vez tuvo el placer de recorrer esa isla, a veces a caballo, acompañada de especialistas, acaso los mejores. La isla de Pascua era una metáfora de un conflicto interno que históricamente la consumió, entre una casta dominante y una dominada, y luego, por el agotamiento de recursos. Los problemas comenzaron, deduce la antropóloga Karp, antes que llegasen los europeos. De las castas que se enfrentaban, bien pudieron ser andinos peruanos esos orejones, con una representación muy estilizada de sus ancestros. Es evidente que hubo diversos encuentros. Y que la isla de Pascua es andina resulta obvio. Tal muralla de piedra, tales ojos tallados y recubiertos de conchas de sus Moais, las gigantescas estatuas. Todo ese mundo estaba conectado, las grandes balsas de totora. El problema fue el agotamiento de recursos. Una imagen de nuestro mundo y la contaminación, pienso por mi lado. De la isla de Tahití -una tarde se fue como cualquier turista y con su hija a visitar el Museo de Gauguin- y de Moorea la impresiona la belleza. Es verdad que la estética es el rasgo dominante de esa cultura de la abundancia de los Reo-Maoris, habitantes de las islas felices y eternamente primaverales que hicieron soñar, de Rousseau a Paul Gauguin. ¿Una civilización puede edificarse sobre el principio del placer y lo bello como máximo atributo? pregunta Eliane con una sonrisa. No tenemos otra respuesta que la música de fondo que nos viene de las danzarinas de "Upa-Upa", y el é To' ere, el gran tambor. El protestantismo de los colonizadores europeos no pudo vencerlos, le decimos. Aquí venció Dionisios. La recomendamos que la próxima vez que venga, con Alejandro, y aunque nosotros ya no estemos, lo hagan en julio, es la gran fiesta del Heiva, algo como el carnaval de Río, preparado durante el año por clubes distritales. En el Heiva danzan y rivalizan por millares. El otro rostro de los tahitianos, orgiástico como los antiguos griegos, no el calmo y lacónico de estos días. Algo alucinante.

     

    Mientras Lima ardia en chismes sobre su paradero, Eliane se perdía en el mar abierto de Moorea con sus aletas.

    Era la primera vez que teníamos con Eliane un poco de tiempo para conversar. Con Claire descubrimos lo evidente, una mujer con responsabilidades muy altas y que hacia años no se tomaba unas verdaderas vacaciones, y en el curso de esos días, al pie de los acantilados de Moorea, además de la antropóloga feliz por haber visitado al menos unos días la isla de Pascua, una mujer moderna y deportiva que se ponía sus aletas y se perdía en el mar abierto, y aunque no existan tiburones, no dejaba de inquietarnos de modo que inventé la fábula de un submarino montesinista, hecho de chatarra vieja y que la seguía por todas partes; ante nuestra sorpresa la "First Lady"admitió la guasa y tuvo incursiones atléticas un tanto más moderadas. Hay que contar también que Eliane, contrariamente a la indigesta fama que se ha echado en Lima, resulta ser una persona divertida y sociable en la privanza al punto que amigas suyas llegaron expresamente de Norteamérica para darle el alcance esos pocos días de Tahití, gente a la que conoce de su vida de experta internacional y que se dieron el trabajo de venir hasta la Polinesia Francesa por el placer del reencuentro.

    Mientras volaba Eliane Karp y su hija a Papeete, intentamos saber qué pasaba, y claro, no había ni la fuga por la frontera por el Ecuador que le atribuían, ni señas de ruptura. Se habían simplemente desaparecido. Se puede discutir el tema, pero eso fue lo que hicieron. Lo inesperado es cómo se llega a saber que estaban de viaje. Al parecer, el presidente Toledo le habría pedido a su amigo el presidente Lagos, que se tomaran algunas disposiciones discretas para cuando Eliane aterrizase en la isla de Pascua. Ni corto ni perezoso, Lagos pasó el recado y al final, fue informado el gobernador de la isla de Pascua. Pero aquí el precavido plan de los Toledo naufragó. El Gobernador, vaya usted a saber por qué, nada más supo que llegaba la "First Lady", anunció a diestra y siniestra su visita, y volviéndose literalmente loco, abrió champán y sacó en cuanto llegaron, a Eliane y a Chantal de la modesta pensión que habían reservado para invitarlas al hotel mejor, donde lógicamente la prensa chilena no tuvo mayor trabajo en ubicarlas. Cuando lo supe, me eché a reír. El episodio parecía extraído de un capítulo del Quijote, Sancho en su ínsula barataria. El caso es que fueron "ampayadas" por la periodista Orietta Santa María del diario chileno "Ultimas Noticias", que después de todo, no hacía otra cosa que informar. El dato fue levantado por la prensa peruana. Aunque no me privé de decirle a Eliane que lo mejor era contar las cosas llanamente. Cuando yo ya estaba de viaje, y ya en Chile, estalló lo del Wiese. Todavía en la capital chilena me llegaron ecos de la llegada a Jorge Chávez. Hay un movimiento de mujeres en su favor, me dijeron amigos chilenos, y la espera un mitin de desagravio. Lo que no era previsible es que ese recibimiento se lo rompieran los letreritos atacando a la prensa, la participación imbécil de agresivos ayayeros. Lo de siempre.

    Los días de Papeete y Moorea, confirmaron lo que pensábamos de Eliane, una mente ágil y vivaz, una profesional no sólo inteligente sino inteligentísima, una bella mujer, y ese es el punto, extremadamente sociable cuando quiere serlo. No sólo, pues, la encendida pasionaria de la indianidad como erradamente insiste en presentarse a los peruanos, acaso mal aconsejada. Obstinada en sus pasiones intelectuales, cierto, y por esa suma de virtudes, un ser fuera de serie. No obstante, revisando en nuestras conversaciones diversos temas, criollidad, judaísmo, sionismo, nación, clase, estado, descubrimos coincidencias y también discrepancias, así como en mi lectura del Perú cholo, criollo, variado, complejo, emergente, diversificado. Sobre esa temática decisiva, expresé a los Toledo lo que pienso en el curso de un almuerzo en Palacio, sobre política, comunicación, cultura. Y a mi manera. Es decir, con claridad y franqueza. Pero sobre lo tratado, no iré más lejos ni en esta crónica ni en otra. La vinculación, en especial en temas políticos, con la pareja presidencial, tiene los límites que impone el sentido común y la decencia. No me confundan, no me acerco a los grandes para luego traicionarlos, ni soy Alvaro Vargas Llosa. En suma, para mi mujer y para mí, fue una experiencia rica y agradable, y Primera Dama o no, la volveríamos a recibir.

    En Tahití, martes 3 de setiembre del 2002


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