Edición Nº 1735


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    22 de agosto de 2002
    Por MARIO VARGAS LLOSA


    El Mercader de Korcula

    LA pequeña y amurallada villa de Korcula, fundada mitológicamente por Antenor, héroe de Troya, en el Adriático croata, se jacta de ser la tierra natal de micer Marco Polo y por la modesta suma de cinco kunas el forastero puede trepar una escalerita pina y visitar la torre de la ruinosa casa donde, se supone, vio la luz el gran viajero y mercader veneciano, un día del remoto año de 1254. El mirador, de blanca piedra caliza, sobrevuela las casas de la ciudad medieval, y tiene una vista soberbia, circular, sobre los bosques de pinos y cipreses del continente y las islas vecinas, y domina la bahía que circunda la península donde se halla aprisionada Korcula.

    Aquí hubo una colonia griega, y después una ciudad romana, pero quienes dejaron una huella imperecedera en Korcula fueron los venecianos: en todas las iglesias de la villa, empezando por la bella catedral, el alado león de San Marcos devora corderos, protege los Evangelios o desafía con la arrogancia ingenua de un personaje del aduanero Rousseau el horizonte por donde pueden arribar los invasores sarracenos. Los nativos no sólo juran que micer Marco Polo nació aquí; aseguran también que en estas aguas verde azulinas del mar Adriático fue capturado por los genoveses, en 1298, y llevado a la prisión de Génova donde dictó a Rustichello de Pisa, su compañero de celda, en francés macarrónico, el Libro de las maravillas, conocido también como Il Milione o La Descripción del mundo, contando sus viajes y aventuras por el Asia, en la corte del Gran Can. Ningún otro libro excitaría tanto la imaginación europea medieval y renacentista, ni despertaría tanta sed de exotismo y aventuras, como esta crónica de los casi cuatro lustros que pasó recorriendo la Europa profunda y el Asia legendaria, entre refinados y exquisitos cortesanos o feroces caníbales, corsarios desenfrenados, audaces comerciantes, traficantes de esclavos y de elíxires y cazadores de fieras y de ensueños, este veneciano de vida tan elusiva y misteriosa como la de uno de sus más aprovechados lectores, don Cristóbal Colón, a quien, se dice, Il Milione, que leyó y estudió con devoción de catecúmeno, abrió el apetito por los tesoros y prodigios de Cipango y Catay. Porque Marco Polo, que cuenta en su libro tantas cosas, casi no dice nada sobre él mismo.

    No hay prueba alguna de que Marco Polo naciera o viviera aquí, desde luego. Pero, como me dice una estilizada muchacha que, a la vuelta de la torre que acabo de visitar, vende los dibujos y cuadros de su marido, el artista croata Hrvoje Kapelina: `¿Qué importa ahora eso?'. En efecto, los héroes no pueden pertenecer sólo a quienes un azar geográfico deparó la conciudadanía con ellos; también merecen ser de quien mejor se los apropia, de quienes hacen más méritos para adueñarse de su biografía y su leyenda. Y, sin la menor duda, la esforzada Korcula ha hecho más para merecer a Marco Polo que la propia Venecia, donde ni siquiera he podido encontrar una placa que recuerde a su ilustrísimo vecino.

    Nunca había leído el Libro de las maravillas y acabo de hacerlo ahora, estimulado por la visita a Korcula, en la excelente versión de Mauro Armiño. Es una grata sorpresa descubrir que, sin dejar de referir cosas extraordinarias, el documento tiene, sobre todo en lo relativo a Mongolia y China -menos en lo que concierne a la India-, una sostenida vena realista y que Marco Polo fue y quiso ser, ante y sobre todo, un mercader, un hombre dedicado al comercio, actividad que -parece estúpido tener que recordarlo- ha sido siempre sinónimo de progreso y civilización, de convivencia y diálogo, de rechazo de la violencia y de la guerra, de apuesta por la coexistencia y la paz. Micer Marco Polo registra en sus memorias con la debida estupefacción la existencia en Sumatra de árboles cuyos frutos curan la melancolía, y en los bosques de la India de hombres con colas y hocicos de perro, y en la región de Gudjerat de leones que, al igual que los seres humanos del vecindario, son negros retintos como el carbón. Y hace esfuerzos muy meritorios para describir en lenguaje científico a esos animales exóticos que encuentra a su paso y que nadie conoce todavía en Europa, como la tarántula, el murciélago y el rinoceronte, fea bestia cornuda a la que confunde con el delicado unicornio de los tapices medievales. En Madagascar se informa de la existencia del Roc, improbable pájaro grifo que levanta con sus garras a un elefante, lo eleva por los aires, lo deja caer para que se despedace y luego se lo traga entero y en Zanzíbar documenta la extraordinaria manera como fornican los monumentales proboscidios.

    Pero lo que al veneciano de veras exalta y emociona no son las curiosidades pintorescas, ni los hechos de armas de los implacables mongoles ante cuyos jinetes las ciudades e imperios se desbaratan como castillos de naipes, ni las cacerías multitudinarias de los príncipes bárbaros con elefantes, gerifaltes, monos y leones. Sino el espectáculo de las heroicas caravanas de mercaderes que, luego de recorrer a lo largo de meses y años, selvas hirsutas, páramos y ventisqueros glaciales, y de sobrevivir a las emboscadas de los forajidos y a las guerras de los conquistadores, llegan a las ciudades y desparraman en los mercados sus sedas estampadas y sus tejidos bordados, sus maderas preciosas el aloe, la caoba, el sándalo rojo, el nogal, sus joyas rutilantes y los fardos de canela, de sal y de pimienta, de ruibarbo y jengibre, y venden y compran y no han acabado de llegar a un destino cuando ya se aprestan a partir de nuevo, al otro extremo del mundo, en una nueva peregrinación comercial, con otra carga monumental de mercancías.

    El, tan mesurado y comprensivo en sus juicios con los países que visita, tan tolerante y civil para con los usos y las creencias de los bárbaros -la misma antropofagia le merece comedidos comentarios- pierde la ponderación y poco menos que blasfema contra los infames corsarios de Gudjerat, parásitos que viven de asaltar los bajeles de los honrados comerciantes y que, no contentos con robarse todo lo que encuentran en la cubierta y las bodegas de los barcos que asaltan, hacen tragar a sus víctimas, los pobres mercaderes, un brebaje de tamarindo que provoca incontenibles diarreas, para que defequen los diamantes que se han tragado creyendo, los pobres ingenuos, que en su estómago estarían a buen recaudo de esas sanguijuelas ávidas.

    Fue un gran viajero, un notable explorador, y debió de ser también un varón temerario, un políglota y un diplomático habilísimo para hacerse aceptar y sobrevivir a las intrigas en la corte del Gran Can, al que, por lo visto, sirvió como asesor, mensajero especial, e, incluso, como gobernador, por tres años, de la ciudad de Yangiú. Pero fue sobre todo un mercader, en la nobilísima y civilizada acepción de esta palabra a la que las ideologías demagógicas han envilecido injustamente, identificándola con la visión materialista, pedestre, egoísta y codiciosa de la vida, olvidando que comerciar significó, por encima de todo eso, comunicación e intercambio de bienes y de ideas entre razas, culturas y religiones diversas, un empeño para tender puentes y establecer consensos que prevalecieran sobre las diferencias que enemistaban a los pueblos, y para crear normas y leyes equitativas que pusieran fin a las guerras e hicieran posible la legalidad y la paz. Nada como el comercio fue creando espacios y oportunidades para que nacieran en la historia el individuo soberano y la libertad. Esta vocación comercial la llevaba Marco Polo en la sangre; la había heredado de micer Nicolo y micer Mafeo, su padre y su tío, que lo precedieron en los largos recorridos por las tierras del Gran Cublai Khan, y a quienes éste encargó una misión ante el Papa, que los dos venecianos no pudieron cumplir, porque, precisamente en ese momento, la Cristiandad se hallaba acéfala.

    Pero la familia de los Polo la estilizada muchacha de la galería que vende los cuadros de Hrvoje Kapelina me informa que en Kurcula todavía quedan descendientes de aquellos -que han añadido a su nombre la partícula `de' y ahora se llaman DePolo-, había mamado la vocación mercantil en su cultura natal, porque Venecia, que ha sido muchas cosas geniales en la historia, ha sido, primeramente, la ciudad comercial por excelencia. Ella conquistó el mundo, antes que con los ejércitos que armó, o con sus arquitectos y artistas que embellecieron Europa, o con esos astutos maestros de la negociación y de la intriga que fueron sus políticos, con sus banqueros, financistas y mercaderes que tendieron ese sutil archipiélago de factorías, depósitos, rutas, dependencias, ferias, mercados, que fue extendiendo por todo el mundo conocido, y filtrándolos a lo aún desconocido, las ideas y los mitos y las instituciones y los productos artesanales e industriales de Europa, y trayendo a ésta lo que las otras regiones del mundo creaban y producían. Lo veo aquí, a cada paso, en esta maraña de islas y puertos del Adriático croata, donde la presencia veneciana sigue aún viva y coleando por doquier, en los airosos campaniles de las iglesias, o en las galanas fachadas de los palacios desportillados que maculó el tiempo, y en los balconcillos que se asoman a las orillas como para que, en las calurosas tardes del verano, los vecinos se refresquen en ellas los pies. El admirable mercader Marco Polo fue un hijo tan representativo de su tierra como lo fue el eximio amatore don Giacomo Casanova o como lo fueron los ligeros compositores de música barroca Vivaldi y Albinoni a quienes anuncian en todos los conciertos del Adriático.

    Ya no tengo más pretextos para continuar aquí, revisando las pinturas del artista de Korcula, Hrvoje Kapelina, que vende su mujer, una muchacha de largas piernas y ojos color de alga marina, cuya filosofía comercial, originalísima, nunca la hará rica. Me acaba de comunicar que ese óleo del puerto de Kurcula envuelto por la niebla, que contemplo por décima vez, no me lo venderá ni a mí ni a nadie. Lo exhibe para darle gusto a su marido, a quien el amor al arte no hace olvidar la necesidad de la supervivencia, pero, como a ella le gusta mucho, a los potenciales compradores los ahuyenta poniéndole al cuadro en cuestión unos precios imposibles. `Más bien, llévese este dibujito de la torre de nuestra gloria local', me propone. `Es muy bonito y sólo cuesta quince dólares'. Si hubiera sido un comerciante tan impráctico como la esposa de Hrvoje Kapelina, micer Marco Polo no hubiera llegado jamás a ser aceptado en la corte del Gran Can ni hubiera escapado al apetito de esos comedores de carne humana del Asia Central con los que se llevó tan bien.

    Korcula, agosto de 2002


     


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