Edición Nº 1699

 

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    ARTICULO

    6 de diciembre de 2001

    Hurras Y BRUMAS
    Tres ministros rindieron el examen de la interpelación, pero un reguero de pólvora y su correspondiente humareda recorre el interior del Gabinete haciendo que gobernar sea cada vez más difícil.

    En el Ejecutivo algunos proyectos humean. Derecha: tras la interpelación, la gente de Olivera parecía enviada por el Gabinete: ¡Llévenselo!

    FUERON once horas de preguntas, acusaciones y provocaciones, pero el resultado final bien pudo haberse vislumbrado a primera hora del día, cuando los ministros Fernando Olivera, David Waisman y Fernando Rospigliosi acudieron al Congreso para responder a la primera interpelación de la era Toledo.

    Había transcurrido casi un mes desde que estos tres caballeros -emulando al trío chiflado de Curly, Larry y Moe- dieran una conferencia de prensa acompañados por el abogado José Luis Echaíz. El resto de la historia, que culminó en un comunicado oficial de respuesta y la posterior destitución del Comandante Genaral de la Marina (CARETAS 1696), es conocido. También, que buena parte de la oposición e incluso algunas voces dentro del oficialismo decían estar dispuestas a apoyar -si la votación era secreta- la censura del ministro Olivera por estos hechos.

    Pero la aritmética parlamentaria no miente y esta vez, desde temprano aunque no de forma categórica, el titular de Justicia pudo sentir que su hora de dejar el Gabinete Dañino aún no había llegado.

    Una censura obligaba a reunir 61 votos y la oposición, simplemente, no los tenía. Además, el toledismo había convencido a las bancadas de Somos Perú y Acción Popular para que votaran con ella y evitar así una debacle.

    Sin embargo, y sondeando el talante del Ejecutivo, puede asegurarse que Olivera no podría esperar el mismo resultado al interior del gabinete. Hasta la víspera, más de un ministro se relamía los labios imaginando un escenario en el que la interpelación derivaba en un pedido de censura, se votaba en forma secreta y -¡oh sorpresa!- ésta decretaba su salida. El escándalo suscitado la semana pasada a raíz de las tres cartas que el ministro de Justicia llevó al Vaticano engordó la gota que, al interior del Consejo de Ministros, rebasó los límites de la paciencia.

    David Waisman acusando la pegada. Derecha: Luis Solari atento a una coyuntura que preocupa.

    "Primero fue el aumento de los jueces, que provocó la indignación de otros sectores y donde Olivera hizo el anuncio sin consultar con nadie. Después los problemas con la Marina y ahora con la Iglesia. Es cierto que necesitamos sus once votos (en el Congreso) para gobernar, pero si hacemos un balance costo-beneficio vemos que no nos sale tan a cuenta", se quejaba uno de los ministros.

    Otro reconocía: "No sabemos qué hacer. Le hemos pedido al Presidente que hable con Olivera, que vea la manera de mantener la alianza con el FIM pero dándole a Popy un cargo o embajada que lo mantenga fuera".

    Eso, sin olvidar que el reciente affaire con Cipriani -y la interpelación misma- acaparan primeras planas que subordinan noticiosamente otros logros del Ejecutivo, como los avances que parece conseguir Toledo en el campo de la concertación.

    Olivera (porque a él iba dirigido el grueso de la artillería interpelativa del martes 4) salió librado del trance, pero claramente desgastado. No sólo ha provocado incidentes con las Fuerzas Armadas, la Iglesia u otros grupos políticos en las últimas semanas, sino que su nivel de aprobación en las encuestas ha caído dramáticamente. De ser uno de los ministros con mayor simpatía en julio ha pasado a tener el más alto índice de desaprobación (58 % según DATUM).

    La oposición bramó en todos los tonos, pero no reunió los votos para buscar una censura.

    VERBO Y HEMICIRCO

    Al final, si bien la oposición no pudo plantear la censura el gobierno tampoco se animó a pedir el "Voto de confianza" que, según la tradición, correspondía. Todo indica que el oficialismo tampoco se sentía seguro de reunir los votos suficientes.

    Un campanazo de alerta lo dio el resultado de una votación que, al iniciarse el debate, enfrentó al gobierno y sus aliados con la oposición. La pugna se centró en la interpretación del reglamento en torno a las cuestiones previas y el resultado adverso (46 votos a 40) convenció al oficialismo de que no la tenía fácil.

    Pero ése es un tema menor y habría que decir que tanto Olivera como Waisman trataron de responder a las interrogantes. Lamentablemente es poco lo avanzado en la investigación de la denuncia realizada por José Luis Echaíz y por eso sus explicaciones fueron catalogadas como insatisfactorias por la oposición. Los ministros no aportaron pruebas, y en el caso de Olivera, éste insistió en algunas medias verdades que encresparon más los ánimos.

    Por ejemplo, aseguró que los controles al interior de la Base Naval no registraban en más de una oportunidad el regreso de Vladimiro Montesinos a su celda, luego de cumplir sus diligencias, cuando en realidad eso sólo sucede en uno de los cinco controles existentes. Es decir, el vacío se da en uno pero no en el resto. Y nada de eso ocurre los días que Echaíz supuestamente ingresó en la base.

    Apunta y dispara. Ministro Solari parecía molesto, como defendiendo a un Popy indefendible.

    Pero ésa es la lógica que reina en Popilandia. No la de Waisman y menos la de Rospigliosi, que en cuatro minutos despachó las preguntas que le correspondían.

    Luego de las exposiciones se inició el debate. Jorge del Castillo contrapunteó con humor, pero pasó a la provocación y de ahí a la chacota. Luis Solari irrumpió indignado, pero parecía obligado a dar la cara por algo en lo que en realidad no creía. Otro brioso defensor de la causa oficial fue Henry Pease, pero Javier Diez Canseco, Rafael Rey y Mauricio Mulder incidieron en los vacíos que las exposiciones de los titulares de Justicia y Defensa dejaron. Salvo estas excepciones, gran parte del debate estuvo para el olvido.

    Quien tendrá que comparecer nuevamente ante el Congreso será Fernando Olivera. Esta vez para explicar el incidente suscitado con el Vaticano (CARETAS 1698) a raíz de las cartas falsificadas del Cardenal Juan Luis Cipriani y el Nuncio Papal. El miércoles 5 el Consejo Directivo, a pedido de Unidad Nacional, decidiría si el tema pasa a consideración del pleno -que se da por descontado- y el jueves 6 se aprobaría la invitación al ministro. ¿Podrá Olivera volver a las preocupaciones propias de su despacho? En el Ejecutivo nadie lo sabe, es un misterio que sólo Popilandia podrá resolver. (Pedro Tenorio).

     


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