Edición Nº 1696

 

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    ARTICULO

    15 de noviembre de 2001

    Enemigos Con Historia

    Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO*

    DAVID Ben Gurion, el líder fundador, solía decir que "quien no cree en milagros en Israel no es realista". Ariel Sharon debe practicar ese tipo de realismo, pues necesitó por lo menos tres milagros para llegar al Premierato.

    El primero fue que su correligionario Beniamin Netanyahu lo repusiera en la primera línea del poder, nombrándolo canciller. Y no porque le profesara una especial consideración, sino porque así daba una fuerte señal de repudio a los Acuerdos de Oslo.

    El segundo fue que el laborista Ehud Barak cometiera todos los errores que podía cometer un líder autoritario en un país de gentes polémicas: mandonismo, concentración de responsabilidades, desconfianza en líderes intelectuales como Shimon Peres y Shlomo Ben Ami, e identificación de las opciones teóricas del estratego con las posibilidades concretas del conductor político.

    El tercero fue que los israelíes siguieran reconociendo a Peres como visionario mayor del país... pero negándole su voto en las elecciones.

    Gracias a esa trilogía milagrosa, Sharon se encontró no sólo con el poder máximo, sino con una oportunidad literalmente histórica para cambiar el tono oscuro con que estaba pasando a las enciclopedias. Ese que lo describe como valiente pero insubordinado comandante, ministro que no dijo la verdad a Menachem Begin durante la invasión al Líbano y responsable político por la masacre de Sabra y Chatila.

    Esa oportunidad se expresaba en un menú con dos posibilidades: ser consecuente con su agresiva imagen pública o privilegiar las coyunturas de excepción de esa misma imagen. La primera opción implicaba mantener el statu quo territorial por la fuerza, rechazando los Acuerdos de Oslo y asumiendo la fatalidad de una nueva guerra. La segunda suponía distinguir entre la responsabilidad superior del gobernante y la demagogia eventual del líder opositor. Esto es, obligaba a mantener los Acuerdos de Oslo en hibernación, esperando la oportunidad propicia para descongelarlos.

    Los debilitados partidarios de esos Acuerdos apostaron a la segunda opción y con ello la hicieron viable. Intuyeron que las decisiones ultradivisivas pueden ser implementadas, con mayor eficacia, por quienes fueron sus antagonistas previos. Justificaron tal intuición con la experiencia del propio Sharon, quien estuvo a cargo de desmantelar ciudades y bases israelíes en el Sinaí, tras el Acuerdo de paz con Egipto. Sobre tales buenos deseos, legitimaron y posibilitaron la conversión de Sharon en estadista.

    El autor en diálogo con Arafat, en Palestina, cuando era embajador de Chile en Israel.

    Esta débil apuesta por la esperanza está en la base del actual gobierno de Unidad Nacional, con Peres como canciller y garante de Sharon. Sin embargo, hay un problema soslayado por el wishful thinking que la inspira: el de que la paz entre los pueblos se negocia entre enemigos políticos y no entre enemigos personales. Y esto último es lo que son, precisamente, Yasser Arafat y Ariel Sharon quienes, desde jóvenes y hasta sus actuales setentenas, han sido paradigmas casi novelescos del combate con odio. Ambos escenifican, hoy, el epílogo de un culebrón político, con la lucha final del guerrillero-terrorista y el militar-militarista, ambos capaces de tomar cualquier desvío para vencer.

    Con todo, el impacto real de este duelo se ha relativizado, gracias a que Arafat, más astuto y, quizás, mejor político, no ha incurrido en la expresión de sentimientos personalizados. De partida, él sabe que su credibilidad internacional depende de su capacidad de interlocución con Israel. Aprecia, por tanto, que el sistema democrático israelí lo provea de interlocutores alternativos. Es lo que explica su buena relación con Peres, a sabiendas de la dura crítica que éste le ha formulado por "su participación en el terrorismo, su notoria incapacidad de tomar decisiones y su predilección por maniobras tácticas interminables".

    No sólo eso. Hasta pareciera que Arafat también cree que Sharon tiene mejores posibilidades para conducir un proceso de paz. Estima, tal vez, que la imagen del guerrero odiado y/o temido impone prudencia y resignación entre sus disidentes propios.

    No son especulaciones de novelista. Yo estaba diplomáticamente in situ, en octubre de 1998, cuando Sharon fue nombrado canciller y Arafat manifestó que eso era "asunto interno israelí". Comunicó así, de manera sutil, que no habría veto palestino y puso anticipadamente la otra mejilla ante quien diría, días después, a la opinión pública y al cuerpo diplomático, que jamás le daría la mano. Es que el líder palestino -al contrario de muchísimos israelíes- ya pensaba a Sharon como un Primer Ministro posible.

    A partir de ese gesto de Arafat, una somera investigación me permitió descubrir que, entre la condena de Sharon en Israel, por su responsabilidad en la masacre de Sabra y Chatila y su nombramiento como canciller, tuvo por lo menos dos entrevistas secretas con altos representantes de la AP: Mahamud Abbas y Ahmed Qurei. Estos no temieron ir hasta su granja, en el Neguev y dar la mano a quien se la negaba a Arafat.

    Por eso, antes del 11 de setiembre de este año todavía podía uno imaginar un cuarto milagro relacionado con Sharon: que, en vez de perfeccionar la política de represalias, cortara la ambigüedad estructural de su gobierno y estrechara la mano de su viejo enemigo, para obligarlo a combatir juntos contra el terrorismo de Hamas y Jihad Islámica.

    El atentado terrorista de esa fecha, en los Estados Unidos, dejó ese sueño para mejor oportunidad.

    ___________
    (*) José Rodríguez Elizondo, ex embajador de Chile en Israel, fue editor de la página internacional de CARETAS en la decada de 1980.


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