Edición Nº 1696

 

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    ARTICULO

    15 de noviembre de 2001

    Deuda o Milonga
    La deuda externa argentina y los imperativos que sustentan el probable replanteamiento de los débitos en Latinoamérica.

    Escribe CARLOS ALZAMORA(*)

    EL dueño del dinero en el mundo es, en último término, el sistema financiero internacional, sea que lo controle directamente o que lo maneje por cuenta de otros.

    Este sistema le paga hoy a la Argentina, como a los demás, un poco más del 2 % como interaés por su dinero. Pero el mismo sistema -en este caso el acreedor de su deuda- se resiste a aceptar de la Argentina los nuevos bonos que ésta le ofrece y que le da una rentabilidad de 7 %, pese a que esto representa tres veces y media más de lo que le paga a la Argentina por ese mismo dinero.

    Los banqueros del sistema insisten, hasta ahora, en el 11 % que les ofrecían los bonos originales argentinos, lo que representa cinco veces y media más de lo que hoy recibe ese país por su dinero, no obstante que, en la desesperada situación argentina, agobiada por el peso de una deuda de 132 mil millones de dólares, esos bonos originales podrían implosionar.

    Los acreedores no lo hacen sólo por apetencia, sino por el temor de que otros países puedan imitar este último intento de pagar lo que Argentina puede pagar, sin implosionar ella misma, para evitar un cese de pagos. Porque nos estamos acercando a la hora de la verdad de la deuda latinoamericana. Una deuda que Latinoamérica no necesitaba ni quería pero que el sistema -en este caso los bancos prestamistas originales- impuso a nuestros países para salir de los cientos de miles de millones de petrodólares árabes que los bancos tenían que colocar en alguna parte.

    Y escogieron el controlable "patio trasero".

    Hasta esa forzada inundación de petrodólares, América Latina manejaba su deuda con prudencia. Ella había subido de 5.8 mil millones de dólares en 1960 a sólo 36.5 mil millones en 1974. Pero cuando los bancos tuvieron que deshacerse de su inmensa cantidad de petrodólares -y 1,500 bancos extranjeros recorrieron ansiosamente entonces el continente ofreciendo dinero para lo que fuera, mientras el FMI se hacía de la vista gorda- la deuda saltó de esos 36.5 mil millones de 1974 a 677.9 mil millones en 1997, y ha seguido en aumento desde entonces.

    Cuando Latinoamérica estuvo endeudada hasta el cuello, los acreedores triplicaron los intereses y la deuda se volvió impagable. En una carta al presidente Ronald Reagan en julio de 1985 -clamando infructuosamente por un tratamiento más justo y visionario de la deuda- el presidente Belisario Betancur, de Colombia, pronosticó que, si las cosas no cambiaban, Latinoamérica pagaría 800 mil millones de dólares -sólo por el servicio de la deuda- en los siguientes 15 años.

    Al año 2000 esa ominosa predicción se ha cumplido. Y para comprender mejor el dilema latinoamericano uno debiera reflexionar en el hecho que, mientras los poderosos Estados Unidos están haciendo hoy el esfuerzo inaudito de dedicar 80 mil millones de dólares a reactivar su deprimida economía, Latinoamérica ya inyectó diez veces más esa cantidad con su pobreza y con su sangre.

    ¿Hasta cuándo puede durar esa transfusión? Esa es la pregunta que se hacen los gobiernos y los pueblos del continente. Pero otros debieran sumarse a ese ejercicio reflexivo para prever y prevenir sus consecuencias.

    Aunque conscientes (como lo están los actuales acreedores) del origen inmoral de esa deuda, que los está arruinando y destruyendo su futuro -hasta la crisis de la deuda, Latinoamérica crecía al 6 %, pero desde entonces lo ha hecho entre 0, menos 0.1 y 2 %- los países latinoamericanos han venido cumpliendo heroicamente con sus obligaciones, aunque el número de sus pobres y sus desocupados se haya duplicado. Y no hay que olvidar que Argentina fue el único país de la región que no cesó sus pagos cuando la gran depresión mundial de 1929.

    Sin embargo, como lo prueba el mismo caso argentino, la deuda sigue creciendo. En sólo diez meses dos operaciones del FMI, para "salvar a la Argentina", aumentaron su deuda en 48 mil millones de dólares. Y bajo la presidencia de Menem -gran amigo del sistema financiero y que se preciaba de que su gobierno tenía "una relación carnal" con Estados Unidos- la deuda saltó de 65 mil millones de dólares a 146 mil millones, monto que los pagos sólo pudieron reducir en 14 mil millones, quedando en los 132 mil millones de hoy.

    Tal vez ya es tiempo de dar seria consideración al problema de la deuda latinoamericana y sus efectos en la degradación de las condiciones económicas y sociales de sus pueblos, los cuales -como en las otras regiones del mundo- resienten estos graves contrastes entre países deudores y acreedores, que generan sufrimiento y dolor y envenenan los corazones y las mentes.

    _________
    (*) Carlos Alzamora es uno de los más experimentados y serenos internacionalistas de Latinoamérica. Ex embajador del Perú en EE.UU., publicó en 1998 "La Capitulación de América Latina", un enjundioso ensayo en torno al drama de la deuda externa del continente.

     


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