Edición Nº 1694

 

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    ARTICULO

    31 de octubre de 2001

    Carta Abierta a un Prófugo Asesino
    O carta abierta a sus protectores en el gobierno de Japón. El autor, escritor y periodista peruano radicado en Francia, resume elocuentemente en el presente artículo la hondura de la frustración nacional tras una década no sólo infame, sino cruel.

    Por ALFREDO PITA*

    A Alberto Kenya Fujimori

    Tokio

    HACE casi cinco años, luego que un grupo de alzados en armas tomara la mansión diplomática japonesa en Lima, le dirigí una carta respetuosa, en su calidad de Presidente de la República, pidiéndole que aprovechase la ocasión que se le presentaba para precipitar la paz y el acuerdo nacional en el Perú. En ella, con los términos más cuidadosos, le explicaba por qué sería necesario, fácil, y hasta sagaz, alcanzar un acuerdo con ese grupo de desesperados, que lo único que realmente querían es hallar una solución política a su callejón sin salida.

    En lugar de facilitar la negociación y de impedir la masacre, usted la buscó, la hizo posible, la impuso y, una vez consumada, se paseó como un jefe de guerra victorioso, con su chaleco antibalas, entre los cadáveres de sus adversarios, insultando con su sonrisa congelada los restos de los vencidos, que en su mayoría no eran más que unos adolescentes que empujados por el hambre y por un sueño loco de justicia y dignidad se habían entrampado a sí mismos al coger el fusil.

    El mundo contempló asombrado su mirada obscena ante el cadáver acribillado de Cerpa Cartolini en la escalera de la mansión.

    Hoy sabemos que al menos ocho de los jóvenes terroristas que componían aquel comando equivocado fueron ejecutados extrajudicialmente tras rendirse. Hoy sabemos que los cadáveres ante los que usted se paseó fueron en realidad las víctimas de sus órdenes de que se ultimara sin misericordia a todos ellos, incluso a los que soltando las armas implorasen piedad; entre ellos la muchachita aquella que había pedido a uno de los rehenes que cuando todo terminase la ayudara a encontrar un trabajo. Hoy sabemos que tras las masacres de la universidad de La Cantuta, de los estudiantes de la universidad de Huancayo, de la Pollada de Barrios Altos, de tantas otras carnicerías, donde murieron tantos humildes, tanta gente que nada tenía que ver con el terrorismo, estaban usted y sus cómplices. Todos protegidos por las "buenas conciencias" adormecidas por su sistema experto en corrupciones.

    Hoy sabemos, además, que ha robado y permitido que roben a mi país como nunca nadie robó a una pobre nación que intentaba salir de sus mil gravísimos problemas. Nunca un solo delincuente, ayudado por su gavilla, es cierto, desfalcó de tal modo, como usted lo ha hecho, a un pueblo latinoamericano, nunca. Tal vez deba ufanarse de ello: es usted un campeón del latrocinio, usted, el que se presentó como el campeón del trabajo, de la honradez y la tecnología. Hoy los peruanos vamos por el mundo avergonzados, humillados, enfrentando la compasión de los extranjeros que piensan que además de la miseria que nos impusieron a través de los siglos nuestras despreciables castas gobernantes, además de los cataclismos y terremotos que nos asolan, hemos debido sufrirlo a usted tras haberle confiado con nuestro voto el mando del país.

    Masacró en nombre de la seguridad nacional y robó en nombre de su seguridad personal, de las viejas deudas materiales que quería cobrarle al mundo en su calidad de hijo de emigrantes que la habían pasado mal. Desfalcó un capital de confianza y esperanza que nos costará recuperar. Encima enlodó y cubrió de basura a un pueblo digno y aspirante a la cultura, hundiéndolo en la suya, personal, que era de basurero, como la prensa y los programas de televisión que prohijó. Se convirtió usted en el rey de la coima, del fraude y de la manipulación informativa. El pundonor y coraje que había demostrado la generación de sus padres, que huyeron de la miseria para trabajar en el otro confín del mundo (como cientos de miles de peruanos hoy), para usted ya no tenían razón de ser, puesto que las circunstancias lo habían convertido en amo de un país cuyas arcas podía vaciar a su antojo junto con otros delincuentes como usted, con sus cómplices civiles y militares, e incluso con agentes del extranjero como Montesinos, su valet, del que era a la vez su marioneta.

    En otro tiempo, en Japón, ciertos caballeros de honor, los samurai, se daban la muerte cuando se hallaban a sí mismos culpables de algún deshonor, de una felonía. Era otra edad, es cierto. Ahora no se le podría pedir lo mismo a alguien como usted, un bribón, un delincuente, sobre todo si está protegido por un Japón oficial que comienza a incubar extraños sentimientos de nostalgia por el militarismo imperial, fascista y masacrador; por un poder que se comporta con usted, un asesino y ladrón, como si protegiera a un entrañable hijo pródigo.

    Tiene razón, no cometa harakiri, Alberto Kenya Fujimori, pillo de dos mundos. Y siga gozando de la protección de su gobierno verdadero. Un gesto como ése sería en realidad impensable en un individuo como usted, puesto que, como ya lo dije, se trataba de un gesto de honor de otros tiempos, de un gesto que obedecía a otros códigos. Por lo demás, la historia ya se ha encargado de usted y ya contempla sus despojos con la debida actitud. Es decir, cubriéndose la nariz. No ante sus despojos mortales, por supuesto, que a nadie interesan, sino de los morales. Aunque aquí, para ser más preciso, debería decir, en realidad, inmorales.

    París, 30 de octubre, 2001

    __________
    Escritor peruano - Correo-e: alfil01@yahoo.com


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