Edición Nº 1694

 

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    ARTICULO

    31 de octubre de 2001

    Mis Amigos Jean Y Yoash

    Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO

    CUANDO la Historia se complica, es bueno escuchar a la gente ilustrada que vive en los escenarios principales, aunque no diga lo que uno quisiera escuchar.

    JEAN -las damas primero- es una amiga norteamericana, casada con un amigo de mi infancia, profesora de literatura latinoamericana y perfectamente wasp (blanca, anglosajona y protestante). Preocupada por mi columna del 10.10.01, sobre los errores funcionales de su país respecto al terrorismo, me escribe desde New York.

    Dice que le parece reveladora la conexión con los terrorismos del Perú y del Medio Oriente. Cuenta que en su país mucho ha cambiado -quizás para siempre- y que ese sentimiento es más profundo que en ningún otro sitio, "porque antes no sufríamos en carne propia los efectos del terrorismo".

    Sin embargo, Jean estima que hay cosas nítidamente gringas, que pocos forasteros comprenden. En primer lugar, la esencia de la tradición de aislamiento de su país.

    Para ella, después de treinta años de fronteras abiertas y del intento más admirable en la historia de este mundo para asumir el multiculturalismo, el pueblo norteamericano está a punto de decir ¡basta ya! Si antes todos cantaban, con Willy Nelson, bring us your foreign songs and we will sing along, ahora teme que pronto sólo se escuche America, love it or leave it.

    Desde esta perspectiva, reconoce que la gran mayoría de sus compatriotas nunca ha considerado la necesidad de fomentar la democracia o "lo bueno" en los países desamparados del mundo. Sabe que muchos los critican por no haberlo hecho, pero estima que, para un hipotético "Joe promedio" eso es tema de eruditos. Jean incluso imagina el siguiente discurso off the record de ese Joe:

    "Chico, escúchame, los Estados Unidos al fin y a cabo van a proteger sus intereses. Mientras tengamos petróleo, crédito, y podamos vender Coca-Cola, estamos felices. Nosotros ya tenemos libertad. El gobierno de ellos -hoy vienen de Afganistán, antes de Vietnam, Nicaragua, etc.- es problema de ellos".

    En periodística síntesis, mi amiga señala que, después de incorporar a su nación al inmigrante pobre y darle la oportunidad de hacerse clase media en dos generaciones, la conciencia de los norteamericanos quedó tranquila. Distinto sería cambiarles el "traerlos para acá" por el "irnos para allá", pues entonces la respuesta sería "los gringos no somos infatigables, ¿sabes?"

    Respecto a los casos de ántrax en New York, comenta que "quienes basan su existencia en vivir y revivir los odios de la Edad Media, a la larga no pueden triunfar porque aparentemente no saben construir".

    Concluye con un dejo fatalista: "como veo las cosas, creo que vamos a guerrear y con varios países, por mucho tiempo esta vez".

    YOASH es un guerrero e intelectual sabra (nacido en Israel), con papel fundacional en la historia de su Estado. Joven comando del Palmach, combatió contra los nazis y co-protagonizó la peripecia del barco Exodus. Luego fue aviador de guerra y, en su madurez, miembro de la Knesset. Su talante combativo inspira los análisis, literalmente sin concesiones, que suele asestarme.

    Lo conocí en Lima, en 1982, entrevistándolo dos veces para la revista peruana Caretas. Fueron entrevistas duras, en las cuales Yoash dio y recibió y de las cuales surgió -como sucede después de los combates leales- una sólida amistad.

    Para no perder la costumbre, él sigue discrepando de cualquier matiz positivo que se asigne al rol de Yasser Arafat. A la inversa de Shimon Peres y en la onda de Ariel Sharon, nunca lo ha estimado válido como interlocutor, pues representaría el mismo fundamentalismo islámico de Osama bin Laden y Saddam Hussein.

    Cree, por tanto, que el escenario mundial actual es, en parte, fruto de una tolerancia suicida respecto al líder palestino. En ese apaciguamiento estaría la clave para entender que el enemigo de hoy no es lo que el diccionario define como país, sino uno que define el Corán: Ard El Salam (el mundo islámico) en combate contra Ard El Harb (el país de los infieles).

    Ello le permite evocar -también igual que Sharon- el ingenuo comportamiento del Primer Ministro británico Chamberlain ante Hitler, y decir que los líderes occidentales de hoy estarían asumiendo las normas y la ética de "los nuevos bárbaros". Dice que éstos, como sus predecesores nazis, fomentan una especie de Jihad medieval, aunque su estrategia sería golpear en el corazón de las democracias, evitando enfrentarse con los militares ("más fuertes, pero carentes de liderazgo"). Por cierto, cree que en Occidente hoy ronda la idea de entregar a Israel, como moneda de cambio.

    Debo agregar que Yoash me ha escrito el 17 de octubre, a pocas horas del asesinato del ministro israelí Rehavam Zeevi. Su seco comentario ("hoy perdí un amigo por 55 años, asesinado esta mañana por la gente de Arafat, en Jerusalem"), no logra esconder su dolor. Quizás, explica su ironía final: "Como decía tu amigo Lenin, las cosas todavía irán peor, antes de mejorar".

    Por mi parte, no hay comentarios. El lector merece procesar sólo estos testimonios, que no representan sectores minoritarios -ni mucho menos- en los Estados Unidos ni en Israel.

     


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