Edición Nº 1686

 

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    MAL MENOR
    6 de setiembre de 2001

    Por JAIME BEDOYA

    La Mujer Más Interesante del Mundo

    DOS veces a la semana le compro periódicos a una señora con bigote. Ella es gente de bien. El bigote es azabache y vigoroso, como crin. En él, dada la temprana hora del encuentro, es común percibir asidos espontáneamente suculentos rastros de un desayuno falaz, señal nacional que debiera leerse como el cálculo de quien posiblemente no alcance a almorzar: Migajas, el rastro ambarino de un huevo revuelto, y tamal u otro alimento sólido capaz de producir un residual granulado. Nunca hubo señal alguna de que el hirsutismo facial supusiera algún tipo de pesar en su vida. Por el contrario.

    La semana pasada, interrumpiendo nuestra convención, no fui atendida por ella, sino por una joven sucedánea en buzo. Fue una transacción anodina, propia de todo acto en la que alguno de sus ejecutantes viste una sudadera, sin el deleite del comentario intuitivo sobre la actualidad noticiosa, como por ejemplo el cada vez más sonoro tictac que emite esa bomba de tiempo llamada Primera Dama. Pero ese día, nada. Divisé a la señora del bigote cabizbaja dentro de su kiosco. ¿Qué ocurre?, pregunté añadiendo alguna ocurrencia apropiada. La señora levantó la cara. Todo está bien, dijo. Tenía la mirada llorosa y una marcada irritación sobre el labio superior que explicaba su estado de ánimo: Se había afeitado. La del buzo tenía una mirada culpable.

    •••

    Todas las mujeres tienen bigote. Y ninguna deja de ser bella por él1. Este prodigio peludo tuvo una mártir hirsuta, previsiblemente maltratada por un hombre y trajinados sus pelos aún decenas de años depués de muerta. Se llamaba Julia Pastrana y entre las pocas cosas amables que en vida se dijeron de ella debe rescatarse el epíteto, seguramente hipócrita pero justo, de La Mujer Más Interesante del Mundo.

    Julia Pastrana nació en México en 1834. Los primeros científicos en auscultarla coincidieron en que su origen sólo podía ser resultado del doloroso encuentro entre mono y humana. Hirsuta de los pies a la cabeza, con especial abundancia de pelaje en la espalda que iba aumentando conforme llegaba al coxis, tenía un defecto congénito de la mandíbula, encías protuberantes plenas de excrecencias, y doble fila de dientes, como escualo. En ese contexto, la uniceja, bigote, patillas y barba de la Pastrana eran graciosas marcas de nacimiento.

    Inicialmente empleada como criada en el hogar de una autoridad mexicana, aprendió hasta la perfección las labores domésticas. En la doble condición de mujer y mono que la sociedad de entonces le reconocía, esto no podía ser sino una excelencia. Pero un destino tirano la llevó a los veinte años al mundo del entretenimiento, eufemismo para lo que constituía el inicio de una carrera como fenómeno profesional. Presentada como "El Híbrido Maravilloso o La Mujer Oso" llegó en exhibición a los Estados Unidos en 1854. Fue ocasión de que el médico neoyorquino Alexander B. Mott opinara: Es uno de los más extraordinarios seres de los tiempos recientes, un híbrido entre humano y orangután. Entre la justificada curiosidad científica, acaso sólo un hombre la vio como algo más. Su nombre era Theodore Lent, empresario artístico y vergüenza modélica del género.

    Respetuoso de los tratados que abolían la compra y venta de seres humanos, Lent se adaptó al segundo escenario más cercano posible a sus intenciones: el matrimonio. Se casó con Julia Pastrana en 1864. Además de las funciones masivas para el público lego, Lent se cuidaba de apelar a bolsillos más educados organizando sendas tertulias con su peluda cónyuge en persona como tema de conversación2. Entre otros notables, el cirquero P. T. Barnum también pudo ver a la Pastrana. Su comentario fue breve:

    -This is too much for the circus.

    En 1859, estando de gira en Moscú, Julia descubrió que estaba embarazada. El 20 de marzo de 1860 vino al mundo por apenas 35 horas de vida su único hijo varón, natural del signo de Piscis3. Lent dejó a su hijo en manos de un taxidermista. Julia murió al quinto día del parto. Fueron ciento veinte últimas horas para nada ociosas, pues Lent vendió entradas por presenciar su agonía. Luego remató ambos cuerpos momificados a la Universidad de Moscú.

    Al poco tiempo se enteró que la Universidad estaba haciendo negocio por el concepto de visitas públicas a las momias. Presentando el certificado de matrimonio reclamó a su familia embalsamada, e ingeniosamente los acomodó en una plataforma: Julia vestida como danzarina rusa, el pequeño clavado por los pies sobre un pedestal luciendo una tenida de marinerito.

    En 1864, estando de gira con su finada familia por Suecia, Lent escuchó hablar de un Museo de Curiosidades local donde presentaban a una mujer barbuda. Lent se aproximó a ella, jurando que no lo hacía por razones comerciales, hasta que llegó el feliz día en que pedía su mano. Luego de la boda le escondió los enseres de afeitar y empezó a exhibir a su nueva esposa como la hermana escondida de Julia Pastrana. Monógamo al fin y al cabo, cedió en alquiler las momias de su ex mujer y su hijo.

    En 1880 Lent se volvió loco. Murió en un asilo pocos años después. La señora Lent reclamó las momias como legítima herencia conyugal, pero para venderlas. Luego se afeitó, se casó con un muchacho 20 años menor que ella, y desapareció del mapa.

    Las momias de Julia Pastrana y su hijo siguieron cambiando de manos hasta bien entrado el siglo XX. En 1973 el Obispo de Oslo canceló su exhibición en Noruega y quiso darles cristiana sepultura. ¿Quieren enterrar momias? ¡Empiecen por las de Egipto!, declaró el empresario que entonces las tenía. Las momias fueron robadas en 1976. A ella le quitaron el vestido y le rompieron un brazo. Al niño le quebraron la quijada. En un segundo robo el pequeño fue abandonado en un basural, donde se lo comieron las ratas.

    La momia de Julia Pastrana fue vista por última vez en 1990 en el sótano del Instituto Forense de Medicina del Rikshospitalet de Oslo. Le faltaba un brazo. Theodore Lent, su esposo, arde en el infierno desde hace más de ciento veinte años.

    Dejen a las mujeres peludas en paz.

    ______________
    1En el incipiente bozo de mi pequeña unigenita contemplo admirado el reflejo de una luz secreta que tiene la vida..
    2 Se estima que Charles Darwin desfiló ante Julia, pues en su obra The Variation of Animals and Plants Under Domestication, dice "(Julia Pastrana es) una mujer notablemente fina, pero tiene una densa barba masculina y una frente peluda".
    3 Como Pisciano, el niño habría sido alegre, cariñoso, intuitivo, hipersensible y buen amigo, aunque de carácter explosivo.


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