Edición Nº 1686

 

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    6 de setiembre de 2001

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Pucha, Qué Pacientitos

    ¿Te acuerdas, hija, que la semana pasada se me escapó contarte que había tomado de paciente a un ministro pero que no te vas a enterar quién es así me ruegues caminando de rodillas sobre tachuelas oxidadas porque para mí la ética profesional es más importante que el mismo Diego? Bueno, no saaaaabes lo arrepentida que estoy de haberlo aceptado, sólo lo conservé para que el sector Justicia no se terminara de ir para el carajo, chola, después de tanto problema que tiene nuestra pobre nación, cómo te explico.

    Bueno, ayer el paciente vino a la sesión hecho una pandereta de la felicidad, no sabes, tanto que hasta el ceceo se le había quitado. Yo, que me había quedado de la sesión anterior con el tema pendiente de que según mi interpretación, él le eligió el nombre a su partido porque de niño le dio FIMosis y casi le cortan medio pito al pobre, ¿ya?; pero nada, hija, no quería hablar de eso y se revolcaba en el diván chupándose el dedo en tal estado de manía que le pregunté si había tomado su Largactil para la psicosis, su Haldol para la agitación, su Zoloft para la depre, su Serepax para el síndrome de abstinencia y su Trololón Compuesto para que no me haga la vida imposible, y lo único que me respondía el muy idiota era, "¡Gané, gané, lo fregamos a Alan, gané, gané!"

    Hija, ya te podrás imaginar el trompo en el que entré porque si me dejaba llevar por la contratransferencia, o sea, me ponía a celebrar con él y terminábamos los dos en el Juanito de boleto, pero como tengo mis defensas tan bien puestas, pucha, lo único que le dije fue, "¿Y usted no piensa que su analista ha tenido también algo que ver en eso de desenmascarar al chancho cochino ese que menciona?"

    Ay hija, en ésas estábamos cuando suena el timbre del intercomunicador del consultorio. Sin siquiera preguntar quién era, no sabes, de puro bruta machuco el botón y en tres trancazos sube por el ascensor y se me mete hasta el mismo consultorio, adivina quién... ¡ni más ni menos que el nunca bien ponderado del que estábamos hablando! Lo que había sucedido es que con el chicharrón que le sacó la Chichi Valenzuela en su programa del domingo, el hombre se había puesto como licuadora en high y preguntó por la mejor analista de Lima y claro, me lo embodegaron pero sin mayor trámite, ¿te puedes imaginar?

    Bueno, el tal Alan, que tú sabes que los buenos modales no son su fuerte, se zampó de frente y se tiró sobre el diván como un costal de yucas, sin mirar siquiera si había otra persona echada y terminó encima de su perseguidor number one. Esa se le escapó al mismísimo Sigmund, cómo te explico.

    Cuando me di cuenta de lo que estaba por pasar ya era too late, porque el chanchete pensó que mi otro paciente era un almohadón, lo levantó y se lo puso detrás de la nuca, mientras el que había llegado primero no hacía sino gritar, "¡Doctora Tudela, yo vine primero, llévese al monstruo, seguridad, seguridad, vengan que me están convirtiendo en almohada del loco!"

    Mira hija, a mí la vida me ha enseñado que la ortodoxia analítica es muy bonita pero tiene un límite, así que los senté a los dos en el diván, así poto con poto para que no se miren a las caras y les dije, "Bueno chicos, ha llegado el momento de que depongamos posiciones infantiles: o se dan la mano ahorita o a cada uno le clavo un comprimido de Luminaleta Extra Súper y los mando en Cruz Verde a sus casitas, porque ya se está pasando la hora y ahorita toca la paciente de las tres, que es una ladilla con ruleros eléctricos y no pienso someterla a un espectáculo como éste".

    ¿Hacer las paces? Bilula, hija. Alan agarró la caja de Kleenex y se la endilgó por la cabeza al ministro. Éste, que manco no es, sacó del bolsillo un Loly Pops -que se había traído de su último viaje a la Corte Internacional de la Haya, imagínate- y se puso a darle de chupetazos en la cabezota al otro, mientras la alfombra Kilim del consultorio se me llenaba de pedazos de caramelo y ésa no se puede lavar porque es armenia y del Siglo XII.

    Cuando vi que el estropicio no tenía solución, en efecto, llamé a Cruz Verde y dije, "please, llévense a dos violadores que se me han metido a mi oficina". A los tres minutos llegaban cuatro enfermeros tipo ropero de abuela y a punta de combo y patada se llevaron a los dos orates y te lo juro que yo quedé como si me hubiera caminado encima del cuerpo un rinoceronte con mal de rabia: extenuada.

    Pero en fin, hija, así es la vida y para eso una cobra doscientos cocos por sesión, así que ya les mandé sus recibos a los dos agitados y si no me pagan en una semana, te lo juro que ahí sí que me voy aunque sea donde Magaly y lo suelto todo. Chau, chau. (Rafo León).


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