Edición Nº 1684

 

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    ARTICULO

    23 de agosto de 2001

    ¿Vladimiro Karateca?
    El tránsito fugaz del `Doc' por una de las mejores academias de karate, dejó vaporosos recuerdos entre sus condiscípulos.

    Mientras Vladimiro Montesinos continúa con su casi oriental cura de silencio en la Base Naval del Callao, de pronto sale a la luz otro aspecto de su enrevesada vida. Muchos años atrás, recién expulsado del Ejército, quiso iniciarse en las artes marciales, aunque apenas llegó a cinturón blanco. Algunos condiscípulos suyos lo recuerdan, como el autor de esta nota, quien, además de compartir con él clases en el dojo Zen Bu Kan de Miraflores, fue su vecino en la urbanización San José, ubicada en el distrito chalaco de Bellavista. Esta crónica cuenta algunos detalles de esa época primigenia del "Doc", que fue también aquella en que CARETAS lo fotografió por primera vez.

    "Caretas para su edición Nº 765 , (setiembre,1983) lo fotografió en la cuadra 46 de la Av. Colonial cuando muy pocos podían barruntar el epílogo de su misteriosa vida y menos su tardía afición por los deportes rudos.

    Escribe DANTE CASTRO

    A fines de los '70, el karateca Juichi Kokubo trajo desde Japón el estilo Goju Ryu. Se desinflaba el artificioso boom de las películas chinas de Bruce Lee, Wang Yu y Jackie Chan, dando paso al auge del karate japonés en la juventud peruana.

    Kokubo contribuyó a que las artes marciales empezaran a tomarse en serio y que la selección nacional cosechara lauros en campeonatos continentales. Enseñó los primeros años en la academia Zen Bu Kan, ubicada entonces en la Av. 28 de julio, Miraflores, pasando luego a tener su propio dojo en Barranco donde presentaría a su primera promoción de cinturones negros.

    Entre los aprendices de la Zen Bu Kan, una curiosa presencia se diferenciaba de otros alumnos por la pulcritud de sus formas y reserva de sus opiniones. Acomedido y elegante "el doctor", como lo denominábamos, llegaba a las 7:30 de la noche -media hora antes de clases- para iniciar el ritual personal que consistía en despojarse de su fina indumentaria y vestir el karategui blanco. Luego de dos horas de rigurosa práctica, otra ceremonia parecida ocupaba su atención: bañarse, afeitarse y perfumarse, antes de volver a vestir de terno y corbata.

    Dentro de un deportivo ambiente pleno de sudoraciones y olor a pies, la fragancia y el atuendo invariablemente protocolar del oscuro personaje resultaban inusuales. No compartía la camaradería, excepto con alumnos cuarentones vinculados a empresas de aviación comercial. Tampoco persistía, como los demás, en aprobar exámenes para pasar de un cinturón a otro, y jamás participó en campeonatos o exhibiciones públicas. Parecía que sólo le importaba practicar el arte marcial como profilaxis interdiaria, estrictamente en horario nocturno.

    La única vez que me dirigió la palabra fue para decirme sonriendo que me conocía muy bien. Preguntó si yo era el mismo que vivía por el Callao, en la Av. Colonial, y que si tenía un hermano mayor. Tal precisión de datos no sólo me dejó perplejo, sino en estado de pánico. Se suponía, dentro del absurdo imaginario popular, que un dirigente estudiantil de zurdos ideales debería mantener su identidad en una especie de semiclandestinidad. Pasados algunos meses, era fotografiado por Caretas saliendo de su casa, revelándome que vivíamos muy cerca, en la cuadra 46 de la Av. Colonial, y que se trataba de un hombre vinculado a los servicios de Inteligencia.

     

    La que fue suntuosa casa de Montesinos, hoy es un paraíso del sabor que algunos cáusticos vecinos llaman "Vladipollos".

    Cuando Montesinos ascendió a la esfera del poder, su casa cambió de manos. Primero se mantuvo cerrada en el día, sucediéndose visitas nocturnas de ampulosas damas del oficio. Después fue un colegio privado de escaso alumnado y hoy es el local que los memoriosos vecinos denominan con macabro humor: "vladipollos".

    Y nos confirma esta afición por las artes marciales, el hecho de que uno de los militares antigolpistas del grupo de Jaime Salinas Sedó, indica que cuando fue interrogado, don Vladimiro intentó asestarle un golpe de karate.

    El comandante Enrique Aguilar, quien participó en el frustrado golpe del 13 de noviembre de 1992, una vez detenido experimentó en carne propia el impulso del asesor presidencial. Montesinos trató de propinarle un oi tsuki (puñetazo) en el rostro, ante lo cual Aguilar reaccionó según reflejos adquiridos en la escuela de comandos, doblándole el brazo y el prestigio. La venganza no se hizo esperar: pagó su gesto viril en la subprefectura del Callao donde sería torturado. Cuatro oficiales más testimonian que participó en las sesiones de tortura. El mayor César Cáceres Haro también fue golpeado por él, quedándole marcada la huella de su sortija en el pómulo.

    El general Salinas Sedó, jefe de la conspiración democrática, recuerda que Montesinos era un alumno muy tranquilo, flaco y esmirriado. Por lo tanto, buscaría compensar sus limitaciones mediante ejercicios físicos. Pero las artes marciales someten al alumno a prácticas exigentes que van modelando otro tipo de personalidad dentro de conceptos éticos de disciplina y equidad. Parece que en el ex capitán este tránsito fugaz por el dojo no surtió los efectos deseados. El "doc" no llegaría al cinturón negro.

     

     


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