Edición Nº 1679

 

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    ARTICULO

    19 de julio de 2001

    SERVULO GUTIERREZ

    Huellas Imborrables
    Su obra y temperamento a 40 años de su partida.

    En los arenales de Ica, su tierra, a la que volvía siempre, en una fotografía captada por Willy Hartman, compositor y limeñófilo. Año 1954. Derecha, la paleta con la que pintó en los últimos años y programa de una velada de boxeo del año 1934, en la que se lee el nombre de Sérvulo Gutiérrez.

    En el transcurrir de esos años se han realizado multitud de homenajes y exposiciones, y escrito numerosas notas periodísticas evocando al pintor, acaso más memorable del siglo XX. Es que en Sérvulo -menudo, carismático, bohemio impenitente y de anécdota- se conjugaron una avasallante personalidad y el genio del artista, que lo llevaron a constituirse en un protagonista de su época. En su corta existencia sus manos dieron fe de alrededor de mil obras, entre dibujos, óleos, esculturas y témperas. A continuación, testimonios que aclaran versiones erradas sobre la vida del pintor.

    SE han tejido muchas historias sobre Sérvulo Gutiérrez, pero usualmente han reñido con la verdad.

    -Es cierto, hay cosas que se han exagerado o deformado- dicen Celinda (Cely) Gutiérrez, su hermana menor, y su esposo Max Gutiérrez, acaso los familiares que más se han preocupado en mantener vivo el recuerdo de Sérvulo. Ellos conservan con verdadera unción su paleta, sus documentos, cartas, programas -incluso de cuando era boxeador- y pinturas inéditas.

    De su niñez se ha dicho que trabajó de mozo en el restaurante de su padre, que fue peón y, además, que en su pueblo natal aprendió a pintar. No fue así, aclara Cely. Como todo niño fue al colegio, y hasta se hizo la vaca para "mataperrear" en la laguna de Huacachina.

     

    El Señor de Luren en una de las tantas variantes que hizo del patrón de su pueblo. Pintura no exhibida.Derecha: Cely y Max Gutiérrez conservan cuadros inéditos del pintor. El 6 de agosto, la Asociación Cultural Sérvulo, recordará el 40 Aniversario de su partida en el Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores.

    Es en Lima, en el taller de su hermano Alberto, donde se inicia como pintor; restaurando cuadros y huacos, muchos huacos. Hasta que un día se pregunta: ¿Por qué yo no puedo hacerlos? Tenía el modelo, tenía todo. Fue así como modela un huaco que, al poco tiempo va a parar en el Museo de Nueva York. Su acabado es tan perfecto, que la revista Life publica, en mayo de 1954, un reportaje sobre ese sensacional hallazgo. El periodista Jorge Donayre descubre la nota y La Prensa la lanza en primera plana.

    Cuando Donayre le muestra a Sérvulo la revista, el pintor le dice: "Pero si este huaco lo hice yo". ¿Qué había sucedido? Que los huacos que se restauraban o duplicaban en el taller de los Gutiérrez, los compraba un señor Pedro Velasco, comerciante en antigüedades, que luego los llevaba a Buenos Aires donde, seguramente, lo adquirió un turista norteamericano.

    Antes de pintar de "a verdad", Sérvulo fue boxeador. En 1935 se clasifica subcampeón en el Torneo Sudamericano de Córdoba, Argentina. Cautivado ya por la pintura se queda en Buenos Aires, donde visita galerías de arte y alterna con algunos artistas, que estimulan su espíritu creativo. En Buenos Aires se casa con Zulema Palomieri y tiene una hija, Lucy, que falleció hace poco.

    En 1938 viaja a París, donde vive intensamente alternando su vida artística con la bohemia. La cicatriz que tenía en la mejilla era el recuerdo de un asalto que sufrió, justamente, una noche de torrentosa bohemia. Al estallar la Guerra Mundial, vuelve a Buenos Aires, repatriado. Es cuando conoce a Claudine Fitte, uno de sus grandes amores. Con ella retornaría -vía terrestre- a Lima a fines de 1940.

    Es en esa coyuntura que conoce al pintor Sabino Springett, amigo y compañero de bohemia. Con él comparte muchas anécdotas. Pero Springett -que anda ya en los 88 años- se guarda algunas de ellas porque son "subiditas de tono".

    Al año siguiente, regresa con Claudine a Buenos Aires. Trabaja entonces en el taller del maestro Emilio Petonutti en La Plata, donde perfecciona sus conocimientos pictóricos.

    Retorna al Perú en 1945.

    (A Claudine no la volvería a ver más. Su sobrino Max la visitó hace unos años en París, donde rememoraría algunas de sus vivencias al lado de Sérvulo. Claudine falleció hace dos años).

     

    A los 10 años de edad, en su tierra natal. Derecha, con el escritor Ciro Alegría y el pintor Camino Brent, año 1958.

    Sérvulo tenía amigos por doquier, uno de ellos fue el fabricante de helados Luis D'Onofrio, a quien una vez le pidió lo ayudara a viajar a Italia. D'Onofrio accedió, pero haciendo una bolsa de viaje con algunos de sus amigos. Sérvulo habría aceptado del industrial cualquier cosa, porque era su amigo, pero de allí a soportar la idea de que intervinieran otras personas, mediaba un abismo. Cuando le hizo la contrapuesta, no le dijo nada. Pero cuando bajaron del carro lo miró con una furia contenida, y con todo su hermoso orgullo de niño, le dijo: "Vete a la mierda", sacudiendo a su amigo con su imperturbable dignidad.

    Sérvulo no fue nunca un académico, en el sentido nato de la palabra, pero no es menos cierto que era un conocedor de las leyes de su arte.

    Su cuadro más famoso es el de Los Andes. Pero también son famosos los del Señor de Luren y Santa Rosa de Lima. "Para mí la pintura siempre ha sido una vocación mística" -confesaría alguna vez.

    Springett sintetiza la pintura de Sérvulo como una corriente de vanguardia expresionista expresada con mucha libertad. Y el pintor Teodoro Núñez Ureta, de quien fue muy amigo, diría: "...Sus trazos son febriles, dislocados, caligráficos, de un lenguaje plástico de gramática particular, en la que se atropellan todas las normas de la lógica y se imponen las de un orden propio, instintivo, iluminado".

    Sérvulo era muy sensible a los problemas sociales y políticos. Recuerdo la felicidad que lo embargó cuando los guerrilleros de Sierra Maestra entraron victoriosos a La Habana. En el primer aniversario de aquella gesta lo encontré en el cóctel que ofrecía la embajada de Cuba, celebrando ese acontecimiento. Nos tomamos unos daiquirís, que sabían a gloria, y una fotografía que guardo celosamente. Siete meses después el pintor fallecía. (Domingo Tamariz L.)

     


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