Edición Nº 1673

 

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    ARTICULO

    7 de junio de 2001

    Luis Jaime Cisneros
    80 Años De Lecturas

    La etapa en el exilio, al lado de su padre, la universidad, la política y sus reflexiones sobre el país.

    Conoció desde muy niño lo que es el exilio, al lado de su padre. En Buenos Aires vivió gran parte de su infancia y juventud, pero nunca se desvinculó de la patria. Ahí, en el gran Buenos Aires, estudió, se formó, e incluso estuvo a un paso de graduarse de médico. Retorna al Perú a los 26 años de edad y, al año siguiente, 1947, se inicia como profesor en San Marcos y, poco después, ancla en la hoy silenciosa casona de la Recoleta, vieja sede de la Universidad Católica, casa de estudios en la que hasta hoy sigue enseñando. Desde entonces, Luis Jaime Cisneros -limeño, de magra estampa, bigote atildado- es la viva imagen del maestro. En su reencuentro con la patria alterna con los grandes personajes de su tiempo -Bustamante y Rivero, Basadre, Porras Barrenecha, Aurelio Miró Quesada-; se enrola en el Partido Demócrata Cristiano y -lo que es incomprensible para muchos- rechaza ser candidato a diputado. En los últimos años es el hombre de Transparencia, y hoy, iniciándose en la década de los '80, sus recuerdos, sus vivencias, sus reflexiones, son sencillamente fascinantes. Leamos.

    El maestro, en su apabullante biblioteca. Abajo, la vieja máquina de escribir que no abandona del todo.

    Por
    DOMINGO TAMARIZ LUCAR

    ¿Cómo se siente al llegar a los 80 años?

    -Siento que este primer tramo lo he realizado así con alguna seguridad, espero que el segundo lo realice con más experiencia, si es que el segundo se repite con la misma extensión. Este primer tramo ha sido muy interesante en varios puntos de vista; desde el punto de vista humano, político, profesional.

    -¿Cómo veía, doctor, el Perú cuando era niño?

    -El Perú fue para mí hasta los 15 años un mito, un mito en el que se mezclaban las tradiciones de Palma, el nombre de Piérola. Piérola para nosotros, que éramos un regimiento de hermanos, representaba el Perú hacia el futuro. Piérola era para la generación de mi padre algo así como el Cid, que seguía ganando batallas después de muerto. Curiosamente, a pesar de que vivíamos en el destierro, y que el responsable del destierro era Leguía, ninguno de nosotros cultivó un sentimiento negativo hacia éste. Leguía terminó siendo un minuto circunstancial, un fenómeno esporádico.

    -Un minuto circunstancial que se prolongó...

    -Que se prolongó y se repitió, además, con diversas figuras. El tiempo se encargó de irnos confirmando que el fenómeno Leguía no era un fenómeno que tenía un nombre específico. Se iba a repetir con otros nombres más tarde. Y la vida política nos ha confirmado que, efectivamente, se podía haber llamado Odría, se podía haber llamado Velasco, se podía haber llamado Fujimori.

    -¿Qué recuerdos guarda usted de esa etapa, me imagino dolorosa, en que la familia se vio desarraigada de la patria?

    -Pero vea usted, un desarraigo ficticio. Nosotros en la casa hemos crecido constantemente informados sobre el pasado y presente del Perú. Cuando nos hemos reincorporado al Perú, nosotros ya jóvenes, la historia del Perú no era una historia por aprender, era una historia aprendida y vivida como si hubiéramos ido al colegio en el Perú. En ese sentido, el Perú fue una preocupación constante. Y creo que porque fue una preocupación constante, estaba en el horizonte, en la perspectiva, confundido con la certeza de que acá habíamos de regresar, de que acá habíamos de trabajar, de que para el porvenir del Perú teníamos que hacer algo, que estábamos comprometidos.

    -Yo estuve fuera del Perú desde los cuatro años hasta los 26. Yo me he formado totalmente en el extranjero.

    -En Buenos Aires estudia medicina.

    -En Buenos Aires he estudiado medicina y filosofía y letras. Son curiosas esas cosas. Por qué estudio medicina. Porque yo he sido un estudiante decoroso, discreto, y tenía buenas notas, sobre todo en los cursos de anatomía, en los cursos de fisiología. Me habían encargado en la casa de operar el conejo que se había muerto, indudablemente; de operar gallinas, de cansado de haber operado las muñecas de mis hermanas.

    -¿Y cómo así dejó la anatomía por las letras?

    -Yo ingreso simultáneamente en las dos facultades. Llego hasta el sexto año de medicina y por una serie de episodios muy complicados de explicar, un día no regreso más al hospital.

    Con el diario La Prensa, diario que dirigió su padre en los años ’20. Dereha: Hace poco cumplió 50 años enseñando en la UC.

    -¿Cuántas horas lee en el día?

    -No sé cuántas dura uno, que son pocas. Duermo seis horas. Leo cada vez que puedo. Leo por varias razones, leo porque tengo que preparar clases, leo porque tengo que preparar conferencias. Leo mucha poesía para desintoxicarme.

    -Dígamos, ese "vicio", entre comillas, por la lectura, en su juventud debe haber sido intenso.

    -Ah, sí.

    -¿Qué libro le impresionó más en esos años?

    -Los libros fueron siempre unos compañeros nuestros a los que mi padre nos vinculó desde criaturas. Mi padre nos leía El Quiijote, que lo comentaba, nos leía romances antiguos, que los comentaba. Hacíamos palabras cruzadas y eso nos obligaba a buscar diccionarios. Creo que los primeros libros con que nosotros nos arrinconamos fueron los diccionarios. Diccionarios para descubrir las palabras.

    -¿Pero hay un libro que recuerda especialmente?

    -Varios. El Quijote, por lo pronto. Otro libro que me impresionó mucho de criatura fue La Divina Comedia y, enseguida, los cuentos del conde Nicanor.

    -¿Y entre los autores nacionales?

    -Palma. Palma fue el primer contacto con la literatura peruana. Y el contacto de Palma con la literatura era, por la gracia de los temas de don Ricardo, un contacto con la historia, o con el Perú real o con el Perú inventado. Pero de cualquier manera, era un contacto con el pasado, desde el punto de vista de los hechos históricos, y con el pasado desde el punto de vista del lenguaje. Mi interés por el lenguaje, no solamente ha estado relacionado con el diccionario y el ejercicio de las palabras cruzadas, sino con una preocupación por la historia de las palabras.

    -Ahora, ¿qué es lo que más lee? ¿Libros políticos, novelas, ensayos?

    -No. Leo dos tipos de libros. Lo que leo fundamentalmente está relacionado con intereses. Leo todo lo que se relacione con ideas del siglo XVI y XVII. Por una razón, porque estoy preparando una edición para el Banco de Crédito de El Lunarejo de Espinosa Medrano. Leo también cosas que siempre he mantenido, que se relacionan con el cerebro y el lenguaje. De manera que ésas serían las lecturas obligatorias. Yo leo mucho poesía. Leo poesía porque me sirve para descansar, me sirve para reflexionar.

    -¿Y ensayo?

    -Leo mucho ensayo desde muchachito. Es un género de literatura que siempre me dijo algo, que siempre me propuso algo. Mi interés por el ensayo se lo debo fundamentalmente a Alfonso Reyes, que era un hombre extraordinario. El insistía en que el ensayo era un género de literatura que mantenía alerta la inteligencia.

    -Recuerdo que una vez salió en hombros del Teatro Segura. Creo que fue en 1955, en una convención del Partido Demócrata Cristiano. Usted se perfilaba entonces como un líder. ¿Por qué se apartó de la vida partidaria?

    -No es que la dejé. Cuando la Democracia Cristiana entra en efervescencia, Carlos Fernández Sessarego y yo, salimos electos para ser candidatos a diputado. Entonces fuimos a ver a Cornejo y a Lucho Bedoya para decirles que de ninguna manera, que ésa no era la política con la que nosotros creíamos estar comprometidos. Yo tenía una formación política, como tiene todo muchacho en la Argentina. La escuela argentina forma ciudadanos. Yo tenía una preocupación cívica. Los cursos de educación cívica que hemos tenido en el colegio, estaban reducidos en buena cuenta a leer los periódicos y a discutir lo que pasaba en Inglaterra, lo que pasaba en Francia, lo que pasaba en Alemania; la realidad de la guerra del Chaco, es decir a vivir la situación política. Eso forma en los muchachos un interés por la comunidad, la nación, la política.

    Su esposa, Sara Hamann, es historiadora. Derecha: Luego de su actuación en la fundación de la DC.

    -¿Por qué no le interesaba ser diputado?

    -Yo sigo siendo muy rector de los griegos. Yo insisto en que si yo me dedico a la educación es como tarea política. Los griegos decían una cosa importante: el primer objetivo de la política es la educación, el segundo objetivo de la política es la educación, el tercer objetivo de la política es la educación. Y cuando usted analiza la situación del Perú en estos instantes es que descubre cómo ha contribuido el desbarajuste de la escuela: cómo la escuela no forma ciudadanos, cómo la escuela ha descuidado este aspecto. La crítica está desorientada, despistada totalmente. La gente cree que su preocupación política es preocuparse por las ideas de un señor fulano equis, sea belaundista, alanista o toledista, y usted descubre que las ideas siempre están en juego. A mí no me ha interesado ni me interesa ese aspecto de la política. Pero creo que lo que a mí me interesa es la preocupación política. Y puede ser porque yo tengo una extraordinaria simpatía y extraordinaria gratitud por Basadre. Yo creo que Basadre le dio a mi generación una lección y una tarea de hacer del Perú una preocupación. La preocupación mejor del hombre es el Perú, el Perú profundo, el Perú que fue. El Perú que viene, y sobre todo la conciencia de que sin esa preocupación el Perú nunca será nada.

    Don Jorge tiene unas palabras extraordinarias en que anuncia que hay que evitar que el Perú se convierta en una charca.

    -La campaña electoral ha sido una campaña de rencores viscerales, de odios, de peleas, pero usted no ve nunca qué cosa es lo que se proponen. La gente se ha preocupado de hacer la historia de lo que hicieron y no hicieron, pero no tenemos una idea concreta de lo que se proponen. Y cuando los políticos han hecho una exhibición de lo que se proponen, uno descubre que lo que se proponen tiene un límite de tres o cuatro años, que es en el que van a mandar. Lo demás no les preocupa. Yo he sido formado de otra manera. Yo he sido formado en una preocupación de que el gobierno es mucho más importante que el poder. El gobierno mira hacia el futuro, y el futuro se hace de varias maneras, preocupándose, haciendo, compartiendo preocupaciones, compartiendo trabajo, ejercicios, actividades con los otros y para los otros.

    -Doctor, a usted lo veo tan formal, tan austero, que no me lo imagino bailarín, fumador y, menos aún, buen bebedor.

    -Yo he sido gran fumador. Me he quitado el vicio en el año '70. Yo fumaba 25 Chesterfield diarios y tres tazas de café, hasta que un día con motivo de una visita que tuve que hacer al laringólogo, me dijo vea usted doctor, si usted quiere morir de cáncer a la laringe siga usted fumando. El no sabía que yo había estudiado medicina. Entonces, a la semana lo fui a visitar para decirle cómo era el plan, y me propuso un plan que seguí minuciosamente. Como yo había estudiado medicina, estaba entrenado en los planes, las dietas, que consistía en que suspendía durante un mes mis costumbres. Whisky antes del almuerzo suspendido, vino durante el almuerzo suspendido, agua helada durante el almuerzo suspendido, reemplazado todo eso por leche helada, número uno. Pero enseguida, después del vaso de leche, un inca de esos cigarrillos que fumaban los soldados. En 48 horas sentí una convulsión general, y él me dijo, ese régimen lo conserva usted durante dos meses. Empecé a visitar al gastroenterólogo porque me dio dispepsia, tanta leche. No volví a fumar.

    -Ha sido siempre de estampa fina, ¿no?

    -Ah sí. Yo peso lo mismo desde que tenía 25 años, en invierno y verano. Calato por supuesto.

    -¿A qué personajes recuerda con más afecto?

    -A tres, fundamentalmente. A don José Luis Bustamante y Rivero, a Raúl Porras y a Basadre. Y agregaré a don Aurelio Miró Quesada para que sean cuatro. Por cuarenta mil razones. Cada una de ellas relacionada con sus dotes personales, con sus modos de vida, con sus dialectos. A don José Luis Bustamante, a quien yo había aprendido a respetar de muchacho, él tenía una relación de amistad con mi padre, lo traté muy poco, durante su período, pero lo traté mucho más frecuentemente después, a su regreso del exilio. A Basadre y a Aurelio Miró Quesada, que los había conocido siendo estudiante en Buenos Aires en una visita universitaria que hicieron y, sobre todo a don Jorge. Don Jorge me preguntó, a qué me iba a dedicar. Le conté que me interesaba la filología, le conté que hacía medicina. Le dio muy poca importancia a lo de medicina. Me preguntó dos cosas muy precisas. Primero, si sabía francés. Le dije que sí, y entonces escribió con su letrita puntiaguda el nombre de Francisco García Calderón, diciéndome luego algo en francés, me recomendó que lea este libro antes de volver al Perú. Y Aurelio Miró Quesada fue en su viaje de bodas. Dio unas lecciones en la universidad y ahí nació mi relación personal con uno y con otro. Y al llegar a Lima con Raúl Porras. Con Raúl tuve una relación amistosa muy profunda. Yo me pasaba casi todas las noches, visitando a Raúl, caminando con Raúl desde Miraflores hasta, a veces por el centro de la avenida Arequipa hasta la embajada argentina, y ahí hacía que su carro nos recogiera. Ibamos después al Pan Pan a tomar un chocolate o té. O sino tomábamos chocolate en la casa de Raúl que preparaba la señora Juanita, la mamá.

    -Finalmente, doctor, ¿cómo sueña al Perú?

    -A propósito, todos celebran la formación de la Comisión de la Verdad. Claro, es importante. Pero la comisión es una comisión que se forma para rastrear, para acusar. A mí lo que me interesaría es que nos asaltara el fuego interior que nos llevara a hacer del Perú el país de la verdad, un país de verdad, en que la verdad fuese la carta de naturaleza de todos, donde nadie desconfiase de nadie, nos dijésemos la verdad, y la verdad nos obligaría a decir lo bueno, lo malo y lo feo. Sólo así vamos a corregirnos.

     


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