Edición Nº 1657

 

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    ARTICULO

    15 de febrero de 2001

    El Eterno Retorno
    La edición de las obras completas de Raúl Porras por la Universidad de San Marcos actualiza una vital herencia de peruanidad, democracia y cultura.

    Porras, en 1949, embajador del Perú en España, ante la tumba abierta del Inca Garcilaso, en la Capilla de las Animas de la Mezquita de Córdoba. Derecha, primer tomo de las obras.

    Escribe CESAR LEVANO
    Fotos del archivo del Instituto Porras de la Universidad de San Marcos.

    RAUL Porras Barrenechea dijo cierta vez que toda su infancia había visto a su madre vestida de negro. Ocurre que cuando él tenía dos años, su padre le fue arrebatado en un duelo.

    Fue incidente de origen prosaico. Don Guillermo Porras había enviado, como cada tarde, a una doméstica para que reservara un asiento para su esposa y él en el parque de Barranco. De pronto, un sujeto intentó desalojar a la empleada. Al llegar y ver eso, el señor Porras soltó anatemas en francés. El aludido, que conocía el idioma de Pierre de Ronsard y del general Cambronne, lo desafió a lance de honor. El padre de Porras cometió el error de elegir la pistola como arma. Su rival era diestro en pistoletazos.

    La orfandad tiñó de sombras la niñez de Porras. No era sólo dolor de ausencia. En abril de 1956 -había nacido el 13 de abril de 1897-, en el Colegio de Abogados de Lima, recordaría la crueldad con que la mojigata sociedad limeña trataba a los caídos en desafíos de honor.

    La evocación se produjo en un homenaje al abogado Luciano Benjamín Cisneros. "En las más hondas fibras de mi espíritu", expresó, "se mezclan siempre dos imágenes, que acaso hayan moldeado en mí aristas y remansos espirituales...La tumba de mi padre, en un rincón proscrito del cementerio limeño, ante la cual aprendí, junto con el orgullo doliente de la casta, la imposibilidad de perdonar".

    La otra imagen invocada era la de la casa de Cisneros, en la calle de San Pedro, "llena de hospitalidad, de anchura y de luz".

    Reencuentro en Madrid en 1935. Basadre y Porras se habían hecho amigos cuando aquél tenía 16 años.

    Tres sustantivos que bien podrían aplicarse a Porras. Porque él sigue siendo faro luminoso de peruanidad, de apuesta por la tolerancia, la democracia y la justicia. Su voz exalta la cultura y los valores del espíritu.

    En su casa del jirón Colina, cuadra tres, en Miraflores, sede hoy del Instituto Porras, había acumulado el maestro variadas estatuillas de don Quijote. Hasta en eso ha dejado huella. No de otra manera se explica que, como por arte de magia, la paupérrima Universidad Nacional Mayor de San Marcos haya iniciado la publicación en doce tomos de sus obras completas.

    Prueba contundente de quijotismo peruano y cultural es la propia subsistencia del Instituto Porras, Centro de Altos Estudios e Investigaciones Peruanas. Vive tan franciscanamente que sus dos pilotos, que, entre otras cosas, acumulan textos, recortes, fotos, cartas de Porras, trabajan ad-honorem. Me refiero a esos dos maestros ilustres que son Jorge Puccinelli y Félix Alvarez Brun.

    Este es el país donde no hay dinero para las universidades públicas. En días de Fujimori-Montesinos había que ahorrar al máximo para que los militares corruptos y sus socios civiles pudieran, a fuer de privatizadores, trasladar millones de dólares de fondos públicos a cuentas privadas.

    EL LEGADO QUECHUA

    San Marcos ha previsto publicar las obras de Porras de acuerdo con un plan concebido por éste. Los primeros tomos abarcarán lo que Puccinelli llama los disjecta membra, los esparcidos miembros; es decir, los textos diversos -artículos, ensayos, conferencias- publicados en medios impresos. También conforme a esa voluntad, el primer tomo se titula El legado quechua.

    Maravilla de trabajos que revelan el investigador minucioso, severo, infatigable, al mismo tiempo que el prosador de estilo imaginativo, exacto, fresco.

    No pretende ser ésta una nota crítica. Pero imposible no exaltar el polémico ensayo sobre Huamán Poma de Ayala, o las Notas para una biografía del yaraví, o el texto esclarecedor sobre quipus y quilcas, o el dedicado a la raíz india de Lima, y el clásico -solidez de piedra, claridad de puquio- sobre el Cusco de los incas.

    ADOLESCENTE INSOLITO

    "En la niñez", ha escrito Jorge Basadre, "conoció la tristeza y acaso la pobreza". Proveniente de un linaje intelectual, a los doce años publica Porras tres cuentos y una traducción del francés en el Boletín Escolar Recoletano. En 1912 ingresa en la Facultad de Letras de San Marcos y comienza a trabajar como amanuense de la Corte Suprema.

    Son los años de la casona, y los patios de los naranjos y los jazmines. Adolescencia inquieta la suya, que a los dieciséis años lo lleva a fundar la revista sanmarquina Ni más, ni menos. En 1914 ingresa en la Facultad de Derecho y al año siguiente, con 18 años, crea la revista Alma Latina.

    Juventud rebelde la suya. Fue en 1919 iniciador del movimiento de la reforma universitaria, en cuyo impulso inicial lo acompañaron Guillermo Luna Cartland, Humberto del Aguila y su precoz amigo Jorge Basadre, con el auxilio periodístico del diario La Razón, fundado por José Carlos Mariátegui y Jorge Falcón.

    Cusco, 1920. I Congreso de Estudiantes del Perú: Guillermo Luna Cartland, Basadre, Dr. Alberto Giesecke y Raúl Porras Barrenechea.

    Cuando el movimiento de tempestad e impulso, el Sturm und Drang peruano, empieza en San Marcos, Jorge Basadre acababa de cumplir, el 12 de febrero de 1919, dieciséis años. Venía de la Tacna ocupada por Chile, del dolor de la patria sumergida.

    Pero como para demostrar que la inquietud política y social no está, no debe estar, reñida con la investigación y el estudio, ese mismo año Porras funda, con otros jóvenes brillantes, Manuel G. Abastos, Jorge Guillermo Leguía y Luis Alberto Sánchez, el Conversatorio Universitario. Se adhieren de inmediato Guillermo Luna Cartland, Ricardo Vegas García, Carlos Moreyra Paz Soldán y, florida tempranía, Jorge Basadre.

    De ese círculo saldrán conferencias, libros, vocaciones, empeños, que contribuyeron a alterar el paisaje semifeudal de nuestra sociedad y su cultura.

    De esa muchachada alegre y severa iba a sobresalir, ya para siempre, la dupla Porras-Basadre, marcada por dolor de patria, otear del destino colectivo y odio a las tiranías.

    Ese mismo año crucial de 1919, Porras invitó al adolescente insólito Basadre a compartir con la tarea de clasificar folletos y papeles dispersos en una sección de la Biblioteca Nacional.

    Muchos años después, en una de las conversaciones amistosas que me concedió, pregunté a Basadre de dónde había sacado el dato sobre el folleto Organización Obrera de mi abuelo Manuel Caracciolo Lévano y que figura en la monumental Introducción a las bases documentales para la Historia de la República del Perú.

    -Lo fiché, me dijo el maestro, cuando clasificábamos, gratis, trabajando incluso los domingos, los desordenados papeles varios de la Biblioteca Nacional.

    Así trabajaron esos titanes de la cultura. Por eso ha podido escribir Basadre, en el prólogo a la traducción de los 7 Ensayos al inglés de la Universidad de Texas, refiriéndose a Mariátegui: "carecía del horror al estudio que hay en el alma de todo demagogo".

     

    Porras con embajador de Colombia Zuleta Angel y otros personajes colombianos, Bogotá,1960.al centro Basadre, Jorge Leguía, un visitante, el poeta Percy Gibson Möller (n. en 1885) y Porras en el Museo Bolivariano de Lima, 1932. Derecha: en 1949, embajador Porras recibe en Madrid a delegados de la Asociación de Artistas Aficionados de Lima. Lo flanquean Viruca Miró Quesada y Teresa Bolívar.

     

     

     

     

     

     

     

     

    ANTIDICTATORIAL

    Porras sufrió repetidamente el agravio, cuando no el abuso, de los poderosos. Hispanista por el lado de la historia, de la sangre y de la cultura, pero no del franquismo fascista, pudo por eso recordar, en su ensayo sobre Huamán Poma, la frase de éste sobre el sufrimiento de los indios en la era colonial: "escrivillo es llorar".

    Para rastrear la historia del Perú, Porras invirtió parte de su sueldo de profesor sanmarquino o de diplomático en comprar libros y documentos en cuanto suelo visitó, empezando por las librerías de lance del entorno sanmarquino.

    Félix Alvarez Brun, en su aleccionador libro Raúl Porras, diplomático e internacionalista, estampa: "Jorge Puccinelli, uno de sus más cercanos y leales discípulos, ha dicho que desde que Porras ingresó a la Cancillería no hubo problema internacional a cuya solución no haya ofrecido las luces de su inteligencia y de su conocimiento histórico". Memorables son sus batallas imantadas por los principios de no intervención extranjera en asuntos internos.

    Pero más de una vez lo arrojaron de la cancillería, por no acatar la voz del amo. O, más exactamente, por no reconocer amos.

    En su conferencia sobre Luciano Benjamín Cisneros -pronunciada cuando gobernaba el dictador Odría- recordó otra pronunciada por él en 1928 en el mismo Colegio de Abogados de Lima, "en días semejantes a éstos, de confusión y desvío de nuestro destino democrático, en elogio de Toribio Pacheco". Por esa disertación, Porras fue separado, "por los oligarcas de turno", de sus funciones técnicas en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

    Seguiría siendo fiel hasta la muerte a su joven rebeldía y su vieja tristeza. Ese es el Porras del eterno retorno, que reverdece en páginas, ejemplo y mensaje.

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