Edición Nº 1651

 

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    28 de diciembre de 2000
    Por MARIO VARGAS LLOSA

     

    El Aguila en el Torbellino

    LA incertidumbre y la trifulca judicial que siguieron a las elecciones presidenciales norteamericanas, y durante cinco semanas mantuvieron la duda sobre quién sería el nuevo mandatario, alegraron a los enemigos de Estados Unidos, esa contradictoria fauna donde la extrema derecha y la extrema izquierda se confunden en un odio común hacia el país que, por su poderío, se halla a la cabeza de las naciones democráticas. Un diario moscovita propuso que el gobierno de Putin enviara a uno de sus expertos a asesorar a la Casa Blanca en la organización de elecciones rápidas y eficientes, y el Gramma de La Habana se escandalizó por el espectáculo de "república bananera" que daba su vecino. Muchos analistas se preguntaron si lo ocurrido en estas elecciones en Estados Unidos no perturbaría el funcionamiento del sistema, provocando una seria crisis de confianza en sus gobernantes e instituciones.

    Es difícil responder a esta última inquietud, pero probablemente la respuesta sea no. Resuelta la incógnita en favor de Bush por la Corte Suprema, se ha visto en los últimos días un esfuerzo conjunto de demócratas y republicanos para pasar la esponja y simular una reconciliación que, por lo demás, ha quedado sellada con la participación en el gobierno de varios demócratas. Ahora bien, aunque Estados Unidos no se haya visto debilitado, ni en su supremacía militar, ni en su fortaleza económica, por el desmadre poselectoral, es evidente que lo sucedido ha sacado a la luz con arrolladora fuerza una verdad que, sobre todo en las democracias avanzadas que parecen funcionar bien, resulta cómodo olvidar: la imperfección congénita al sistema democrático. La superioridad de éste no proviene de que sea impoluto, sino, como le gustaba recordar a Churchill, de que todos los otros son mucho peores.

    Entre imperfecciones hay, desde luego, jerarquías. Entre las elecciones del Perú del mes de abril, amañadas con un descaro obsceno por una pequeña mafia de rufiancillos civiles y militares al servicio de la pareja maravilla Fujimori-Montesinos, y el galimatías cómico de los recuentos de votos en Florida hay un abismo. Pero, aún así, la sorpresa ha sido mayúscula, sobre todo para innumerables ciudadanos norteamericanos, convencidos hasta entonces de que, aunque muchas cosas anduvieran mal en su país, lo único que no podía ocurrir en él era un caos semejante a la hora de contabilizar el fallo de los electores, y menos todavía que el resultado final de una elección nacional quedara librado a los pleitos y operaciones de abogados, detestados urdidores de enredos, y a los jueces. Pero, quizá lo que ha provocado mayor consternación en una sociedad donde los tribunales son considerados, de modo general, honrados y eficientes, y donde la Corte Suprema de Justicia goza de una respetabilidad unánime, casi sacrosanta, haya sido comprobar que, en este caso, de una manera inequívoca, jueces estaduales o supremos, antepusieron, a la hora de fallar sobre el conflicto electoral, sus lealtades políticas a cualquier otra consideración.

    No digo que la Corte Suprema hubiera debido favorecer a Gore, porque la justicia estaba de su parte. Tal como ocurrieron las cosas -es decir, dada la mínima diferencia de votos entre ambos candidatos en el Estado de Florida-, simplemente, no había manera de determinar con claridad matemática quién ganó la elección, pues los argumentos de ambos adversarios, sin dejar de ser contradictorios, tenían el mismo valor persuasivo. Lo que quiero decir es que si, en la sentencia final de los jueces, se hubiera llevado Gore la Presidencia, esta decisión hubiera tenido exactamente la misma connotación -una decisión más política que judicial- que la que favoreció a Bush.

    Esta elección no ha sido más "sucia" que elecciones anteriores en Estados Unidos. Simplemente, ha sido mucho más reñida, y el vicepresidente Gore, que había ganado el voto popular por más de 300 mil sufragios, sintiendo el aroma de la victoria tan cerca, se decidió a dar el paso audaz de cuestionar el resultado oficial en Florida. Era una decisión perfectamente legítima, pero políticamente arriesgada, porque relegaba a un segundo plano aquella ley no escrita de la cultura democrática según la cual las reglas del juego son más importantes que el resultado del juego mismo. Así lo entendieron, por ejemplo, Nixon cuando compitió con Kennedy, y Ford cuando se enfrentó a Carter, contiendas en las que el resultado final, muy ajustado en algunos estados, hubiera podido permitir también un cuestionamiento y la exigencia de nuevos recuentos. Asesores de ambos recomendaron a Nixon y a Ford que lo hicieran. Ambos se negaron, argumentando que hacerlo significaba echar una sombra acaso irreparable sobre el sistema electoral estadounidense. ¿Tuvieron razón de actuar así? Yo pienso que sí, y que, por ese motivo, probablemente, a diferencia de lo que ocurrió a Nixon, que después de perder aquella elección siguió vigente en la vida política, Gore no volverá a ser el candidato de su partido el año 2005. Apostó y falló, y, en vez de ganar, desprestigió un sistema que hasta entonces gozaba de la confianza general.

    Conviene recordar que el cuestionamiento de la elección de Florida no implicó, jamás, una acusación concreta de fraude, es decir de deliberada manipulación del voto para distorsionar la voluntad de los electores por parte de funcionarios o empleados encargados de vigilar el sufragio. Se fundó, siempre, en supuestos errores que cabe llamar "neutrales", determinados por la manera como los electores operaron las máquinas de votación -por ejemplo, sin presionarlas lo suficiente para que quedara perforada la papeleta de voto- o por una confusión a la hora de marcar una papeleta en la que los candidatos, en vez de figurar en un orden vertical aparecían en un orden horizontal (las papeletas llamadas "mariposa" que habían sido aprobadas, antes de la elección, por demócratas y republicanos). Y, en lo que concierne al voto por correo, en la interpretación que cada condado del Estado dio a los requisitos indispensables -fecha de llegada a la oficina electoral, o dirección del remitente en el extranjero, por ejemplo- para que aquel voto fuera contabilizado. Estas imperfecciones deberán ser enmendadas en el futuro, desde luego, pero sería ingenuo pensar que, de esta manera, mediante algunas reformas, se eliminará todo margen de error en las elecciones futuras. Eso es una utopía y la democracia es precisamente la negación de la utopía, el reconocimiento de que la perfección no es de este mundo, al menos en lo social y colectivo -sólo puede serlo en lo individual-, y que, por lo tanto, instituciones y leyes para el gobierno de la sociedad deben ser realistas y admitir su naturaleza imperfecta, aunque, eso sí, infinitamente perfectible.

    Aunque nunca he vivido allí mucho tiempo seguido -lo más, ha sido un año- he pasado varias temporadas en Estados Unidos, en distintos estados, y siempre me ha impresionado la manera como participa en la vida de la comunidad el ciudadano común. Es verdad que, a la hora de las elecciones generales, el ausentismo suele ser muy grande, pero esta indiferencia no se corresponde -más bien, está en las antípodas- de lo que ocurre a nivel local -barrio, distrito, institución-, donde el ciudadano de a pie está siempre involucrado, haciendo campaña a favor o en contra de los regidores, de reglamentos o disposiciones municipales, de la elección de los jueces, o de la marcha de las escuelas. La inmensa mayoría de las actividades cívicas y políticas (y religiosas, por supuesto) reposa en el voluntariado -incluido museos, parques, hospitales, vida cultural-, institución que canaliza la participación de la ciudadanía en todas las instancias del Estado. Hace algunos años escribí un artículo sosteniendo la tesis de que el cimiento más sólido de la democracia en el Reino Unido eran las viejitas, esas señoras con sombreritos llenos de pájaros y flores -algunas de ellas muy ancianas- que escriben cartas a los diarios, y a ministros y diputados, protestando o alabando lo que ocurre, y que van a manifestarse con sus carteles ante las embajadas o la casa del primer ministro, y que llevan sobre sus hombros el peso de las campañas electorales, sin cobrar un centavo. La sociedad norteamericana practica, en su base social, esas buenas costumbres, y, por eso, aunque muchas cosas anden mal en ella y sean criticables, desde la pena de muerte hasta la influencia del dinero en las elecciones, es una sociedad tan dinámica, con esa formidable capacidad de renovación y de modernización que la han ido distanciando de las otras democracias occidentales.

    Es seguro que nada de eso cambiará con la presidencia de Bush, un Presidente que, eso sí, en razón de lo ocurrido, sube al poder con un lastre que sus antecesores no tuvieron, y que, por lo mismo, estará sometido a una vigilancia y fiscalización mucho mayores. Aunque, en lo que respecta a cómo emplear los astronómicos excedentes fiscales, su programa difería del de Gore -aquél proponía reducir drásticamente los impuestos y éste invertirlos en reforzar la política social- en lo esencial es obvio que la orientación general de la política continuará la de Clinton, sobre todo en economía, pues sería absurdo cambiar un rumbo que ha dado hasta ahora resultados tan exitosos a la sociedad norteamericana.

    ¿Mantendrá su promesa, el Presidente Bush, de abrir las puertas de NAFTA, el acuerdo de libre comercio que ahora une a México, Canadá y Estados Unidos, a toda América Latina? Lo propuso durante su campaña y lo ha reafirmado hace poco, con motivo de la visita de Vicente Fox, el nuevo presidente mexicano. Ojalá sea cierta esta perspectiva, y muchos países latinoamericanos, empezando por Chile -el que tiene su economía más abierta y apta para integrarse a NAFTA-, vayan integrándose a esa alianza. No sólo porque abriría las puertas del mercado de Estados Unidos a sus productos de exportación, sino porque uno de los requisitos esenciales de ese acuerdo es la preservación de un sistema de legalidad y libertad, algo que, como sabemos, ha tenido siempre en América Latina una existencia corta y deficiente.

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    © Mario Vargas Llosa, 2000.
    © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2000.

     



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