Edición Nº 1651

 

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    ARTICULO

    28 de diciembre de 2000

    Zarpazo De 'OSITO'
    Roberto Escobar, `El Osito', cuenta en su libro `Mi hermano Pablo' cómo fue la visita de Montesinos a la Hacienda Nápoles

    Este viernes 29, el titular de la 4a Fiscalía peruana Alejandro Espino, junto a personal de la Procuraduría Ad Hoc que dirige José Ugaz, deben interrogar en una clínica de Medellín a Roberto Escobar, el hermano del difunto ex capo de la droga Pablo Escobar. Esto ocurre mientras `El Osito' alcanza gran éxito con su libro `Mi hermano Pablo', una suerte de memoriosa crónica -escrita con la ayuda del periodista Juan Carlos Giraldo- sobre las andanzas del legendario narcotraficante. Curiosamente, el primer capítulo relata, con pelos y señales, la visita de Vladimiro Montesinos a la Hacienda Nápoles, algo sobre lo que Escobar ya había adelantado algo, en noviembre de este año, a la revista colombiana `Cambio'. A diferencia de aquella vez -en que se señaló que la visita ocurrió en 1987-, esta versión no precisa una fecha, lo cual no disminuye su interés. Hay tal riqueza de detalles que seguramente harán la delicia no sólo del público sino, también, de jueces y fiscales.

    La entrada a la Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar. Montesinos, según el texto, fue allí a pasar "cuatro días de trago y rumba", pero también para hablar de negocios.

    SON las 12:45 del mediodía. El sol se hace cada vez más inclemente. Sus rayos caen como dardos punzantes desde arriba, y el sombrero que llevo puesto se siente inútil. Camino hasta la torre de control y me avisan que el aparato aterrizará a la una en punto (...) Para mi hermano era de suma importancia. Si las cosas salían como él pensaba, se ganaría un gran avance para sus negocios. La pasta de droga peruana era la más codiciada en el mercado, y ahora estaba a pocos minutos de materializar un importante avance.(...)

    Alguien gritó desde la torre que ya se acercaba el avión. Todos dirigimos la mirada hacia el horizonte, y entonces se vio. La fortaleza del sol creaba una ilusión óptica en el horizonte que mirábamos, y el aparato que poco a poco perdía altura, se veía como derritiéndose en la inmensidad. Pablo lo ubicó mejor con unos binóculos y dio la orden de preparar los últimos detalles para el aterrizaje que sería en cuestión de segundos.

    Era un turbocomander de gran potencia y amplia autonomía de vuelo. Había partido de una pista clandestina del territorio peruano. A la una en punto aterrizó en la Hacienda Nápoles. Esperamos el carreteo unos segundos y el hermoso aparato se acercó hasta unos metros muy cerca al hangar donde Pablo esperaba de pie. Antes de que se abriera la portezuela caminé hasta allá. Alcancé a ver al personaje aún sentado en el primer sillón (...) Asomó la cabeza y desde la puerta miró a todos con cierta exclamación. Pablo se acercó a mi lado y esperó que se bajara lentamente y lo saludó: `Bienvenido a Colombia, señor Montesinos'. Le estrechó la mano y con la otra le golpeó la espalda en gesto de cordialidad.

    El, muy atento y emocionado, le respondió: `Gracias por permitirme conocer su país y esta tierra hermosa'. Mi hermano Pablo le respondió: Ésta es su casa. El importante personaje peruano traía puesta una camisa de manga larga y un pantalón beige de prenses. Usaba gafas de lentes redondos y pequeños, y un reloj. Zapatos impecablemente limpios y brillantes y su sonrisa era amplia y dejaba ver su buen gusto por las cosas y su avidez. Pablo me había hablado de él. Decía que era un hombre muy importante en su país, como quiera que conocía a las más poderosas autoridades de allí. Había sido oficial del Ejército peruano, en grado de capitán. Abogado, especializado en leyes penales y astuto natural, a Montesinos se le notaba a leguas su espíritu emprendedor. Una mezcla de astucia con inteligencia, revuelta con ansias de poder.

    Pablo, que tenía una facilidad innata para conocer a los hombres antes de conocerlos, me había dicho de Montesinos que además de sus aspiraciones políticas en el Perú, era un avaro profesional, persona que codiciaba el dinero y la fortuna, y que por eso podría convertirse en un gran aliado en el Perú. A cambio de información y trabajos sucios, Pablo estaba dispuesto a complacerlo con lo que, para Montesinos, eran su mayor debilidad: las mujeres lindas y los dólares. Lo había conocido vía telefónica, gracias al contacto de un piloto que trabajaba con pasta de coca en el Perú. Entonces, Vladimiro Montesinos ya era un influyente hombre de negocios. Amigo del poder, abogado de profesión y negociante de gran talante, Montesinos se perfilaba desde ya como un hombre fuerte detrás del poder.

    El "Osito" en la clinica donde está detenido. Su libro es todo un éxito en colombia. Tienen a fujimori en la caratula

    Pablo lo hizo subir al campero descapotado y lo llevó hasta la casa principal. Estábamos en Nápoles, la hacienda más querida por mi hermano y quizás la más grande de cuantas había mandado construir. (...) Tenía de todo para quienes aman el buen gusto del vivir. Casas con aire acondicionado, salones de juegos, piscinas, tinas, jacuzzis, canchas de tenis, de fútbol, comedores gigantes, teatro, discoteca, aeropuerto propio con hangares, ríos, lagunas, zoológico con animales traídos desde el Africa, arroyos para practicar motociclismo acuático, potreros para paseos a caballo, y muchas, muchas cosas más m(...) Ese era el lugar, una especie de paraíso terrenal construido por mi hermano Pablo, al que acababa de llegar el ex capitán Montesinos a disfrutar de cuatro días de trago y rumba, pero también, a hablar de importantes negocios.

    Esa misma tarde mi hermano Pablo lo llevó a un pequeño tour por la hacienda. Le mostró los lagos, los animales exóticos, el delfín rosado, los caminos ocultos por entre el monte y otras bellezas del lugar. El recorrido lo hicimos en el mismo campero color naranja, y ya Montesinos tenía marcadas en sus mejillas el rojizo natural del calor. Mi hermano le había entregado un sombrero típico que el ilustre invitado no tardó en lucir con aprecio y emoción. Lo llevó hasta una población cercana a la hacienda, llamada Puerto Triunfo, a unos 20 kilómetros de distancia. Allí, en una tienda con asientos en la calle y bajo la inclemencia del mismo sol típico del Magdalena Medio, tomamos cerveza y aguardiente. Montesinos probó el aguardiente pero prefirió la cerveza de la región. Allí permanecimos una hora y regresamos (...) Montesinos se impresionó con la avioneta que descansaba sobre los muros de la gran entrada. Mi hermano le explicó que se trataba de un hermoso recuerdo de sus primeros éxitos en el negocio de la droga. Le reveló que en ella había logrado traer desde Panamá unos setenta millones de dólares, en varios viajes que resultaron de mucho riesgo por tratarse de tan pequeña nave. Le dijo que se trataba de un avión casi inservible que había recuperado y mandado a arreglar. Una vez renovado, se acondicionó su interior con un piso reforzado, y sólo dejaron en ella la silla del piloto. Adentro había espacio suficiente para tulas repletas de dólares y para unos galones extras de gasolina que permitían mayor autonomía de vuelo sin necesidad de muchas escalas (...) Montesinos no salía de su asombro. Pablo le dijo que había decidido dejarla encima de la entrada principal de la hacienda, como un símbolo de libertad.

    De inmediato regresaron a la casona. El doctor Montesinos tenía sed, y Pablo necesitaba hacer algunas llamadas radiotelefónicas. En el trayecto de regreso hablaron de política y de los trabajos especiales de Montesinos como abogado de su país. Pablo sabía que su trabajo en el Perú consistía en sacar de la cárcel a algunos narcotraficantes amigos suyos, apoyado en las buenas conexiones con las autoridades judiciales y militares.

    Pablo tenía claro que las cosas importantes de la vida se lograban con gente importante. Por eso, nunca perdió la oportunidad de hacerse a la amistad de personalidades de la política colombiana y la política internacional. Más adelante revelaré detalles de cómo logró acceder, gracias a personajes como Montesinos, hasta mandatarios del continente como Fujimori, o de Centro América, del sur y hasta de Europa.

    Esa noche, cuando comíamos con Montesinos, a un lado de la piscina, Pablo me dijo: "Hermano, yo también quiero ser presidente de este país".



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