Edición Nº 1651

 

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    ARTICULO

    28 de diciembre de 2000

    Y Así Comenzó el Milenio

    Cada uno de estos tres periodistas tiene ahora un curriculum vitae muy extenso y CARETAS lamenta tener que sintetizarlos tan radicalmente por razones de espacio.

    Al terminar este 2000 tan redondo y tan coincidente con el Cincuentenario de CARETAS, pedimos a tres colegas singularmente ilustres y estrechamente ligados a la historia de la revista que escribieran un comentario inspirado en el título de estas páginas. Este es el resultado, diverso y brillante.

    Se podría decir que tanto Fernando Ampuero como Gustavo Gorriti y César Hildebrandt fueron en el pasado cómplices de la dirección de CARETAS, uno por 7 años (1988-1995), el segundo por 4 (1981-1985) y el tercero por casi dos lustros (1971-1980). Los tres han seguido después carreras notables en otros medios, pero una extraña nostalgia los vincula aún a este circo semanal y nos ha permitido reclutar sus generosos talentos. Y así que para ellos comenzó el milenio.

     

     


    Con Un Año de Nueve Meses

    Escribe CESAR HILDEBRANDT

    César Hildebrandt ingresó a CARETAS en 1971, a los 23 años. Es ahora, alternando prensa y TV, una verdadera potencia del periodismo nacional. Maestro del calambour instantáneo, de la entrevista mordaz y de la independencia combativa, ha sido el protagonista de 9 programas de TV, varios de ellos bajo el título de `En Persona'. También ha dirigido la revista Sí y el diario Liberación, y publicado dos títulos. Ahora vuelve a canal 13.

    PARIO la democracia, parió Paula. Parto de los desmontes, pariciones. En abril tuvimos cara de osos panda, pero sin gracia ni bambú: éramos parte del Zoo del japonés.

    ¡Cinco años más! -decíamos.

    -¡Nos jodimos! -pensábamos.

    Y allí estaba el japonés de los delitos con su mueca, con su gorda infante y su delicadísimo bufón de linaje holandés.

    ¡Y comían chicharrones!

    ¡Y nosotros éramos, por tercera vez, los apestados!

    Fo -nos decía con la mente la dueña de la farmacia.

    Este ha sido el "parto de los desmontes" , dice Hildebrandt. Derecha, en "Falso Paquisha"

    -Para otra vez será -cantaban los ojos de la azafata que se compadecía.

    .La verdad es que nosotros nos dijimos que debíamos morir peleando. Y, como muchos otros, peleamos.

    Pero la pelea ya estaba en la calle. Había salido del Internet a la bronca universitaria, de los papeles impresos al vocerío, de la rabia a la acción, de la ceca a la meca, que era de ellos.La calle cambió las golondrinas.

    Y mientras más repulsiva era la tele, más se podía esperar.

    Porque el régimen que fue se fraguó en la TV y se fregó en el vídeo.

    Y la verdad es que Fujimori no tenía programa para un tercer período.

    Fue obligado por los socios de su banda a candidatear. Les faltaba cinco años de robo y destrucción simultánea de pruebas.

    De tal modo que nuestras ojeras se convirtieron en mejillas manzanudas cuando en agosto el contrabando de armas les salió por la culata de Bogotá.

    Y brindamos la noche del vídeo de Olivera, ese setiembre.

    Y jamás sentimos que debíamos quitar presión a la banda cuando escuchamos a su jefe decir que abandonaba.

    Pero cuando Montesinos desapareció, luego de su retorno amenazante de Panamá, ya la cuenta regresiva había empezado.

    El pánico de ese cobarde y miserable que se paseó junto al cadáver de Cerpa Cartollini con el chaleco antibalas puesto, lo decía todo.

    Volaba el helicóptero detrás de los pasos de "Asesor" y uno se sentía en Ciudad Gótica: allí estaba Gatúbela Posada, el burro Salas, el cuervo Trazegnies, el pingüino de las inmersiones y la rata genérica de todo ministerio.

    Así que en octubre empezamos a ser otra vez. Y en noviembre habíamos regresado al país que mantuvieron secuestrado durante diez años.

    Un país con un montón de problemas, pero un país. O sea, un Estado, una escala de valores, una meritocracia en acción.

    Lo de Fujimori fue una mierda. Y que lo sepan los Dionisios de toda catadura: jamás olvidaremos, los que habremos de morir en el Perú, qué cosa son ustedes, de dónde vienen, de qué hombro les cuelga el loro y en qué estribor se mean.

    Por lo tanto, en diciembre, después del tío Paniagua (el que jaló la tragaperras en Las Vegas y le salió el gordo para mortal envidia de Olivera), éramos, de nuevo, ciudadanos limpiando la ciudad, desescombrando: berlineses del 45, bosnios de Sbrenica, judíos de Varsovia.

    Aquí hubo una guerra y una ocupación. Las ruinas son sólo visibles para los que aman al país. A sus depredadores les está negada esa visión.

    Es una visión de torres caídas, almas muertas, misas quemadas, batallones de esclavos que gritan contra la libertad. Es 1984 pero con muchos que aman al Gran Hermano. Es Praga 1968 pero con vivas a los tanques. Es Duvalier mimado, Somoza en la solapa, caballero nomás.

    A mí no se me pasa la vergüenza de que el país de Grau tuviera a esta gentuza decúbito ventral durante diez años.

    No se me pasa la vergüenza de que esta infamia haya sido tan aplaudida por los empresarios, por las señoras de la burguesía, por la gente hermosa que salía en COSAS, la gran revista del fujimorismo, la Variedades del Chino con su equivalente proporcional de director: Pablo Cateriano haciendo de Clemente Palma.

    Y así estamos, salidos de La Chira rumbo al golfo.

    Pero con ganas de cambiar de travesía.

    Lo que pasa es que todavía se nos atraganta el Perú de Fujimori. El de "Expreso", el de la cortesanía que espantó a Bolívar, el de la cobardía que nos hizo realistas. Porque lo más triste, y lo más temido, es recordar que Fujimori es reverberación de bisabuelas miserias: fantasmas que huyeron de batallas, batallas fantasmales, derrotas sin honor, pactos de infamia. No siendo peruano, el Chino nos resume: reúne nuestros males, ensambla lo peor de nuestras sémolas y construye una mafia uniformada.

    ¿Cómo la suma de miedos pudo producir terror? ¿Cómo la antología de los hijos de puta más desaforados del Macondo mundial donde morimos pudo ser tolerada tantos años? Pregunten en el morro de Arica, pregúntenle a Pinto y a Itamaratí. Pregunten en San Juan, en Miraflores. Pregunten por Tiwinza. Pregúntenle al coronel de Artillería del poema de Washington Delgado.

    Pero ahora es hora de brindar por lo que viene. Por lo que haremos para limpiar todo esto. Por lo que tenemos que aprender.

    ¡Viva Grau! ¡Viva el Perú devuelto por la fuerza!


    2001: Odisea Personal

    Escribe FERNANDO AMPUERO

    La fraterna relación de Fernando Ampuero con CARETAS se inicia en 1979 como colaborador, pero es en 1988, después de dirigir los programas `Documentos' y `Uno más uno', y de otras aventuras, que ingresa de lleno a la revista. Desde 1996 es el Editor Central de Revistas de El Comercio. Es, además (o sobre todo), autor de 5 colecciones de cuentos y de las novelas `Miraflores Melody' (1979) y `Caramelo Verde' (1992). El hermoso texto que sigue es una muestra de Ampuero el escritor.

    Ampuero en su segunda juventud y, derecha, en 1995, con CARETAS en la pileta.

    FRENTE a ciertas fechas remotas del calendario, todo el mundo reacciona más o menos del mismo modo. Si hoy, por ejemplo, alguien les preguntara cómo se ven a sí mismos en el 2020, buena parte de sus respuestas se reducirían a poner los ojos en blanco, alzándose de hombros. Optamos por una resignada incertidumbre. El tiempo, como la felicidad, son conceptos traumáticos: suceden y a veces se prolongan, pero pasan volando. Yo, para serles franco, he sido siempre muy consciente de mi naturaleza efímera y, por lo tanto, nunca imaginé (todavía lo dudo, en verdad) que seguiría vivo para el 2001. Nunca tuve vocación de futuro: ni antes ni ahora. En mi infancia, a mediados del siglo pasado, pensar en el 2001, el fin de la centuria y el remate del milenio, me proyectaba a una edad impensable, y en mi juventud -me refiero a la primera, no a la segunda, que está vigente y es terca como la resaca-, a fuerza de divertida y licenciosa, a una supervivencia improbable. Mis pronósticos, de hecho, casi se cumplen dos años atrás cuando los médicos me sentenciaron a seis meses de vida. Horror de horrores. Pero, caray, aún estoy aquí, golpeando las teclas y mirando el mar y oyendo embelesado el trino de la vida, como corresponde.

    Llegar al 2001, para decirlo de una vez, es haber gozado y entristecido. Es haber visto nacer, morir y renacer sueños generacionales, pero también es, entre muchísimas otras cosas, contemplar serenamente cómo caen, con la polvareda que levanta un inmenso edificio que se viene abajo, los prejuicios, las ideologías, las dictaduras. El mundo cambió, sí, pero no tanto: las estrellas siguen encendidas y, en los atardeceres de verano, un hermosísimo azul se repite en el cielo. El hombre va a la Luna, pero los veleros no logran cruzar el Cabo de Hornos en noches de tormenta. La internet nos intercomunica rabiosamente, pero algo palpita en cada ser, una niebla luminosa, que permanece inexpresada. La ciencia invade los predios divinos, pero, por si no lo saben, Dios está aquí, a mi lado, sentado en la terraza.

    Ciertamente el mundo parece ahora más vulgar y más feo y más pobre y más triste, y hasta la poesía, antídoto celeste, ha sido arrinconada en el desván de los trastos viejos. ¡Qué importa! El futuro, ya lo sabemos, no es caminar día y noche por escenarios pulcros, impecables, forrados de fórmica brillante, todos vestidos con bebecrece, como nos lo pintaba la televisión del sesenta. Tampoco es el hacinamiento insufrible que mostraban los filmes de Ridley Scott, aunque por ahí, lamentablemente, va la cosa. El futuro es esto. Estar aquí y ahora. Y hoy día salió el Sol, inaugurando un mar de eternidades, y de seguro una mujer preciosa le sonrió a alguien. Y hoy día, ay, miles de mendigos acecharon en las esquinas de Lima y la vida se hizo más patética.

    En Punta Hermosa, dos años atrás y en un momento como éste, escribí un poema vagabundo, titulado Creer y no creer, cuyos versos finales les obsequio ahora con la mayor humildad: "Vivir es deslizarse en la luz mientras la sombra aguarda/ vivir es vestirse con holgura mientras el féretro aguarda/La vida, o la sensación de la vida, late bajo un nudo corredizo/El destino y nuestra voluntad son apenas dos bestias del desierto/¿Quiéres saber un secreto de familia para matar dragones?/ Convéncete que los dragones no existen, aunque tal vez existen/Lo esencial, sí, es creer y no creer/ Como cuando se lee un horóscopo".


    Tiempo de Chinos

    Escribe GUSTAVO GORRITI

    Gustavo Gorriti, campeón nacional de judo y escritor en cierne de los desiertos de Acarí, optó por el periodismo al entrar a CARETAS en 1981 y rápidamente volcó la realidad sobre la colchoneta. Es el dómine peruano del periodismo de investigación y a él se deben primicias memorables. En 1985 ganó una beca Nieman que lo llevó a Boston y de allí otras distinciones y asignaciones lo mantuvieron entre EE.UU. y el Perú. Es autor de `Sendero' y resiste todo tipo de presiones a pie firme, siendo ahora director asociado de La Prensa de Panamá.

    Gorriti recontando 30 años , derecha, firme en 1983 ante un tribunal en Ayacucho.

    PORQUE quise ser escritor, me hice periodista y jamás lo lamenté. En Latinoamérica y en nuestra Patria, la realidad comprende la necesidad de la imaginación. En esta circunstancia, no me tocó escribir sobre la vida de la ficción sino sobre la ficción de la vida.

    Dicen que los chinos maldicen al desearle a alguien vivir en tiempos interesantes. Esa, casi sobra decirlo, no es maldición alguna para un periodista. Y vaya si nos tocó vivir tiempos interesantes.

    En un lapso de treinta años vivimos primero una dictadura militar que comenzó en la izquierda y terminó en el fracaso, creyéndose hasta el fin una solución superior a capitalismos, comunismos, socialismos y tercerismos. Poco después, fuimos la cuna de una insurrección cripto-maoísta, que pareció en sus inicios la descabellada empresa de un Rip Van Winkle sectario y demente, antes de hacer metástasis y convertirse en aquella pesadilla que hoy tendemos a querer olvidar, como se trata de hacer con los malos sueños. Fueron los años de narcos y terrucos, cuando nuestro país se convirtió en el primer productor mundial de cocaína sin refinar, y su efecto cruzó todo lo ancho del espectro político, institucional y económico del país.

    Las sociedades corruptas tienden a la esquizofrenia. Las instituciones, por la acción de sus jefes y luego del resto de funcionarios, viven vidas dobles, vidas triples. Proclaman luchar contra lo que hacen solapadamente. Policías o militares que protegen el narcotráfico; jueces o fiscales convertidos en funcionarios segundones de mafias; lumpenperiodistas que presentan esas mascaradas como reales y la realidad como mascarada. Muy poco o nada es lo que parece y sólo los que manejan ese `newspeak', el lenguaje orwelliano de los seudosignificados, tienen posibilidades de medrar.

    En ese contexto, el periodismo bien entendido se convierte también en un deber de filosofía: reponer la verdad a la palabra para poder expresar la verdad de los hechos. Eso convirtió al periodismo en protagonista a veces involuntario, frecuentemente central de los hechos.

    Desde la perspectiva de esos treinta años, ningún medio ha sido más importante para ese empeño que Caretas. Lo digo sin preferencia por la revista en la que aprendí a ser periodista. Eso es simplemente así. Caretas se ha equivocado varias veces, se ha encamotado con políticos y personajes que no lo merecían (y en periodismo el encamotamiento es en sí, una mala idea), pero simultáneamente ha producido el periodismo más revelador, sorprendente, original y verdadero. Además, la versión frecuentemente inesperada de la entraña de los hechos ha sido expresada con humor, lo cual cuando de entrañas se habla, no es poco decir.

    Uno se pone a pensar que si Zileri hubiera sido la mitad de buen empresario de lo que es como periodista, Caretas se estaría publicando hoy hasta en swahili, y ciertamente habría una edición en japonés, que el ingeniero podría hoy comprar en su quiosco favorito en Kumamoto.

    Bill Montalbano, ese gran corresponsal que terminó trabajando para el Los Angeles Times y que murió un día hace poco en Londres, camino al café y el beigel matutinos en la ruta a su oficina, llamaba a Zileri "el último de los bohemios". Tanto él como Alan Riding, que antes cubría Sudamérica para el New York Times, y que ahora cubre lo que le da la gana en París, Madrid y Lisboa o sus cercanías, sabían que un despacho certero de lo que pasaba en el Perú requería una primera escala en Caretas, donde era preciso ver inicialmente cuál era el barómetro emocional del momento.

    Pese a lo dicho sobre periodismo, filosofía y verdad, alguien que no estuviera seguro de la dirección de las oficinas de Caretas, hubiera pensado más bien que se había extraviado en un conservatorio musical porque se escuchaba con frecuencia unos do de pecho de lírica heterodoxa, que traicionaban la vocación operática de Zileri al servicio de la producción periodística.

    Es cierto que había un elemento de bohemia industriosa en las jornadas de producción semanal de la revista. En las oficinas que daban a los pasadizos lóbregos de Camaná 615 (a los que alguien, quizá en un momento de pobre autoestima, se le ocurrió pintar con un amarillo de deprimentes sugerencias), bullía una actividad de lo más heterogénea y conjuntos humanos de lo más sorprendentes. Desde personas que parecían salidas de una corte de milagros hasta escritores jóvenes (y otros nada jóvenes pero aún promesas) junto con exiliados talentosos. Todos trabajaban bajo la compresión de urgencias estentóreas que convertían las discusiones de hechos e iniciativas en un verdadero laboratorio de ideas. De la alquimia de la furia y el pensamiento surgía -bajo la increíble metamorfosis de los cierres- el resultado original y alegre.

    Empecé a hacer periodismo de investigación en 1982 con el caso Langberg. El periodista que había estado siguiendo el caso había sido intimidado cuando recibió, en lugar de la foto de Langberg que había pedido, una calavera silueteada en negro. Yo llevaba apenas unos meses trabajando en Caretas, luego de haber llegado con un exiguo álbum de recortes (cuando se ha sido agricultor no se publica mucho), y un curriculum donde constaban mis años de Judo. A Zileri le gustó lo del Judo, y me puso a prueba. Yo creía haberla pasado, cuando Zileri me llamó a su oficina y con una cordialidad sorprendente me propuso tomar el caso, con el compromiso de ayudarme él en cada paso de la investigación.

    Luego de aceptar, vino la recopilación de hechos, datos y sobre todo fotografías. La insistencia zileriana por la foto reveladora y significativa (además de su inequívoca reacción cuando no lo era: "¡esta foto es una mieeerda!"), es quizá una de las influencias más marcadas entre todos aquellos que aprendimos periodismo en Caretas. Y, por fin, llegó el momento de escribir. Había tanto material que no sabía cómo empezar a ordenarlo. Pensé, por supuesto, que íbamos a escribir cuatro o cinco páginas de revista. Luego, vi que había diagramado ¡trece páginas!

    ¿Cómo llenarlas? Con la pesadilla de la página en blanco multiplicada por trece, traté de barruntar esquemas formales de redacción. Zileri, con una suerte de alegre tranquilidad que no le he visto muchas veces más, sugirió hacer un esquema, y se puso a redactarlo conversando y comparando ideas. Dos horas después, con el esquema narrativo en la mano, me fui a mi oficina a tundir las teclas de la Olivetti.

    En la madrugada siguiente estaba hecha la nota, y en la mañana se había terminado con los títulos, los ampliados, los pies de fotos. Zileri había editado la nota cuidadosamente, quitándole todo asomo de empaque o de solemnidad. La narración de los hechos fluía incontrovertible, las fotos demostraban y realzaban el relato. Y se fue a imprenta. En Lima entonces había mucha gente aterrorizada por Langberg. Zileri se veía, en cambio, no sólo despreocupado sino contento. En la mañana insomne, con la fatiga medular que sucede al cierre, la lección quedó grabada para siempre. Que la nota profunda y reveladora es más fuerte que todo miedo, que la primicia es más fuerte que el instinto de conservación.

    Así como hay un valor militar que desafía al instinto de conservación (y por eso logra, con frecuencia, sobrevivir), hay un valor periodístico que también lo desafía con la verdad como primicia

    ¿Qué mejor escuela de periodismo que ésa?

    El resto es, como dicen, historia, incluso la de las consecuencias no esperadas. El caso Langberg hizo posible el ascenso de García, García hizo posible a Fujimori. En el ínterin vinieron las otras investigaciones: Montesinos salió a luz en 1983, el caso Rodríguez López (que trajo otro encuentro con Montesinos) en 1985. Los personajes más diversos y extraños se entrecruzaron, interactuaron entre sí y saltaron del atestado a la historia

    Al fin, el peor malhechor entre todos ellos, Montesinos, conquistó el poder, conquistó un país, el nuestro; y terminamos, al enfrentar su poderío maligno, con una guerra entre espías y periodistas de investigación. Teníamos un arma en común: la información. Ellos la utilizaban para ocultar la verdad de los hechos, para manipularlos, adulterarlos, utilizarlos como palanca de poder y control del pueblo. Nosotros, para descubrirlos. Ese fue el enfrentamiento central de estos años. El resultado está claro hoy: ellos perdieron. Por ahora.

    Pero ése no es el tema del párrafo final. Encerrado en una redacción lejana me perdí los nada abstemios 50 años de Caretas. Así que, con el apropiado destiempo de fin de año, levanto mi teclado y saludo a la revista que, como su director, es la última de las bohemias y ruego al destino que no permita que falte jamás a nuestra Patria la sonrisa entre burlona e indulgente de esta madura bohemia, que seguirá siendo, entre cierres caóticos de edición en la madrugada, y promesas de cerrar más temprano la próxima semana, la pesadilla de corruptos, de dictadores y de espías, y el lugar donde un periodista inexperto pero dispuesto podrá llegar con su exiguo currículo sabiendo que le esperan todas las fatigas del mundo y la mejor escuela de periodismo también.



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