26 de Julio de 2000


Segundo Premio
Los Invitados de la
Ultima Cena

El trujillano César Silva Santisteban (1965) es el autor de Los invitados a la Ultima Cena, cuento deliciosamente trabajado, donde el testimonio de un viejo monje que aún teme salir del Medioevo conduce el relato. El Renacimiento italiano sirve de paisaje para una intensa ficción donde el libre conocimiento humano debe enfrentarse (por los siglos de los siglos) al oscuro dogma de las instituciones.

Por CESAR SILVA SANTISTEBAN
(Fra Angélico da Folino)

1. El maestro Bernardo, tras largas semanas de agonía, dejó de existir en el país de los paganos que nos invadieron. Ahora ya no habitará más entre nosotros y eso, en parte -Dios me perdone-, pacifica mi ánimo. Sé que su entierro fue sencillo, que sólo una voz entonó la cantata fúnebre compuesta por él y que su tumba en Amboise fue luego profanada con rabia por los hugonotes. Espero que en el designio de la Providencia, nadie más, urgido de plomo para sus matanzas, toque el metal que cuida su precioso cadáver. Y también que nuestro Señor, en el día del Juicio, sea misericordioso con él y conmigo, su humilde pecador.
Todos aquí saben que no he de tardar mucho en acompañarle. Soy viejo ya y voy entrando en la muerte como el cierzo en la tierra, casi indiferente a los buenos tormentos de la justa Madre Iglesia. He confesado que el maestro, con su atrevimiento, ha tocado un nervio de la Verdad Inmaculada, pero al mismo tiempo, al hablar, he descubierto que nadie aún está preparado para conocerla.
Fra Luciano da Lucca, mi confesor, ha tratado de disuadirme de todo lo que ahora creo. Su voz de asmático y sus palabras calmas, que en otro tiempo lograron untar con paz mi espíritu, ahora las siento vacías. Nada ya puede hacer que olvide el propósito de maese Bernardo y los pormenores de su obra en Santa Maria delle Grazie. Nada.
Recuerdo con nitidez el primer día en que lo vi. Su extraordinaria apariencia inquietaba a cuantos se fijaban en él. Sus ojos podían pasar por los de un milano, pero no había sobre la tierra ninguna bestia u hombre semejante. No se podía afirmar que era elegante o desastrado, vulgar o erudito; era, para decirlo con una palabra restringida a nuestro Creador, perfecto. Como si Dios, hastiado de engendrar hijos del barro, hubiese puesto en él todo su cuidado.
El mayor de nuestra Orden fue quien le encargó el fresco. Sólo Domenico Popolano se opuso, pues había formado parte del Consejo que, en Florencia, procesó a cuatro jóvenes por la monstruosidad antinatura, entre los cuales estaba el maestro, entonces casi un niño. Fra Doménico, por ello, prefería en su memoria a Paolo Taccerelli por su religiosa exhuberancia, y no a Bernardo, quien era difícil de comprender y tenía sobre sí el perverso manto de la duda. Sin embargo, prevaleció el mandato del prior, de quien se decía, a sus espaldas, que imaginaba al mundo como lo dibujaba maese Bernardo y como lo dejó escrito, antes, el sacrílego Bruno.
Fue una mañana de 1488, el II de mayo, cuando atravesó el portón de Santa Maria della Grazie, no lo olvido. Venía de Nápoles, donde su fama era cuantiosa sobre todo como inventor y arquitecto, y donde había dejado escorzos de máquinas de guerra y edificios imposibles. Luca Pacioli había llegado muy temprano para anunciarlo. Al terminar las cuaresmas, un hombre alto, de barba cobriza, largos cabellos y ojos diáfanos, traspasó el portón sin más carga que un morral enorme y unos lienzos de distintos tamaños bajo el brazo. Un hermano portero, sorprendido, quiso detenerlo, pero el muchacho que venía detrás le dijo en voz baja: "Es el maestro Bernardo". Y fue suficiente.
Al verlo pensé en una imagen que me hizo temblar: el de una fiera capaz de mirar al sol para desprenderse del velo que cubre sus ojos.
2. En todos los años que le ocupó su labor en nuestro refectorio, sólo una vez se alimentó con nosotros. Frugal como pocos, su conversación fluía como un arroyo, serpenteando y formando pequeñas cascadas de regocijo. Pero sus gestos bondadosos divergían de esa mirada imperturbable que, como antes ya he dicho, alarmaba a cuantos se detenían en ella.

Las semanas siguientes nadie lo vio en el monasterio. Por el cargador de estiércol nos llegaron algunos rumores de su conducta en el pueblo, que fra Luciano interpretaba como el efecto de una posesión. Compraba y liberaba, decían, a cuantas alimañas veía presas. Gozaba viéndolas correr entre los pies sucios y deformes de los aldeanos, o volar por encima de sus cabezas nauseabundas. Jamás se dio cuenta de que esos animales benditos, apenas les daba la espalda, eran cogidos de nuevo por el gaznate para otro vil negocio.
Cuando reapareció entre nuestros muros, se dedicó febrilmente a calcular y limpiar cada uno de los contrafuertes del salón donde iría la imagen de la Santa Cena. Entre tanto, ya más de un hermano sentía en sus entrañas que el abad había cometido un error al encargar el fresco a maese Bernardo. Yo entre ellos.
Un mediodía anunció cuál iba a ser la pared donde estarían para siempre nuestro Señor y Sus discípulos. El silencio fue la medida de nuestra reprobación. No pudo elegir peor, me susurró al oído fra Domenico. Esa medianera es la más pequeña, y está cortada por una puerta ridícula. Y agregó: Dios sabe que ese perjuro lo hace con mala fe.
Días y noches se sucedieron sin que la blancura de ese lienzo de yeso, adobe y cal fuera manchada. Súbitamente, una madrugada a todos nos alarmó un grito repetido. El hermano que barría los interiores del cenáculo había visto aparecer frente a él la maravilla de otra creación. Aquello fue entonces para fra Cosimo el descubrimiento de lo sagrado, y cuando pudo hablar lo proclamó con desesperación y alabanza. De él fueron esos gritos. Cuando llegamos al refectorio, un nuevo silencio- cuán distinto del anterior -nos sobrecogió. Todos nos arrodillamos a orar, a suplicar, a agradecer por aquel prodigio.
Delante nuestro estaba la más bella suma de imágenes que en ningún tiempo hubo del Libro de los libros. En ese instante milagroso nadie receló de lo que estaba viendo, porque los cuerpos de carbón y sanguina estaban asombrosamente vivos, empujados hacia el centro por un soplo celestial. Cada apóstol desembocaba en nuestro Salvador, cuyas manos vueltas hacia lo alto proclamaban su inagotable comprensión y pureza. Cada línea y cada perfil señalaba la travesía de un humor contrariado, y el movimiento de Sus santos seguidores -incluyendo al nefasto traidor- igualaba al de un oleaje en un mar embravecido.
Y, sin embargo, la calma de lo sobrenatural imperaba en el conjunto. El portento era manifiesto.
3. Después de los maitines, la conmoción de lo visto me llevó fuera del monasterio. No cesaba de temblar y mi memoria mezclaba las imágenes del boceto con pasajes grotescos de un texto licencioso. Me pareció entonces que no había palabras más justas para la actitud de nuestro Creador y al mismo tiempo sabía, como sé hoy, que era una aberración pensar así.
Per me siva nella citta dolente, per me siva nell eterno dolore, per me si va trá la perdutta gente*: aquella era una inscripción sobre la puerta de los condenados y no el Verbo manifiesto por el Salvador. No lo ignoraba. Pero tales palabras -así lo presentía- encerraban la maldición de una señal vertiginosa que, en mi desvarío, semejaba a la ternura.
Pensé: Nuestro Señor, aún sin rostro, está encima de una pequeña puerta. Pensé: Todo confluye hacia Él y, sin embargo, maese Bernardo lo ha vuelto solamente un hombre.
El abad había consentido en dejarme salir para buscarlo.
-Decidle que cumpla con nuestro acuerdo. Que no se ausente de este modo, porque Dios espera el término de esa obra para mayor gloria Suya -me dijo.
Asentí a todo. Al salir, el aire frío de la mañana y la vastedad de la campiña me parecieron infinitamente más reales que los pellejos manuscritos o el polvo escondido entre las piedras de mi celda. Caminé hacia el villorrio que de lejos parecía un hormiguero y, a cada paso, la nieve derretida se filtraba por las grietas de mis sandalias. Sentí miedo y dicha.
Miré los campos inflamados por el granizo, el cabeceo triste de los álamos, las reses escuálidas sobreviviendo a la muerte de los hombres. Oí el céfiro, el grito de las mujeres parturientas, el chillido de los buitres anunciando el hambre y la peste. Pude oler la fritura y la pestilencia de las entrañas de la aldea, desplegada como una malla rústica sobre la tierra, y una vez ahí la trocha se ensanchó como la desembocadura de un río que me condujo, por fin, hacia la plaza donde encontraría al maestro.
En el trayecto indagué con ansia, por todos lados, y cada lugareño me dijo que poco antes lo había visto.
Subí por la colina de los herreros y, de improviso, un pequeño carromato se cruzó conmigo; detrás iba maese Bernardo, a pie, ensimismado. Era tan diferente a todos los demás, tan majestuoso, que me dio vergüenza acercármele y hablar. Pese a ello, lo seguí. Fui tras él como un ladrón y un mendigo, refugiándome en cada esquina, imitando con fervor sus luengas zancadas, dándome cuenta de cómo flameaba la capa negra de paño que, abrazándolo, contrastaba con su blanca piel y su barba metálica, convirtiéndolo en una ave rapaz gigantesca y serena.
Encima del carromato había un fardo; un tosco siervo guiaba la acémila.
4. No sé cuánto tiempo estuve persiguiéndoles por el descampado, ya lejos de los confines del pueblo, entre bajas hierbas que serpenteaban intentando escapar de la ventisca. Todo a mi alrededor parecía animado por algún espíritu recóndito, y mi corazón latía empujado por el miedo. Por fin, los vi detenerse frente a los restos de un granero antiguo, quizá de la época del último rey pagano. En ese lugar descargaron el bulto y entraron.
Me cobijé detrás de unos arbustos casi marchitos junto a una zanja, y el chasquido de su ramaje angustió aún más mi conciencia. Al cabo de unos minutos apareció el siervo y se marchó con la carreta.
Me levanté y di un largo rodeo hacia una de las tapias del silo; la luz convertía mi sombra en una nefasta aparición que me guiaba. Toqué la tapia y luego me encaramé hasta un agujero del ancho de un puño. La repugnancia y la fascinación me impidieron escapar.
Maese Bernardo tocaba con incesante delicadeza los restos de una mujer, y cada cierto tiempo anotaba algo con la mano zurda, o dibujaba.
Fijos los ojos en él, vi que de su morral extrajo una daga y cómo, de un tajo recto desde el esternón hasta el vientre, abrió igual que si fuera un pez la substancia de esa mísera hembra. Entonces de ella brotó un aniego viscoso y, luego de otro corte más profundo, las manos de maese Bernardo sacaron otro cuerpo de ahí.
No recuerdo más de esas espantosas visiones del Infierno. Sé que me desmayé y estuve como muerto hasta que la crudeza de la garúa me devolvió la fibra del temor. Al despertarme, ya era de noche y maese Bernardo se había ido. Me atreví entonces a ingresar en el granero y por más que escarbé hasta la grava dura -venciendo a mi propia repugnancia, guiado por un hechizo que sólo con la idea del Mal puede explicarse- no descubrí ningún rastro de lo que vi.
Llegué a pensar en una corrupción de mis sentidos, en las tentaciones que muchos de nuestros hermanos han referido en las Escrituras. Miré hacia lo alto y unas nubes en forma del Leviatán intimidaron mi razón. Y entonces huí de ese paraje execrable.
5. Por días y noches enteros no quise -ni pude- salir de mi celda. El abad me había interrogado minuciosamente cuando regresé de ver lo que ya dije. Nada le conté en esa entrevista. Mentí sin pudor. Sabía que si confirmaba las habladurías que sobre maese Bernardo se soltaban por doquier, al abad no le quedaría más remedio que entregarlo a los brazos de la Santa Inquisición. Y yo no lo hubiera podido soportar.
¿Qué es lo que impedía mi repudio hacia el maestro? ¿Por qué, pese a mi entendimiento, quería que me adoctrinara con lo que sabía de los hombres y lo que creía de nuestro Señor?
No lo sé. Me recogí en la penitencia. Atormenté mis carnes con soguillas que, devotamente, mezclé con espinas y hebras de hierro, pero dejé que el agua tocase mis entrañas porque entonces no codicié el sosiego de la muerte.
En los albores de un crepúsculo me dirigí lentamente hacia el refectorio para implorar por el camino justo. Débil por el ayuno mi cuerpo se movía insensible y, cada cierto tramo, exigía el soporte de los murallones. Al llegar, me arrodillé frente a las imágenes vivientes del maestro. Recé. No puedo afirmar cuánto tiempo estuve en las letanías. Creo que pronto sentí sus ojos.
-Maese Bernardo... -murmuré sin voltear-, las Escrituras nos dan apenas un asomo del sufrimiento de Nuestro Señor...
-Es cierto, fra Angélico.
Temblé al oír mi nombre.
-¿Cómo, pues, representarlo?
Él, estoy seguro, miraba el óvalo blanco donde iría luego aquella terrible sombra de las facciones divinas.
-Buscando conciliar en su mirada la fragilidad del hombre y la seguridad de Dios -dijo con paciencia.
-¿Los opuestos reconciliados?
Él siguió escrutando el temple húmedo.
-¿Os parece que son opuestos, fra Angélico? -dijo.
No quise insistir en mi cobardía. Hice un gran esfuerzo y lo miré.
-El Bien y el Mal no pueden armonizar, maese Bernardo -dije-. Tened cuidado.
El maestro me miró.
-¿Es una advertencia, signore? ¿O habla por vuestra boca el mismo temor que hace días os empujó a seguirme?
Sentí desfallecer ante esa pregunta. No pude seguir viéndolo.
El maestro se acercó y con piadosa dulzura ayudó a que me incorpore.
-Estáis enfermo, fra Angélico. Permitid que os cure.
-¿Con las artes de la hechicería?
-No -dijo, y fue compasión lo que percibí en su voz-. Lo que visteis fue un misterio que la muerte nos revela. La ciencia de la vida es la herencia de nuestros hermanos insepultos. Ella puede salvaros.
-No nos está permitido hurgar en los secretos de Dios, maese Bernardo -le dije-. Recordad la expulsión del Paraíso. Conocer fue el mayor de nuestros pecados, el estigma del cual el Señor vino a librarnos.
Bernardo sonrió con tristeza.
-Esperaré, entonces, la Redención, fra Angélico. Mientras tanto, cumplo con ser sólo un hombre...
En ese instante, maese Bernardo de Caba se distrajo con el aleteo de un gorrión que sobrevoló el refectorio. Olvidado por él, pude sentir impúnemente su hermosura ofensiva, su perfección deshonrosa, su libertad intolerable para todas las otras almas de Dios. Me abominé en silencio, aborrecí mi aura inútil y entonces mi mano -¡natura abhorret vacum!-** aferró un agudo crucifijo de plata y lo hundió en su nuca, y él cayó sin proferir ni un gemido de dolor, y sus ojos entreabiertos aún brillaron cuando los cegué con su propia sangre.
Luego me acerqué a las imágenes de esos convidados a la última Cena. Lloré profusamente, lloré y sequé en sus paredes el rojo ya helado de la savia humana de Bernardo. Y borré con calma, durante horas, hasta que la noche invadió los más recónditos vestigios del convento, la demoníaca inscripción que el infiel y amadísimo maestro puso a los pies de nuestro Salvador: Illi mors gravis incubat, qui notus nimis omnibus, ignotus moritur sibi***. La herejía se había completado.

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*"Por mí se va hacia la ciudad doliente, por mí se va hacia el eterno dolor, por mí se va tras la perdida gente." (N.T.)
**"La naturaleza tiene horror del vacío." (N.T.)
***"La muerte resulta pesada carga para quien, demasiado conocido por todos, muere desconocido para sí mismo." (N.T.)

 

 

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