26 de Julio de 2000


HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Por ROSA COLOMER

(Señorita Blancafort)

A principios de los setenta, todos creían que mi hermana Marina se quedaría para vestir santos. Todos deberían haber sabido también que permanecer soltera no estaba en su naturaleza. A Marina le gustaron los hombres desde pequeña. Cuando venía el chiquillo con las verduras del mercado, se levantaba el vestido y le mostraba las braguitas de perlé, asegurándose de que sólo lo viera yo, aparcada en la cocina en mi silla de ruedas. Luego me decía: un día me casaré con él.
Cuando éramos niñas, en verano, entre papá y el taxista me bajaban en brazos a la playa. Tendida en la chaise-longue, bajo el cañizo, completamente vestida para ocultar mis piernas feas, observaba a Marina en la orilla.
Aquella mañana merodeaba alrededor de un catamarán varado en la arena. Su flamante propietario, un chico bastante mayor, se preparaba para salir a la mar y no veía las miradas insistentes que le lanzaba Marina, ni los andares remolones con los que trataba de atraer su atención.
Hasta que Marina se colocó detrás de él y, de un brusco tirón, le bajó el bañador, dejando al aire la mitad de sus nalgas blancas. El chico se revolvió enfadado, no sé lo que le dijo Marina, pero podía verla coqueteando a pleno sol, con un dedito en la boca, y pude oír la carcajada del chico. Estuvieron charlando un buen rato, y él la levantó en vilo y la subió a bordo, y ella lo miró todo. Luego Marina persiguió al chico, salpicándole, y él la dejaba acercarse y se escapaba riendo.
Apenas se metieron en el mar, le dije a mamá: Marina lleva toda la mañana en el agua, ya debe estar arrugada. Y mamá la llamó: basta de baños, ahora juega un rato con tu hermana, y no la quiso escuchar, por más que Marina protestó. Más tarde, mientras hacía un castillo de arena a mi lado, me dijo que había cambiado de idea: se casaría con el fornido navegante.
A los dieciocho años, Marina había cambiado de idea muchas veces. Entonces me pusieron los hierros en las piernas y pude caminar con muletas. Para celebrarlo, hicimos el viaje a Italia. Estábamos en la terraza de un café, y Marina lamía lascivamente un helado de pistacho con los ojos clavados en un joven muy moreno sentado en la mesa de enfrente.
Primero él se rebullía en la silla, intimidado. Luego empezó a sonreírle a Marina, que ahora le miraba burlona.
Papá creyó que el joven le sonreía a él y le saludó sacándose apenas el sombrero. El joven llamó al camarero, pagó la cuenta, y se acercó a nuestra mesa, con su traje blanco elegantemente arrugado: scusi, signore, pero llevo un rato observando a su simpática familia, he oído que hablan en español y siempre es un placer practicar su bello idioma, permita que me presente, soy el conde Fabrizzio Delle Scarpe, y le tendió a papá una tarjeta, con su nombre en letras doradas bajo una diminuta corona, mientras miraba de reojo a mi hermana, para cualquier cosa que se les ofrezca en Milano.
Papá y mamá se declararon encantados de conocer al conde, que deseaba que le llamáramos Fabrizzio a secas. Impresionados, le invitaron a sentarse con nosotros y él arrimó una silla al lado de Marina, aunque entre mamá y yo había mucho más espacio. Al rato, ya se estaban riendo los dos y contándose secretitos. Cuando nos despedimos quedó convenido que el amable Fabrizzio sería nuestro cicerone en Milán. Él nos develaría los misterios de la ciudad a cambio de escucharnos hablar en nuestra lengua, tan seductora, al parecer, para sus oídos italianos.
Debe conocer a mucha gente, se ilusionaba mamá de regreso al hotel, y lugares a los que no van los turistas, y, además, qué chico tan educado y apuesto, se le nota la buena cuna.
Por eso le dieron permiso a Marina para salir a pasear con él al anochecer, aunque estuvieron toda la tarde perdiéndose por los rincones oscuros del Duomo. Y también hubiera ido con él a esa fiesta, papá estaba de acuerdo, incluso le habían comprado un vestido, pero yo empecé a sentirme mal y cuando me desmayé en el baño, decidieron adelantar el regreso a casa.
Marina olvidó a Fabrizzio en cuanto conoció a Rafael, que tenía un cortijo en Córdoba donde criaba toros de lidia y toreaba vaquillas. Luego olvidó a Rafael y quiso casarse con Toni, que era escalador y se despeñó en el Aneto. Más tarde, amó platónicamente al Padre Eugenio, un cura obrero y comunista, y acarició por un tiempo la idea de casarse con Dios y hacerse monja guerrillera.
Siempre cambiando de parecer, cumplió los treinta y siguió siendo una niña precoz. Pero dejaron de salirle pretendientes.
Una vez, en primavera, fuimos las dos a Menorca. Alquilamos un apartamento junto a una caleta con un rosario de bares excavados en la roca. Desayunando en la terraza, veíamos cada mañana a un joven pescador que llegaba del mar. Venía remando, tan fuerte y desvalido a la vez, que erizaba la piel. Con los pies desnudos y la espalda brillante de sudor, amarraba su barca a pocos metros de nosotras, y Marina me hablaba muy alto, hacía comentarios mordaces sin dejar de mirarle, tratando de arrancarle una palabra, una sonrisa. El primer día, él le echó una ojeada torcida, y no volvió a mirarla ni a desfruncir el ceño. Ni siquiera cuando pasó con dos langostas vivas en la mano y Marina le llamó, diciendo que quería comprárselas, y el pescador contestó, sin apenas detenerse, que estaban comprometidas. Entonces se abrió el cielo encapotado, y el sol tibio de abril me dio de lleno en la frente.
Seguíamos durmiendo en el mismo cuarto, en dos camas gemelas con colchas de ganchillo, tejidas por mamá entre suspiros. Éramos inseparables, y yo era más guapa de cara, eso me decía mi madre.
Pero una tarde de setiembre, a principios de los setenta, Marina conoció a Víctor en la biblioteca. Víctor olía a tabaco de pipa y llevaba una barba entrecana. Enseñaba castellano en una universidad de California, escribía poesía de vanguardia y acababa de decidir que había llegado la hora de buscarse una mujer para compartir el otoño de la vida. Supo que la había encontrado cuando Marina se cruzó en su camino con un libro de Kerouac bajo el brazo.
Al cabo de tres semanas, en vísperas de regresar a Berkeley, le pidió a mi hermana que se casara con él. Y Marina, que dejó pasar el tren de hombres mucho más guapos, ricos e interesantes en espera de alguno que lo fuera más todavía, accedió inmediatamente y se dispuso a amarle con pasión.
Cuando lo contó en casa, papá y mamá no le dieron importancia, pensaron que se le pasaría como los anteriores caprichos. Desde luego, le prohibieron casarse inmediatamente con ese advenedizo que pretendía llevársela al otro lado del océano. Que se escribieran, si querían, que se fueran conociendo, ¿qué prisa había?
A pesar de todo, nos divertimos mucho, aquel invierno. Ibamos a los conciertos matinales, y a merendar con las amigas. Fuimos a todas las corridas, y bordamos entre las dos un mantelito de té con motivos taurinos y las firmas de los toreros que se hospedaban en el Ritz, a pocas manzanas de casa. Y cada vez que encontré una carta con sellos de los Estados Unidos en la bandejita del correo, la eché al brasero.
Pero Víctor regresó al terminar el curso, vino una tarde de domingo a casa y se encerró con papá en el despacho. Al rato oí voces airadas en el pasillo y el llanto a gritos de Marina. Tras el portazo, llegó deshecha a nuestro dormitorio y se arrojó sobre su cama, a morirse boca abajo. Entre sollozos me contaba que papá y mamá no la dejaban casarse para que yo no me quedara sola, siempre hicimos todo juntas, siempre dieron por supuesto que Marina se ocuparía de mí cuando ellos faltaran.
Juré que no me importaba, pero papá seguía negándose a dar su consentimiento y amenazó a Marina con desheredarla si se iba de todos modos. Entonces, Marina sacó el taburete del baño al balcón, se montó a horcajadas en la barandilla y comprendí que papá y mamá cederían. Y me vino la recaída, fiebres muy altas, convulsiones, delirios en los que oí que Marina me decía: no te servirá de nada. Y en efecto, una noche, cuando todos dormíamos, se escapó a California con Víctor y yo no volví a levantarme de la cama.
Marina se casó con una túnica india y el pelo sembrado de margaritas, Víctor con su eterno traje de pana. Lo vimos en una foto en colores que nos mandó, ellos dos bajo una enramada. Mamá opinó que Marina nunca tuvo buen gusto para la ropa, puso la foto en un marco, y la guardó para siempre en un cajón de la cómoda, entre las mantelerías de hilo que jamás se usaban, porque daba mucho trabajo plancharlas.
No supimos nada de Marina ni cuando papá murió de infarto, hace ya dieciséis años. Pero a mediados de enero, una semana después de que enterráramos a mamá, casi centenaria, sonó el teléfono a las tres de la madrugada, dándonos un susto de muerte, a la enfermera y a mí.
No reconocí la voz de mi hermana, que llamaba desde California diciendo que hacía un año que era viuda, no, no había tenido hijos, se acababa de enterar del fallecimiento de mamá al leer la esquela en La Vanguardia, que recibía con retraso, y estaba a punto de abordar un avión que la traería de regreso a casa.
Al atardecer del día siguiente, después de treinta y cinco años de ausencia, Marina se apareció con toda naturalidad en mi dormitorio, para cumplir el destino que nuestros padres le tenían reservado. Llegó convertida en una vieja estrafalaria, con el pelo muy corto sin teñir, y una boina ladeada. Pero entre la telaraña de arrugas brillaban los maliciosos ojos de mi hermana. Plantada a los pies de mi cama, me miró largamente, y se echó a reír sin amargura: al fin solas, ya no hay moros en la costa.
Me despertó la claridad del día y vi a Marina encaramada a una escalera, arrancando los espesos cortinajes que cubrían las ventanas. Luego, entre ella y la enfermera me sentaron a la fuerza en la silla de ruedas, y Marina me empujó por el pasillo, al ritmo de la música de la radio.
Empezamos por el comedor. Mi hermana abrió la vitrina de la plata y fue sacando los fruteros repujados, las fuentes de servir, el juego de café, la pesada cubertería. Trajo una de las mejores sábanas bordadas, envolvió toda la plata en ella, y se fue arrastrando el fardo, pasillo abajo, gritándome para que la oyera: no necesitamos todo esto.
Hemos cambiado la decoración de toda la casa, nos hemos deshecho de las cosas viejas. Ahora vivimos como reinas con vajilla de plástico y sábanas de tergal, comemos comida congelada y nos hemos comprado una televisión panorámica. Puedo moverme sola por el departamento, con esta silla de ruedas moderna.
Marina ha salido a hacer la compra. Cuando vuelva, no le diré que hace un rato tocó el timbre el abogado de enfrente, ése de pelo blanco que le gusta tanto. Estoy junto a la ventana, aparcada en mi silla de ruedas, comiéndome, pétalo a pétalo, las preciosas rosas que trajo para ella.

 

 

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