26 de Julio de 2000


CUANDO MAÑANA VENGAN POR MI

Por ANTONIO STOYNIC

(Liliput)

CUANDO me dijeron lo de Arróspide no me sorprendí en absoluto. Ya desde el día anterior yo maliciaba que algo así ocurriría. Lástima no haber estado con él. No por afán de novelería o para ir por allí después comentándolo en los infaltables corrillos que más tarde se formaron, sino simplemente porque eso era justamente lo que Arróspide hubiera deseado, y también por Matías. claro. Encerrarse en un octavo piso y tirar cuarenta o cincuenta terminales de computadora y algunas viejas máquinas de escribir a través de las ventanas puede ser también un acto de liberación, pero en estos casos de poco sirve hacerlo sin testigos.
Fue justamente Arróspide quien la semana anterior había subido a contarme lo que pasaba con Matías. Aquel día llegó casi sin aliento y con las mismas bajamos a leer en el panel del primer piso lo que en ese momento venía poniendo de cabeza a todo el ministerio. El comunicado no decía mucho, mencionaba apenas que el sancionado era Matías Garmendia, jefe de logística, y que la medida venía haciéndose efectiva desde el martes anterior. Esto significaba, desde hacía tres días. Tres largos días.
Recuerdo muy bien la cara de Matías, que en ese momento entraba. Estaba claro que ya lo sabía. Perdido como siempre detrás de sus anteojos de carey grueso y dentro de un terno más holgado que de costumbre, trató de pasar inadvertido sin lograrlo. Inmediatamente fue rodeado, palmoteado y estrujado. Se diría que estábamos en un velorio de cuerpo presente, de cuerpo aún vivo presente. Incluso llegué a escuchar como en una letanía decir a Barreiro algo así como "no somos nada". Como para meterle un solo viaje de patadas ahí mismo. Otros, con los puños en alto y los rostros sombríos, lanzaban consignas y le demostraban su solidaridad y su convicción de lo injusto de la disposición, a pesar de que todos conocíamos su carácter irreversible, y por extensión, el proceso de cambios que para entonces ya debía estar padeciendo Matías. Algunos, como Arróspide, pedían por lo menos -¿qué otra cosa se podía hacer?- una inmediata actitud de repudio a la arbitraria decisión. Tampoco faltaron, como era previsible, quienes discretamente se apartaron del tumulto. curándose en salud, ni los comentarios apenas susurrados de los más observadores sobre el reiterado gesto de Matías de recogerse el pantalón, ni el patético agregado en los tacos de los zapatos. Los más prácticos incluso se preguntaban quién sería el siguiente. Yo sentí entonces que la lógica de las cosas se resquebrajaba, que esa rutina muelle y segura en la que hasta ese momento nos habíamos arrellanado se quebraba bajo nosotros, que algo en definitiva se hacía pedazos.
La primera reunión -sin la presencia de Matías. por supuesto- fue en casa de Madueño, y se discutió hasta muy tarde sobre las probables causas de la sorpresiva disposición. Menudearon los alegatos encendidos, la retórica fácil y se sugirió incluso que, paradójicamente, todo se debía justamente a ciertos comentarios de Matías en relación con la nueva política de incentivos y sanciones de la institución. Esta conclusión terminó por caldear los ánimos y así tras algunos gritos y empujones, finalmente se optó por postergar las deliberaciones hasta el siguiente lunes.
Tras el fin de semana, Matías, quien fatalista y tácitamente parecía haber aceptado su destino, se presentó a trabajar como todos los lunes. Se le notaba abatido pero dispuesto a continuar con su trabajo hasta el final. Para entonces los primeros síntomas del proceso eran ya fácilmente apreciables, no sólo por simple recurrencia a la memoria o a la comparación, sino también en ciertos detalles significativos que venían a sumarse a los ya anotados el viernes anterior: el abultado cojín en el sillón del escritorio, el exagerado dobladillo de los pantalones, corregido de una forma que denotaba apresuramiento, y unos zapatos en los que parecía navegar. Por otra parte, y a pesar de los esfuerzos de la mayoría por mostrarnos naturales y cumplir con nuestras tareas como si nada sucediera, las miradas de inteligencia en los corredores y los murmullos compasivos de las secretarias comenzaban a hacerse comunes.
En la segunda reunión, y a duras penas -la asistencia había disminuido de manera significativa-, se concluyó un "pronunciamiento de extrañeza" de cinco páginas, documento que debía presentarse en mesa de partes a más tardar el martes a primera hora. Sin embargo, después de que alguien sugiriese echar a suertes quién encabezaría la lista con su firma, -¿uno de los hermanos Siura tal vez?- se decidió casi por unanimidad, con la excepción de Arróspide y apenas alguno más, esperar que las cinco páginas circulasen lo suficiente como para acumular un número razonable de adhesiones.
El jueves ya todos sabían de los problemas de Matías para subir sin ayuda a su sillón de trabajo o alcanzar los servicios en el baño de contabilidad, y de su necesidad de vestir la ropa de sus hijos menores, para evitarle de esta manera gastos inútiles a su familia. Con el correr de los días, sin embargo, debió resignarse a utilizar los vestidos de un títere de madera de propiedad de su hija menor, a pesar de la cerrada oposición de ésta, y llegar a la oficina dentro de un maletín: esta última medida, según decían, estaba destinada tanto a protegerlo de los perros vagabundos como de la maledicencia de la gente. Para entonces, y a pesar de los esfuerzos de Arróspide, las cinco páginas con el pronunciamiento de extrañeza se habían extraviado, traspapeladas tal vez en alguna de las múltiples dependencias de la institución, y la presencia de Matías a esas alturas, si cabe el término en tales circunstancias, sólo tenía por finalidad facilitarle a su sucesor la indolora asunción de sus funciones, tarea que llevaba a cabo a través de oficios y precisas instrucciones que redactaba con increíble paciencia en la computadora, mediante un fatigoso procedimiento que consistía en saltar, como quien cruza un río de piedra en piedra, sobre el teclado del aparato. Quedaba para la anécdota que en el almuerzo se las arreglaba con algunos trozos de galleta que comía en su misma oficina, en consideración a que su asistencia a la cafetería que solía frecuentar con sus vecinos de escritorio, resultaba ahora innecesaria, además de comprometedora para éstos, desde el momento en que como ellos mismos lo habían señalado juiciosamente, su compañía podría acarrearles dificultades con el concesionario del negocio, e incluso con los demás comensales.
El siguiente lunes dejó de asistir al trabajo. Le apenaba no tener qué ponerse, y alguien contó que le desagradaba la idea de ser aplastado por algún compañero de trabajo. Como era inevitable, los últimos momentos de Matías serían por mucho tiempo materia de especulación y controversia. Cuando a principios de la siguiente semana, Arróspide descubría su nueva condición al intentar alcanzar, sin conseguirlo, una ruma de expedientes que sólo el viernes anterior había colocado sin dificultad en lo alto de un estante, yo estaba a su lado; por eso para mí, conociendo a Arróspide como yo lo conocía, lo previsible de su actitud cuando al día siguiente arrojó media oficina por la ventana. Lo que no me esperaba era que también se arrojara él.
Después de eso, yo ya sabía como venía la mano, y para lo que pudiera presentarse ya tenía en mente algunas ideas, algunas buenas ideas. Y el resto Ud. ya lo sabe. Ahora le agradecería que me ayude a bajar del sillón, -la altura siempre me ha dado vértigo-, que tengo que hacer algo en lo que no puede ayudarme. ¿Una última foto? Está bien. Pero le recuerdo que ya todos los demás están afuera y que sólo le quedan cuatro minutos para salir de aquí.

 

 

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