26 de Julio de 2000


RANTONIO STOYNIC

(Quimera)

¿Acaso duermen las sirenas?

EL pueblo se asemeja, en su inmovilidad y quietud, a un charco de agua cuando no sopla el viento, como si el tiempo hubiera titubeado antes de entrar en él y decidiera pasar de largo. Uno de esos pueblos perennes e inmutables como su propia historia, y perdido en los infinitos campos de la Bretaña, al que llegué después de abandonar, camino de la abadía del monte Saint-Michel, el tour guiado que debía permitirme conocer, además de París, el norte de Francia en dos días. Con el escaso presupuesto de un estudiante peruano becado, intentaba conocer las entrañas mismas del país, al margen de las rutas turísticas oficiales, y hurgar de ser posible, muy a mi pesar y por irresistible ruego materno, en los lazos que nos ligaban a un lejano antepasado llegado al Perú en tiempos de Ramón Castilla, cuyo apellido aún llevábamos, y que había abandonado su país con cierta prisa -esta parte de la historia era aceptada apenas a sotto voce en el círculo familiar e incluía un oscuro incidente que involucraba a una joven del pueblo abandonada con un hijo a cuestas, e incluso un suicidio-, y de quien mi familia guardaba como un tesoro, dos cartas descoloridas por el paso de los años, con la dirección del desconocido remitente, -un hermano, en apariencia-, apenas legible, curiosamente idénticas las dos, palabra por palabra, en las que se le sugería de manera inequívoca no volver, consejo que él siguió al pie de la letra. Con la información que logré reunir en la biblioteca de la universidad de Montpellier, en el tiempo libre que me dejaban mis estudios de arte, averigüé que las cartas procedían de un pequeño pueblo en las cercanías de Rennes, y si mi plano de carreteras está en lo cierto, he llegado a él. Intentando cumplir con el difícil encargo en el menor tiempo posible, para seguir con mi peregrinación por la zona, me adentro en sus calles estrechas y arboladas, ahora desiertas, con la dirección escrita en las cartas, cuidadosamente anotada en un papel. Buscando quien pueda orientarme, deambulo al azar en un vericueto de callejas secundarias cuyo desorden me hacen extrañar la sencilla cuadrícula del centro de Lima. Descubro con alivio que los nombres de las calles aparecen grabados en estuco sobre los muros en los cruces, y que además parecen no haber cambiado en siglos. A mi alrededor, el sol empuja su larga sombra a lo largo de las fachadas de las chatas casas de piedra y casi puedo oír, en medio del silencio, su suave roce contra los frisos de las ventanas y bajo los aleros de los tejados. Es esa hora indefinible del día en que si bien aún no ha anochecido, ya es posible sentir la presencia de la pronta oscuridad como si estuviera aguardando agazapada detrás de la esquina más cercana, esa misma esquina desde donde me llega de improviso, muy brevemente al principio, el rumor de un llanto ahogado y lejano, como si brotara de las profundidades de la tierra, en cortos hipidos que se suceden con unos pocos segundos de intervalo. Transcurridos algunos minutos, en los que compruebo que a nadie más parece importarle, y movido por la curiosidad, abandono momentáneamente mi búsqueda y avanzo hasta el final de la calle, deteniéndome por momentos a escuchar, para así conseguir precisar el lugar de donde proviene el llanto. Doblando el primer recodo, a pocos metros de la intersección, se levanta una cerca de tablas de poca altura, y detrás de ella emergen las ramas más altas de un añoso nogal. La imagen es extraña; se diría que el árbol también surge, como el lamento, de varios metros por debajo del empedrado de la calzada. Me asomo sobre la valla y miro hacia abajo. La empalizada oculta el huerto trasero, de aspecto abandonado y librado a la benevolencia de eventuales lluvias, de una casona que por un momento me resulta vaga e inexplicablemente familiar, y cuyo frente debe dar sobre la otra calle. A simple vista se aprecia que éste nace a cuatro o cinco metros por debajo del nivel de la vereda, e imagino que debe accederse a él desde algún sótano de la casa. Es en ese momento que el llanto regresa alto y nítido a mí, ahora desde mucho más cerca, y resulta evidente que procede del huerto. El sollozo tiene algo de metálico, de herrumbroso, y su cadencia me recuerda el llanto de un niño. Buscando su origen, alcanzo a divisar, en una esquina, al otro extremo del huerto y salpicada por los pocos rayos de sol que logran atravesar el denso ramaje del árbol, una ruinosa y estrecha escalera de madera, a punto de zozobrar. La escalera se apoya en una pared ciega y desciende en un único tramo hasta el nivel inferior. A pocos pasos de su base, en el centro del espacio en penumbras que se adivina allá abajo, asoma el grueso tronco del nogal, cubierto por una hiedra espesa y empecinada. En el primer peldaño, donde la escalera nace o termina, me parece distinguir, confundida con la densa sombra del árbol, una sombra más clara e imprecisa, con forma humana, que, inmóvil, parece esperar. En ese segundo, el sollozo se deja sentir nuevamente y entonces comprendo; la sombra más clara es un niño, -deduzco que de muy corta edad-, que parece estar atrapado, y que por alguna razón que no alcanzo a penetrar, está solo. Más arriba, a través de la frondosa copa del árbol, se puede entrever que los postigos de las ventanas que dan hacia el huerto están todos cerrados, y debajo de ellos destaca un recuadro velado que parece ser una puerta clausurada con ladrillos. Por un momento pienso en volver y salir a la otra calle para llamar desde la entrada de la casa, pero aun antes de dar el primer paso, llego a la conclusión de que será inútil, porque, ahora tengo la certeza de ello, la casa está deshabitada. Entonces, siguiendo el impulso del momento, decido bajar, y empiezo a hacerlo alcanzando las ramas más cercanas del árbol que asoman sobre el cerco. A medida que desciendo, el ramaje se hace menos apretado, como los hilos más alejados del centro de una telaraña, y me permite ver, esta vez con claridad, la silueta del niño confundida con la sombra del follaje. Me dejo caer sobre el piso de tierra cubierto de musgo y hojas secas, y aún en cuclillas, ensayo una pregunta estúpida del tipo "¿estás solo, niño?", o algo por el estilo, sabiendo de antemano que no tendré otra respuesta que el eco de un llanto rebotando en las paredes del patio, ahora sucediéndose a intervalos más breves; un lamento que brota del niño como el ruido que hace una puerta durante mucho tiempo cerrada al abrirse. Por las proporciones del cuerpo, ya que el rostro está un tanto girado hacia la derecha y me ofrece apenas un resto de su perfil, compruebo que se trata en realidad de una niña que difícilmente tendrá más de un año, a pesar de la posición hierática que me recuerda la de una estatua. Viste lo que parece ser un traje azul que le cubre los tobillos, y botines de charol. Tiene el pie derecho en el primer peldaño, y el izquierdo un poco doblado, al estilo de algunas pinturas renacentistas, apoyado en el escalón siguiente, y todo el cuerpo como detenido en ese tiempo que parece no existir, como sorprendida por el estallido inoportuno de un relámpago. Estoy componiendo mi segunda pregunta idiota, cuando me llega su respuesta, perfectamente audible, no más de cuatro o cinco palabras, con una voz cuyo sentido y procedencia me niego a aceptar, y que busco sorprendido a mi izquierda, primero, y después a mi espalda, y tal vez, qué buena broma, debajo de la escalera, apenas un instante antes de que el rostro infantil gire hacia mí, como si no se moviera, mirándome sin apuro y sin verme, desde el fondo de unos ojos que son dos trozos de vidrio en ese casi anochecer y mostrándome dos hileras de pequeños dientes blanquísimos, en una sonrisa que no es una sonrisa, mientras repite la frase en un tono que no deja lugar a ninguna duda.
De mi mano resbala, ahora inútil, el papel con la dirección buscada, y a pesar de ese pájaro que ahora levanta el vuelo, sé que estoy solo.

 

 

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