26 de Julio de 2000


REDENCION

Por José de Piérola

(Raymundo Herrera)

1

El malo, el desgraciado, el maldito, se llamaba Ayala. Era el que ya había fumado marihuana, el que tenía un tatuaje en el brazo izquierdo, el que cargaba una manoseada Play Boy en la mochila. Era, también, el que organizaba los partidos de fulbito del recreo, eligiendo siempre a los mejores para su equipo. Había insultado al cura, le había tirado una moneda al profesor de música, había hecho llorar a la monjita que pedía limosna para los desamparados.
Sabíamos que era huérfano, que una tía le remendaba el uniforme, que dormía en la trastienda de un taller de mecánica. No era ni más alto, ni más fuerte, pero cuando estaba de mal humor, los que podían, se hacían a un lado. Los otros, ya rendidos de antemano, terminaban en el suelo con el labio partido, porque Ayala peleaba a punta de cabeza, rodilla y puño. Nadie le había pegado nunca.

2

También entre los profesores había un malo, un desgraciado, un maldito. En primero había sido el profesor de educación física, ex teniente del ejército, que corría junto a los rezagados para decirnos, con su aliento aguardentoso, que éramos maricas, amanerados, rosquetes, hasta que los más débiles de espíritu abandonaban la carrera.
En segundo había sido el cura panzudo que enseñaba religión quitándose el grueso cinturón de cuero antes de lanzar preguntas sobre la fe, señalando intempestivamente al preguntado. Sonreía beatíficamente cuando respondíamos bien. Pero si errábamos, cosa más probable, nos llamaba al frente, donde, al grito de ¡hereje!, descargaba la ira divina en nuestras descreídas nalgas adolescentes. Volvíamos a nuestro pupitre apretando los dientes, aguantando el ardor, pero las lágrimas brotaban solas. El único que nunca lloró, el que aguantó los correazos con un estoicismo escalofriante, fue Ayala.
Los dos primeros años aguantamos insultos y correazos con solidaridad anónima, pero la humillación pública que nos hizo conocer el profesor de inglés de tercero, fue diferente. Lo llamábamos Chicoria. En parte porque nadie recordaba su nombre, pero también porque compensaba su baja estatura con ojos venenosos y una voz carrasposa y amarga. Los lunes nos tomaba una prueba que nos devolvía los viernes, empezando por las mejores, sentado en el tablero del escritorio para poder mirarnos hacia abajo sin empinarse. Cuando llegaba a las notas más bajas, llamaba nuestro apellido, después repetía sonoramente nuestra mala nota, agitando la prueba, mientras nosotros recorríamos esos pocos, pero interminables metros, con la boca seca, las manos heladas, odiándolo visceralmente.

3

Ese año pasaban por televisión una serie llamada "Kung Fu". El protagonista, después de hacerse monje en un templo chino, había viajado a los Estados Unidos en busca del padre aventurero que lo había engendrado. Su equipaje era una mochila, un par de zapatos que nunca usaba y una flauta de madera que tocaba a la vera del camino, descansando de sus largas caminatas, porque, a diferencia de los vaqueros de botas, pistola y espuelas, él viajaba a pie y descalzo.
Cada semana se cruzaba, sin querer, en el camino de algún canalla mal afeitado. El meditativo monje, muy tranquilo, trataba de resolver el problema con filosofía oriental, pero el villano resultaba siempre inclinado a métodos más expeditivos. El monje soportaba las provocaciones, las humillaciones, algunos golpes menores que le partían el labio, pero, cuando el villano sacaba la pistola, no tenía más remedio que recurrir a las artes marciales, cuyos golpes precisos, armoniosos como pasos de danza, dejaban inconscientes al bravucón y a sus pasmados segundones. Ya vencedor, el monje arrojaba lejos las inservibles pistolas, antes de despedirse de los caídos con una venia. Al final del episodio se lo veía otra vez caminando por interminables arenales en busca del padre perdido.
Todos los lunes nos reuníamos en una esquina del patio, después de jugar fulbito, para comentar el último episodio. Soñábamos con tener la habilidad del monje, para usarla, sin sabiduría ni parsimonia, contra Ayala, contra algún enemigo personal, o, mejor todavía, contra Chicoria.

4

Hacia el tercer mes llegó un alumno nuevo. Usaba zapatos de charol, pantalón de casimir y camisa almidonada. Se llamaba Ishikagua. El auxiliar que lo había traído, después de presentarlo, nos ordenó que dejáramos libre el primer pupitre. Ishikagua saludó inclinando la cabeza antes de avanzar, muy despacio, como caminando sobre papel de arroz, hasta tomar posesión de su lugar.
Lejos de indignarnos por el desplazamiento, a la hora del recreo lo bombardeamos a preguntas. ¿Era chino? No, era hijo de japoneses. Da lo mismo, dijo algún impaciente. ¿Sabes kung fu? Ishikagua nos miró con sus ojos rasgados, tan sabios, que ni siquiera parpadearon cuando se cruzaron con la sarcástica mirada de Ayala. Luego asintió. De inmediato hicimos espacio para que nos hiciera una demostración, inclusive dos de nosotros nos ofrecimos como agresores, adoptando las poses de los avinagrados vaqueros. Pero Ishikagua se negó. El kung fu, nos dijo, es una disciplina de la mente, no un entretenimiento.

5

También ese año, aprovechando las horas en que los auxiliares se trenzaban en algún juego de cartas, empezamos a saltar la cerca de alambre que daba a la calle. Una vez, por culpa de un as perdido, recibimos unos varazos que nos ardieron en las nalgas una semana entera. Pero, en general, lográbamos evadirnos con éxito.
Algunos iban al viejo cine de barrio junto al mercado. Otros iban a fumar en los parques. Unos pocos nos escapábamos para jugar fulbito con los chiquillos que cargaban bultos en el mercado. Aunque eran de nuestra edad, nos ganaban nuestras propinas, jugando con una pelota de cuero, parduzca y jorobada, siempre descalzos y carajeando como adultos.
Una tarde, después de una de esas derrotas, nos encontramos con Ayala. No era el mismo de siempre. Sus ojos no brillaban con furia, ni se movía con ademanes insolentes. Tampoco llevaba su uniforme parchado, sino un mameluco luido en los puños, manchado de grasa, de un color azul indefinido. Recién cuando nos miró sorprendido, con una pieza mecánica en las manos, recordamos que había faltado al colegio.
En lugar de ordenarnos que nos quitáramos de su camino, nos saludó con un simple hola, casi avergonzado, luego se quedó en silencio, sin saber qué decir, hasta que un vozarrón salió del taller ordenándole que entrara, muchacho de mierda.

6

Desde entonces ya no se metió con nosotros. Simplemente pasaba a nuestro lado, mirándonos con ojos cómplices, antes de abalanzarse sobre su víctima. Desde entonces, también, empezó a elegirnos para su equipo a la hora del recreo. No perdíamos nunca.

7

Una tarde alguien aprovechó el alboroto que se armaba después de la clase de inglés para gritarle a Ayala: ¡Qué le vamos a hacé, si no sabe inglé! Ayala, todavía con la hoja en la mano, se acercó al grupo de donde había salido el insulto. Todos se callaron, pero cuando Ayala agarró al primero, éste delató al insultador, que, ya con el terror en la mirada, trató de escapar saltando sobre el pupitre. Pero Ayala, más rápido, lo derribó con una zancadilla y se abalanzó sobre él. El insultador, desde el suelo, lanzó un grito desesperado: ¡Ishikagua!
Todos, inclusive Ayala, volteamos. Ishikagua, tan impasible como siempre, había observado la escena desde su pupitre, con el libro de inglés todavía abierto, porque Ishikagua, en pocas semanas, ya era el primero de la clase. Ayala, todavía con el tenso puño en alto, lo miraba intrigado.
Ishikagua se puso de pie, muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cerró su libro de inglés, dejó su lápiz en la ranura del pupitre, luego avanzó hacia Ayala, que todavía retenía al insultador en el suelo. Entonces gritamos: ¡Pégale, Ishikagua, pégale!
Ishikagua, ignorándonos, se desabotonó los puños de la camisa, se quitó los zapatos de charol y se cuadró con las manos al frente, los dedos ligeramente curvados, las rodillas flexionadas, igual que el monje de la televisión. En medio del silencio expectante, Ishikagua, con su acento japonés, pausado, casi ponderativo, le pidió a Ayala que, por favor, dejara tranquilo a su compañero.
Ayala miró al caído con ojos furiosos, lo insultó una vez más, pero lo dejó libre. Ishikagua se lo agradeció con una venia, se calzó los zapatos de charol y volvió a su pupitre abotonándose los puños como si no hubiera pasado nada.

8

Desde entonces, cada vez que Ayala empezaba a pegarle a alguien, uno de nosotros salía corriendo a llamar a Ishikagua. Desde entonces, también, Ayala dejó de organizar los partidos de fulbito del recreo.

9

Llegamos a diciembre, las últimas semanas de clase, preocupados, tratando de reponernos de nuestras malas notas de los primeros meses. Algunos de nosotros, ya desaprobados en dos cursos, tratábamos de salvar inglés para no repetir el año. En esos días, Ishikagua, en lugar de organizar los partidos de fulbito del recreo, nos explicaba metódicamente cómo se conjugaban los verbos en inglés. El único que no asistía a la cátedra era Ayala. Las pocas veces que asistía al colegio, ya domado, huraño, se sentaba en el último pupitre sin hablar con nadie, como resignado a lo que le deparara el destino. El último día de clases, un viernes, Chicoria llegó con los exámenes finales. Teníamos las manos heladas, el estómago hecho un nudo, sin embargo, esperamos con paciencia mientras él, demorándose más de la cuenta, se sentaba en el tablero del escritorio. Empezó, como era natural, devolviendo el examen de Ishikagua, el único aprobado. Luego fue bajando lentamente, llamándonos uno a uno, repitiendo la nota desaprobatoria con morboso placer.
Se quedó con el último examen, mirando con ojos burlones hacia el fondo. Quizá sabía que Ayala repetiría el año si desaprobaba inglés, porque, gozando infinitamente, agitó el examen hasta que Ayala no tuvo más remedio que ponerse de pie. Pero Chicoria, arrugando la hoja, le preguntó que para qué se paraba, Ayala, si ya sabía que tenía cero. Luego, riéndose, tiró la bola de papel a la esquina del basurero. Ayala lo miró con odio infinito. Chicoria, como provocándolo, agregó: Tiene cero Ayala, por bruto, pues, qué le vamos a hacé, si no sabe inglé.
Lo despreciamos con todas nuestras fuerzas, odiando, además, que Ayala hubiera sido domado por Ishikagua. Quizá por eso no nos dimos cuenta en qué momento Ayala enfiló hacia el escritorio, ni en qué momento Chicoria salió corriendo hacia las escaleras. Nuestra reacción tardía fue salir tras ellos para ver la paliza desde el balcón del segundo piso. Chicoria, bajito, amargo, pero ágil, cruzó el patio, luego subió jadeante las escaleras y apareció en el balcón de enfrente, con los ojos desorbitados, el pelo agitado, corriendo despavorido hacia la oficina del director. Manoteó la puerta antes de doblar hacía nuestro balcón, patinando en las losetas, corriendo desesperadamente, mientras Ayala, que lo había seguido de cerca, acortaba distancia. Al vernos, Chicoria agitó las manos pidiéndonos que nos hiciéramos a un lado. Pero nosotros le cerramos el paso. Entonces, ya con Ayala en los talones, Chicoria gritó: ¡Ishikagua!
Sin que nos diéramos cuenta, tal vez antes de que Chicoria gritara, Ishikagua ya se había interpuesto entre perseguido y perseguidor, sin zapatos de charol, con la camisa remangada, adoptando la postura del monje chino. Pero Ayala no se detuvo esta vez. Sin darle tiempo a nada, lo agarró de la camisa, le descargó un cabezazo, lo dobló con un rodillazo en la ingle y lo derribó con un soberbio puñetazo en la mandíbula. Ishikagua cayó muy despacio, agarrándose el estómago, apretando los dientes con una mueca de dolor, mientras Ayala, con los puños crispados, los ojos encendidos, se acercó a su víctima. Chicoria, acorralado, tragó saliva. Luego hizo algo increíble. Se arrodilló implorando: ¡No, por favor! Entonces gritamos: ¡Pégale, Ayala, pégale!
En ese momento, Ayala, con el puño en alto, nos dirigió una larga mirada. Sus ojos encendidos de furia cambiaron rápidamente a un desprecio largo, pausado, casi infinito con el que también miró a Chicoria. No lo golpeó. Lo dejó arrodillado. Dio media vuelta y le ofreció la mano a Ishikagua. -Discúlpame-le dijo-. Yo no sé kung fu.

Julio de 1999.

 

 

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