26 de Julio de 2000


EL ROMANCE DEL COCO Y LA CHEVEZ

Por Luis Freire Sarria

COCO SAPIENS

LOS cocos pudieron haber conquistado la Luna en un cohete con cabeza de palmera mucho antes de que nuestros primeros padres aprendiesen a comer el fruto prohibido. Por el coco sapiens conservado en el Jardín Botánico de la Universidad de San Marcos, sabemos que alcanzaron la capacidad cerebral del Horno Sapiens, pero atrapados como estaban en la cima de brutísimas palmeras, involucionaron lentamente a través de los milenios hacia la inanimada placidez de los vegetales tropicales De haber contado con manos de alguna clase, se habrían arrancado del tronco represor, dominado la Tierra y quién sabe, hasta podrían haber detenido nuestra evolución en el Homo Habilis para esclavizarnos con mayor utilidad. Una vez por año, los estudiantes del curso de Paleontología de la universidad sanmarquina se sientan en torno a una soberbia palma jurásica y escuchan la monótona declamación de un coco peludo como un trasero orangután. Es el último sapiens, la memoria de su especie, el que se desgarra diariamente ante el dilema de terminar o no terminar siendo más que un coco para cocaditas y tragos tropicales, dilema aún más trágico que aquel que se plantea el emblemático Hamlet delante de la calavera de su padre, porque el príncipe de Dinamarca no enfrenta la disolución de su humanidad.
Recita para quien quiera oírlo, una odisea de tosco aliento épico sobre un racimo de cocos que lucha contra los "monos grandes" por la supremacía de la inteligencia sobre la Tierra. Estamos en el Plioceno, hace seis millones de años, por toda el Africa florecen palmeras cargadas de altísimos cocos pensantes, pero no se crea que su existencia es la serena estancia del filósofo en las alturas, todo lo contrario, pelean por eliminar a sus competidores de manos hábiles y cabeza creciente. No pasa un día sin que un coco heroico se lance con puntería suicida sobre los homínidos que pasan por debajo. Matan a muchos de esa manera, pero nuestros antepasados trepan en dos trancos a la cima de las palmeras, arrancan los cocos por docenas y desparraman su masa encefálica contra el polvo. "Los cocos perdimos todas las guerras, el cerebro se nos fue haciendo leche de coco y es hoy el Homo Sapiens quien se lo bebe con azúcar, vodka, jugo de piña y unas gotas de limón. Gesto de victoria como ese, no existe en la Naturaleza " concluye el coco, guardándose un sollozo teatral.
No es raro que los muchachos se sientan conmovidos y contemplen al último coco inteligente con cierta lastimosa admiración que lo humilla más profundamente todavía. Pero no por eso dejará de estar listo el día siguiente para repetir su saga ante otro grupo de estudiantes, porque los cocos fueron los primeros, y es necesario que el género humano lo tenga siempre claro.

LA DISCIPULA DEL COCO

Cuando el portero clausura la reja afrancesada del jardín botánico de la Universidad con candado y doble vuelta de cadena, Martha Chévez abandona el arbusto de "sativa frondosa" en el que aguardaba escondida y se acuclilla debajo del coco sapiens. Con qué gusto lo rescataría de su elevada prisión y lo acunaría entre sus brazos para que su especie no desaparezca sin sentirse, por lo menos, admirada. Porque Martha reverencia la altura pensante por sobre todas las cosas y no conoce un hombre digno ni siquiera de trepar por ese tronco. No lo expresa en palabras, pero el coco se da perfecta cuenta de esa empalagosa admiración que le interrumpe el sueño casi todas las noches y decide utilizarla. ¡Ahhhh, si fueras media hectárea de buena tierra caliente...!- susurra por la hendidura inferior que le sirve de boca.
Martha Chévez levanta la vista sorprendida: ¿Me habla usted? Pensaba en voz alta, nada más- se disculpa el coco. ¿Y en qué pensaba usted..., doctor?- pregunta Martha, anonadada por el respeto. Pensaba que...si fueras una buena media hectárea de tierra caliente...¡Ahhhh!... te llenaría con mis semillas. Fue sobre todo el suspiro del coco, poderoso como esas raíces que rompen desagües de concreto, lo que sacudió a Martha hasta los zapatos. Se sintió una palmerita arqueada por un tifón apasionado. ¡Lléneme, coco sublime, lléneme!- quiso gritar, pero lo que no se le iba por la boca, se le descubría en los ojos llameantes de emoción. ¿Ibas a decir....?, le preguntó el coco sapiens, pendejo. Pensaba nada más- se contuvo Martha todavía, apartándose pudorosamente de la palmera. ¿Pero pensabas en mí, no es cierto? Ay sí, doctor coco, usted me adivina. Se hizo un silencio de follajes en el jardín botánico. ¿Te gustaría escaparte conmigo, Martha Chévez? Al día siguiente, el coco no estaba en su brutísima palmera.

EL ALAMEIN

Con su coco entre los brazos, Martha Chévez parece bicéfala. Los dos llevan sombrerito de paja y conversan como loros debajo de las jóvenes palmeras jurásicas que se elevan entre los olivos como avestruces dispersas. Sus enormes hojas palmeadas parecen hechas para compartir el agua con los plesiosaurios, pero su función primordial es la que debe ser, fotosintetizar el sol para nutrir sus racimos de tiernos cocos pensantes. Martha trepa dos veces por semana hasta la cima de las palmeras para permitir que su coco los instruya en la saga de su especie y les imparta lecciones de matemáticas, física, astronomía, música y mística vegetal. Martha no cabe en su asombro por los enormes conocimientos que habían desarrollado los cocos, le encantaría colaborar con lo suyo, pero lo único que le permite el coco es ocuparse del buen riego de las palmeras y la administración de "El Alamein", pequeño fundo olivarero asentado en las riberas de la carretera Panamericana, cuya propiedad comparte por herencia con su primo Rodolfo Anavitarte.

TRIANGULO

Rodolfo está enamorado de su prima como su prima está enamorada del coco, perdidarmente, como se dice de aquel que se pierde en la amada para no encontrarse en ella. A pesar de que el coco se porta en su presencia como un coco mudo de cocktail caribe, le sube no sabe de dónde, la ridícula sospecha de que ese fruto peludo le ha esposado el corazón a la Martha de sus sueños. Tremenda verdad Desde que se lo robó del jardín botánico, Martha se calcina en un amor contra-natura sin vuelta ni respuesta. Hubiese querido ampararse en la mera admiración o en la sumisión intelectual que le impone el cerebro jurásico del coco, pero el deseo la fue ganando y le carboniza el corazón, porque para dorarlo o adobarlo rico, hace falta el amor correspondido. Qué le queda, sino emparedar sus sentimientos con trabajo sin pausa por el bienestar de los coquitos. Rodolfo la observa deslomarse con las ojeras colgándole de la cara, se da cuenta de que sufre de amor sin decírselo y no habiendo por quién, sólo puede recelar del coco, pero eso es tan absurdo que no lo toma en cuenta ni un segundo, sin embargo, ese ni un segundo le punza el cuerpo de celos como una alergia rabiosa. Tiene que estar seguro de que esa quemazón es puro cuento de su imaginación agriada por la insulsa primitud que le frota Martha en su trato diario como un fósforo mojado que le repudre la bilis. Decide seguirla, espiar sus excursiones por los olivares hacia ese palmar alejado donde cultiva sus exóticas palmeras. Martha vive tan abstraída en la conversación de su coco amado, que no se da cuenta de que Rodolfo se ha convertido en su sombra, una sombra con tufo a vinagre que puede saltarle al cuello en cualquier momento si los celos la desbocan. Bastan dos jornadas de espionaje para que Rodolfo acepte lo que le niega la razón: Martha ama a ese coco. Su forma de mirarlo, los acentos de su voz al contestarle, delatan su amor intenso y dolido, tan dolido como el de su primo, ¿acaso el coco no la corresponde?, a Rodolfo eso no le importa, le basta saber que el coco es el rival señalado por su ilógico profundo y pasa lo que tenía que pasar, se le suelta la sombra avinagrada por los celos, le arranca el coco a Martha de las manos y lo tira al suelo para destrozarlo a pedradas, pero cuando levanta la primera piedra, uno de los coquitos se arranca de su palmera y como hicieron sus antecesores en la guerra jurásica contra los monos-grandes, se deja caer sobre la cabeza de Rodolfo y se la parte. El triángulo ha terminado en sangre, como es de rigor en estos casos.

SER O NO SER

Los coquitos echan cada vez más pelo y el coco se pregunta cómo hacer para que su prole no repita la tragedia de su especie. Ahí están, encadenados a sus crecientes palmeras, cuanto más altas, más castrantes. Difícilmente podrán agenciarse un harem de Marthas que les proporcionen las manos y los pies de que carecen. Como la Chévez sólo hay una y no se parece a ninguna. Un viejo proyecto de sus ancestros sugería injertar genes de coco sapiens en sandías, lo suficientemente grandes como para guardar un cerebro domesticable y provistas de ramas rastreras que podrían servirles para manipular objetos y construir transportes ¿Funcionaría una cosa así? Quién sabe, habría que probar. El coco sugiere sembrar una huerta experimental de sandías injertadas y Martha se entrega a esa esperanza con la misma pasión que pone para cuidar de las palmeras. Pasa el tiempo y la afable curvatura de las sandías engorda sin otra cara que la de esperar que la recojan y la sirvan con un cucharón de helado. Parece una estupidez pensar que la inteligencia cabe dentro de cualquier redondez, si así fuese, los globos terráqueos estarían dictando cátedra de geografía. Pero cuando más desilusión parece crecer en la huerta, las sandías dan una sorpresa. Una enorme y atigrada se balancea sobre los surcos y tras ella, comienzan a elevarse sus hermanas. Su enorme cerebro ha descubierto y aplicado con pasmosa rapidez las bases de la levitación por control mental. Martha se mete entre los surcos para ver de cerca el milagro, las sandías giran a su alrededor como una línea de planetas en torno al sol, pero no la adoran, simplemente curiosean, la investigan, luego, se alejan para toparse suavemente una contra la otra, reconociéndose a golpes que resuenan sordamente sobre la huerta. El coco sapiens estalla de ansiedad por averiguar cómo hacen para sostenerse en el aire. Ni siquiera le importa que haya nacido otra especie vegetal inteligente, sólo ve su libertad haciendo caso omiso de la pesadez .Si estos elefantes pueden volar, con mayor razón los cocos. Martha persigue a las sandías por toda la huerta, gritándoles que el doctor coco quiere comunicarse con ellas, pero no parecen entenderla o simplemente no les interesa relacionarse con la bípeda de dos cabezas. Una por una amplían la velocidad y la amplitud de sus excursiones y se pierden irremediablemente entre los olivos.

LA LEY DE INTERPRETACION AUTENTICA

El coco recita una odisea de tosco aliento épico sobre la lucha de un racimo de cocos contra los monos-grandes por la supremacía de la inteligencia sobre la Tierra. Un corro de tiernas sandías suspendidas en el aire lo escucha con cierto conmiserativo interés. Ser o no ser un coco para cocaditas, medita el coco sapiens con amargura, sabiendo que se les jodió la Francia por segunda vez en la Historia. Martha lo sostiene en sus brazos, anclada por un cepo dentro una maceta con tierra. Las sandías han conquistado "El Alamein" y decretado la Ley de Interpretación Auténtica de Géneros y Especies, según la cual, todo lo erguido es arbóreo y debe permanecer enraizado a la tierra Dos veces al día, un grupo de sandías riega las palmeras de cocos sapiens y les da de comer en la boca a Martha Chévez y sus veinte trabajadores, clavados todos en macetas de barro bajo el susurro amargado de los cocos. Martha no dice nada, se prefiere así, enraizada por fin con su coco amado como una brutísima palmera.

 

 

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