26 de Julio de 2000


ANGELES CAIDOS

(Mikel)

¿Quién está contando esta historia? Quién, te preguntas. O más bien, te preguntarías si pudieras, porque hace tiempo que no puedes articular una pregunta con tanta nitidez. Te acercas a tus nietas o a tu hija y te quedas balbuceando y sólo la rabia, la rabia de no poder poner una palabra detrás de la otra y preguntar la hora o el menú de la comida o quién tiene el periódico, sólo la rabia llega, no las palabras, y entonces aprietas los puños y te das media vuelta, gruñendo, balbuceando tu frustración, la frustración que ves en sus rostros, y entonces la buscas, te sientas a su lado en el jardín, con su mano entre las tuyas, y no necesitas hablar, porque ella hace tiempo que dejó de hablarte, pero te sientas a su lado, su pelo tan blanco y tan suave, y esos ojos grises que alguna vez te miraron con amor, su mano entre las tuyas, y todo está bien. Angela. Pero no puedes encontrarla, como si fuera un mal sueño, como si fuera un sueño más malo que el sueño diario de levantarte y ducharte y hacer como que lees el periódico que hace tanto que no entiendes. Sólo que hoy es peor, porque Angela no está en su cama, ni en el jardín, y no entiendes qué está pasando, ni quién mierda está contando esta historia. Y piensas, si es que piensas, que debe estar molesta contigo otra vez, y te preguntas, si es que puedes preguntarte, qué es lo que has hecho ahora, todas las culpas, todas las culpas arremolinándose ante la cólera sorda de tu Angela, que alguna vez te amó, y ahora te odia minuciosamente, tanto te odia, que se ha ido despegando del mundo de a pocos, y no oye y no mira, pero deja que te acerques y le des la comida en la boca y le pases los dedos por el pelo tan blanco y tan suave... y te preguntas, si todavía puedes articular una pregunta en tu mente, si eso es la paz, si ahora que ha pasado ese constante quejarse del color del cielo, de los muebles mal limpiados por las empleadas, de la carestía de la vida, del ruido que hacen los niños de la vecina, si esa mirada perdida de ahora que ya no hay quejas, es la paz... Pero si te lo preguntas, si puedes preguntártelo honestamente, también sabrás que no, que tal vez es una forma de la muerte. Pero no la muerte. Porque está a tu lado y puedes tener su mano entre las tuyas y darle de comer y pasar tus dedos por su pelo tan blanco y tan suave. Pero no, en este instante no está y no sabes quién está contando esta historia y no puedes preguntar dónde está tu Angela.
Tus hijos, tus hermanos, todos piensan que ella no te puede perdonar aquella historia, lo de esa mujer que han convertido en innombrable, innombrables ella y la historia, pero no es así. Tu culpa es aún más antigua. No, no fue una infidelidad, ni muchas, ni la dedicación a tu trabajo, ni todas las cosas con las que han especulado durante años. No, nada de eso, y aunque ya no seas capaz de articularlo, tú lo sabes. Fue otra cosa. Fue haberla sacado de su patria, haberla traído a lo que nunca dejó de ser para ella "este país de indios", sin amigas, sin familia, a este lugar que nunca comprendió, ni aun después de haber parido cinco hijos en él. No podía entender que a tu hermana el apellido vasco no le impidiera decir groserías en una lengua de salvajes, no podía entender que tú pensaras que la india que trabajaba en la cocina tuviera derecho a comer los mismos alimentos que ella, no podía adaptarse a la altitud de las montañas ni a Ia humedad del mar y, aunque nunca lo dijera, no podía aceptar que sus hijos en el fondo le resultaran extranjeros. Y tú veías a tu dulce Angela amargarse y envejecer, y quejarse día tras día de los detalles más pequeños, sin atreverse nunca a gritarte a la cara que la sacaste de su tierra y la trajiste a este lugar incomprensible. Vale un Perú, había escuchado decir ella, como si valiera algo.... ella no podía imaginarse, tan jovencita, sin haber salido de un par de barrios de Madrid, lo que sería ser extranjera en esta tierra. Pero tú, tú tendrías que haberlo imaginado. Ahora ya no se queja y su rostro ha recuperado la dulzura. No habla, pero a veces, con la voz quebrada, una voz delgada como un hilo, canta "Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas..." Y sus ojos a veces se ven tristes, pero parecen en paz. Y ahora, dónde está Angela ahora, es lo que preguntarías si pudieras.
Te acercas a tu hija ensayando la pregunta en silencio, moviendo los labios, para poder articularla cuando estés frente a ella, pero ella se te adelanta y te arregla la corbata y te dice siéntate en la sala, papacito, ya va a empezar a venir la gente, y tú te quedas con la pregunta en los labios, quién carajo está contando esta historia, y ella te lleva hasta un sillón y te sienta y tú no protestas porque hace tiempo que te resignaste a recibir órdenes de tu hija, primero que te prohibiera manejar, que ya no veías bien, que no controlabas el timón y te subías a las veredas, que era peligroso...ahora te ordena la vida hasta en los detalles más pequeños y tú te dejas, porque no sabes qué harías sin ella...especialmente después del día que te perdiste. Esperando y esperando, sí, sí, te vamos a llevar a ver al tío Carlos por Navidad, sí, pasamos por ti más tarde, y tú esperando y esperando y nada, coño, por qué mierda tenías que depender de que alguien te llevara a ver a tu hermano el día de Navidad, así que saliste a la calle decidido a ir andando...pero de pronto todas las calles se veían iguales y caminaste y caminaste y caminaste hasta que el sol de diciembre parecía perforarte la cabeza y las calles se hicieron más grandes, menos familiares, y el sol y el ruido de los autos, los microbuses echando gases... ¡Don Luis! te gritó la muchacha y te llevó hasta la vereda, ¡Don Luis, qué está haciendo usted por acá! Y luego tu hija llorando y retándote como a un niño, que nunca, nunca más volvieras a salir solo, mientras te curaba las llagas que el sol te había dejado en la piel. ¿Y Angela?
Leer el periódico, regar las plantas, sentarte al atardecer en el jardín de la mano de Angela. Y torta con helado en los cumpleaños. No quedaba nada más. Incluso tu libro te lo habían arrebatado, sí, sí, es que el ministerio quiere publicarlo este año, te habían dicho. Tú sabías que lo que querían era que dejaras de enmarañarlo más. Lo habías estado corrigiendo tanto tiempo...y no sabes en qué punto las frases empezaron a sonar abstrusas y por más que te empeñabas no podías enderezarlas, darles coherencia, así que te lo quitaron e hicieron ese simulacro de edición. Pero qué chucha les importaba, a esas alturas. Además, ya tu nieta de nueve años te lo había dicho. ¿Quién iba a leer ese libro? Un libro de salud pública en el Perú. ¿Quién? Claro, lo que ella quería era que dejaras de trabajar en el libro por un rato para jugar con ella a los avioncitos de papel, pero tenía razón...qué tanto esforzarse si nadie iba a leer ese libro...Pero era tuyo, no tenían derecho a sacártelo así de las manos... Cuando ya Angela no quería hablarte, tú tenías tu libro y tu escritorio y un horario de trabajo y...¿Pero quién está contando esta historia?
Si creyeras en Dios, tal vez, podrías pensar que es Dios el narrador de esta historia. Pero no crees. Una lástima que tu hija no te dejara exponerle tus argumentos en contra de la existencia de Dios a la pequeña. Estabas seguro de que te hubiera entendido...pero incluso si creyeras, si creyeras en Dios, tendría que ser un dios muy perverso para inventar semejante pesadilla, mal sueño en el que ni siquiera te es dado articular una frase, contar tu propia historia, y Angela no está. Y no entiendes quién carajo está contando esta puta historia.
La mayor de tus nietas se sienta a tu lado y te acaricia con tristeza la mejilla y no dice como otras veces, ay papacito, pinchas, así no dan ganas de besarte, vamos que te voy a afeitar, ni te agarra y te lleva al baño y te envuelve con toallas calientes y espumas y te deja el rostro lisito y luego te agarra y te da besos a un lado y al otro para decirte, ves, así sí, no, ahora sólo te hace un cariño tan triste...y está vestida de negro, una chica tan joven, pero las modas de las chicas tampoco las entiendes, así que...Y, sin embargo, no sólo ella está vestida de negro. Llega gente y te saluda llorando, te abrazan, murmuran unas palabras y se apartan y todos, todos están vestidos de negro. Entonces reparas en el cajón, un cajón negro en medio de la sala. Te paras tambaleando, te acercas, un enorme temor te paraliza, un paso, otro, otro y te asomas y es tu propio rostro, el rostro tuyo, la íntima cara que te evoca ante ti mismo, aunque la muerte desdibuje ciertos rasgos, es tu rostro el que te enfrenta en el ataúd. Temblando, con los ojos llenos de lágrimas, te preguntas, te preguntarías si pudieras, quién es el conchasumadre que está escribiendo esta reputa historia. Tu hija se te acerca, te abraza, pero tú la apartas y la miras a los ojos y la pregunta sale impecable de tus labios: -¿Me he muerto? Ella te mira desconcertada, triste. -No, papacito, es mamá. Miras y la ves. El rostro de Angela desfigurado por la muerte toma forma entre tus lágrimas. La ves y lloras y entiendes que Dios existe porque sólo un dios perverso e implacable podría estar escribiendo una historia como ésta.

 

 

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