26 de Julio de 2000


MEMORIAS DE ROBIN HOOD

(Coatlicue)

LA historia no distingue entre el hombre y la leyenda. Una supervivencia de más de seis siglos inevitablemente hace pensar en la inmortalidad. A fines del siglo XII, Robin Hood, leal súbdito del rey Ricardo I, devoto de la Virgen María, recorre los bosques de Sherwood con arco y espada. En el siglo XVIII Robin Hood continúa vivo, siempre fiel a las dos entidades que concentran el poder: clero y realeza.
Ningún hecho sobrenatural explica esta incongruencia, tampoco la desmedida fantasía de la humanidad. El Robin Hood del siglo XVIII fue tan real -tan frágil, tan humano- como aquél del siglo XII. En ese lapso ocurren episodios similares -ligeramente distintos- que tiñen la leyenda con pinceladas de maravilla y de misterio .
Hacia 1198 el héroe muere atravesado por las flechas de los soldados del sheriff de Nottingham. Tiempo después sigue asolando las arcas de los barones feudales para morir nuevamente en 1247, traicionado por su prima Elizabeth de Staynton. Elizabeth, en complicidad con su amante, Roger de Donkesley, empezó a practicarle una sangría y luego lo abandonó presa de una hemorragia incontenible en la iglesia de Kirklees. Otra muerte posee características más reposadas y apacibles: de viejo, entre los brazos de una también anciana Lady Marian. Como dije, es absurdo pensar en una explicación mágica. A veces la verdad sorprende, se torna increíble o inverosímil por ser tan simple. Inconscientemente preferimos los prodigios y los milagros a la prosaica sencillez de lo cotidiano. En este caso, lamento desilusionarlos.
Luego de que Robin Hood muriera por las flechas de los soldados, aparece un sucesor. Que la palabra no confunda: la "aparición" no tiene, en absoluto, virtudes merlinescas.
Robin Hood era famoso y admirado y muchos querían ser como él. Finalmente alguien que sobresalía en el uso del arco y de la espada se autoerigió como el continuador de la gesta.
La tarea no fue fácil. Primero tuvo que reagrupar a la pandilla; luego convencerlos de que tenía los atributos necesarios para ser el líder, émulo de su antecesor.
Much, el hijo del molinero, que se había vuelto pastor y relajado en las artes bélicas, no opuso mayor resistencia. También fray Tuck se mostró entusiasmado por continuar la aventura. Las cosas fueron diferentes con Will Scarlok y Little John. -El Sol es único -dijo el gigante-. El día en que se apague reinará la oscuridad.
Scarlok fue más crudo:
-Ningún mequetrefe advenedizo podrá reemplazar al incomparable Robin Hood -dijo.
A cien yardas un saltamontes brincaba sobre la hierba. El nuevo héroe escogió la más fina de sus flechas, contuvo la respiración mientras apuntaba y disparó.
El blanco era tan pequeno que tuvieron que acercarse para comprobar la asombrosa puntería del "mequetrefe advenedizo".
Cuando Scarlok tendió la mano en señal de amistad su puño se alargó como un rayo y se estrelló en la quijada del aspirante. Este rodó por el suelo, pero de inmediato se repuso. La pelea se prolongó por más de media hora. Al cabo Scarlok quedó inconsciente, con un ojo morado y una muela de menos.
Al día siguiente Little John fue vencido con la espada y entre ríos de vino y tajadas de lechón todos celebraron el regreso -del mundo de los muertos- del único e incomparable Robin Hood. Con el tiempo la búsqueda de sucesores se estableció con rigurosidad y secreto de cofradía. Los postulantes eran seleccionados y adiestrados desde niños, luego combatían sin clemencia por el puesto.
Lo que en un principio funcionó únicamente para el líder, se extendió posteriormente para el resto de la banda. El aprendizaje se diversificó y especializó para llegar a ser Much, fray Tuck, Lady Marian... Ciertos hechos sugieren que esto también se dio en los enemigos: varios sheriffs de Nottingham, varios Guy de Gisborne... La situación se complica con la multitud de impostores que se hizo pasar por Robin Hood, ya para lucrar con las fechorías o para rendir tributo al héroe.
El caso más problemático fue siempre el de Little John. No es fácil encontrar hombres desproporcionadamente descomunales.
En una oportunidad -lo que provocó una severa oposición, finalmente superada- se tuvo que recurrir a un coloso sarraceno.
La diversidad ortográfica perceptible en poemas, dramas y baladas no es capricho, descuido o ignorancia de autores y copistas. Estas variaciones no sólo obedecen a cambios históricos, naturales a todo lenguaje, sino también a la adaptación del nombre según el gusto de cada protagonista. Así las variantes Robyn Hode, Roberd Hude, Robbin Hood, Robert Hoode, etc., no son simples variaciones de estilo, sino nombres reales de distintos seres que, sin embargo, fueron el mismo personaje. Lo mismo ocurre con Scarlok, Scarlett, Scathelocke, Shacklocke. Incluso Marian, en cierta época, desechó este nombre y prefirió el de Matilda.
Las generaciones posteriores no pudieron preservar la armonía original y hacia 1600 ocurrió una grave disputa. El Little John de entonces, convencido de poseer mejores cualidades que el Robin Hood contemporáneo, intentó asesinarlo mientras dormía. Su flecha no encontró el cuerpo de su rival, sino un maniquí de ropa sucia. Robin no quiso privarse del placer de matarlo con sus propias manos y descartó el arco y desenvainó la espada. Se repitió entonces la pelea de siglos atrás, por distinto motivo, pero con igual -aunque no idéntico- resultado. Esta vez la cabeza del gigante fue rebanada de un solo tajo y un nuevo Little John tomó el lugar del anterior.
A fines del siglo XVII Much se vendió al oro del sheriff y preparó una emboscada. El veneno de las flechas casi acaba con Robin, pero Emily de Wakefield, una anciana tía de Marian, pudo curarlo con un emplasto de hierbas. Cuando Robin se repuso mandó quemar vivo a Much.
Las transformaciones políticas y sociales demandaban un continuo cambio de estrategia. Al primer Robin Hood le interesaba la sinceridad de los viajeros que interceptaba en los caminos (los que decían la verdad, eran respetados; a los que mentían se les despojaba de cuanto llevaban); para un Robin Hood posterior el enemigo fue el normando invasor; luego los abusivos señores feudales y sus cómplices del clero; más tarde aún los poderosos en general. El estereotipo de rebelde social, de ladrón de ricos y benefactor de pobres es moderno, lo que no lo hace falso. La existencia de diversos hombres implica distintas banderas; bajo todas Robin Hood estuvo en contra de leyes injustas.
Pero nada más errado que idealizarlo. Siempre le gustó cortar cabezas y tasajear gargantas. El sheriff de Nottingham fue decapitado a pesar de sus ruegos por clemencia y sus invocaciones a la Virgen María, protectora del mismo Robin. El maltrato al cuerpo de Guy de Gisborne es un tema recurrente en poemas y grabados. Robin puso su cabeza en un extremo de su arco y a punta de espada lo desfiguró, tornándolo irreconocible. Se podrá decir que lo hizo por fines pecuniarios, pero esto no contradice su gusto por la sangre.
En efecto, el desfigurar el rostro del vencido tenía un objetivo práctico: hacer pasar la cabeza por la suya propia. Robin, vestido con la armadura y el yelmo de Gisborne, se presentó ante el sheriff y cobró la recompensa que por sí mismo se ofrecía. Esta usurpación de personalidad no deja de tener consecuencias. Robin no se disfraza simplemente de Guy de Gisborne. Por unas horas es su odiado rival.
En eso consistía su habilidad para los disfraces. Para Robin Hood disfrazarse no es sólo vestirse como otro; implica compenetrarse totalmente con la personalidad ajena: ser otro.
El Robin Hood orate se abstuvo de bañarse por más de un mes. Incluso se vio obligado a comer carne de perro cruda cuando los guardias del arzobispo Knightley sospecharon la farsa.
El Robin Hood leproso estuvo a punto de perder la vida por la enfermedad. Ya cuando en su piel empezaban a aparecer las primeras pústulas la cura se logró con un efecto adverso: la personificación de un hombre sano.
El Robin Hood princesa fue igualmente odiado y temido por sus caprichos y maldades que el modelo original: Sofía III, de 14 años, amante del rey Eduardo y posteriormente su reina, después de que ella se librara de Estela de Escocia con una puñalada por la espalda.
Robin Hood - Sofía, del todo compenetrado en su papel, estuvo a punto de condenar a muerte a sus compañeros; por suerte a último momento recordó que el objetivo de la suplantación era, precisamente, salvarlos.
Mucho se ha especulado en cuanto a las armas favoritas del héroe. No hay duda sobre su preferencia por el arco -grande, de largo alcance- y la espada. Nunca usó escudo ni ballesta (el arma del enemigo), salvo en situaciones de emergencia.
El báculo es una novedad que introduce el fray Tuck del siglo XVI -arma insólita que fue inmediatamente acogida por Little John. En manos del gigante se convirtió en algo terrible, ideal para golpes bajos y fracturar cráneos.
El famoso episodio del cruce del río, que enfrenta a Robin Hood y a fray Tuck, es verdadero, pero recién ocurre hacia 1550.
Aunque en una leyenda que vence el tiempo, ¿qué importancia tiene el orden de los diversos hechos? La cronología se vuelve intrascendente ante la contundencia del anacronismo. El antes y el después se anulan y convergen.
Fray Tuck vence a Robin Hood con un arma nueva, impensada: un bastón que hasta entonces sólo servía de ayuda para ciegos y ancianos. Desde entonces y para siempre el báculo se vuelve símbolo de la banda, como el arco y la capucha, como el bosque y la causa común con el pobre.
Ya por indiferencia, ya por misoginia, los primeros Robin Hood se mantuvieron empecinadamente solteros, rodeados de una pandilla enteramente masculina.
Hay apenas una aventura -como consta en los versos de la Gesta- que soslaya un discreto coqueteo entre Robin y la esposa del sheriff de Nottingham. Típico de los lances del amor cortés, los hechos no son, sin embargo, mero artificio literario.
Luego de que el sheriff captura a dos hombres de Robin, éste logra atrapar al abad de Westminster. Se llega a un acuerdo para el intercambio de prisioneros; como mediadora y garante actúa la mujer del alguacil.
En la brevedad del cruce de miradas se dijeron todo. Robin, el decapitador, capaz de pasar una flecha por entre la visera del yelmo, no es más que un cordero al contemplar la limpidez de esa sonrisa y la profundidad celeste de las pupilas. Jura solemnemente no intentar ningún ardid. Efectuado el intercambio, Robin recordará para siempre la despedida cruel, el insomnio de la noche estrellada y los susurros del bosque.
El cuarto o quinto Robin Hood (hacia el siglo XVI), apremiado por necesidades más terrenales, opta por incorporar a la banda la primera mujer: Marian.
(Había, además, que desmentir odiosos rumores que ligaban a Robin y a Much en espantosas prácticas del diablo).
El recuerdo imagina a Marian de origen noble, diestra en el uso de las armas y, sobre todo, hermosa. Es mejor preservar esta imagen...
Ya es tiempo de finalizar estos escritos. En realidad las líneas que siguen debieron ir al principio, para de alguna manera continuar la tradición. Pero ante el empuje incontenible de la urbe y la paulatina desaparición de la naturaleza, ¿no es más adecuada aquí la inclusión del infaltable elogio?
Cuando, con las primeras luces y el arrullo de los pájaros el espíritu del día disuelve la negra noche; y en las ramas, los ríos y barrancos los rayos del sol juegan con las gotas de rocío y el perfume de las flores; el ciervo -señor de los árboles; ágil raíz invertida- proyecta la magnificencia de su sombra en el mágico laberinto verde y en el entramado de su cornamenta se lee el destino de los simples mortales...
Es inútil continuar. Aunque mis palabras son sinceras, percibo un resto de falsedad en ellas, algo indefinible que las hace postizas y extemporáneas. Para el romántico no hay nada más cruel que aceptar que los tiempos cambian. La modernidad es a su vez destruida por corrientes posteriores. A veces me resisto a aceptar que moriré atravesado por el plomo de las balas y no por el hierro de las flechas.

 

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