Edición Nº 1626

 

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    CONCURSO

    6 de Julio de 2000

     

    Primer Premio
    Se Comienza
    Por La Mantequilla
    Si el mayor de los pecados de la mujer contemporánea es la gordura, la liposucción, en la mirada de Luis Freire (Lima,1945), puede convertirse en curioso renacimiento de pishtacos y goce por los lípidos humanos. Perturbador por su abierta trasgresión, el lector será seducido por lo absurdo y deliciosamente mórbido del relato, en el que la resina que otros abominan se convertirá en objeto de deseo

    Por “ CANNON” (Lucho Freyre)

    EN la ceremonia hedonista de una liposucción femenina, los cirujanos plásticos limpian con su dedo gordo la última gota de grasa atrapada en la cánula aspiradora. Es un ritual arcaizante que reitera la superioridad del arte manual sobre la tecnología. Algunos, no resisten la tentación de probar la gota con la lengua. La adicción es inmediata e irreversible. Por eso, se llama cirujano cebado al que ha probado grasa pura de mujer y no puede prescindir de su consumo. En las alturas andinas le dan otro nombre: pishtaco, grito de auxilio y susurro de terror que ha marcado desde siempre a los lipidófagos peruanos. Se comienza por lamer la mantequilla hasta limpiar la caja. Y nada de dorinas margarinas. Luego es manteca de chancho como si fuese manjarblanco, pero ninguna te calma el apetito, tu cuerpo sabe lo que necesita pero tú no quieres saberlo. Estudiaste nueve años de Medicina en San Marcos, después te perfeccionaste en lo mejor de Houston y cuando hiciste el juramento hipocrático lo sentiste de veras como una misión. Eres disciplinado, honesto e incansable como todos los Almenara, hasta trabajas en un hospital para niños de la calle arreglando labios leporinos y mounstritos insolventes. Pero tu necesidad aumenta con los días, tus arterias se embriagan de lípidos cuadrúpedos y es que ya no sabes en qué sustituto esconderte de la grasa humana que te coquetea desde el interior de las barrigas, las papadas, los brazos flanudos y los muslos con bandera de las mujeres que acuden a tu consultorio buscando un salvavidas que las rescate del espejo en que se ahogan, un mesías que resucite sus cuerpos gloriosos de la tumba sebosa en que descansan. Porque tú eres el doctor Alfredo Almenara Rey, el mago de los implantes y las liposucciones de la pituquería limeña, a pesar de que hace tres semanas dejaste inexplicablemente la cánula que tan magnífica estela ha dejado en los cuerpos que pasaron por esas tus manos elegidas de Dios, como bien las magnifica Dorita Echecopar cuando exhibe sus tetas de concurso en la playa de Las Totoritas.

    Pishtacos hubo siempre y en el mundo entero (el gobierno alemán mantiene abierto al turismo el gabinete secreto del enfermero nazi Uwe Liebfraumilch, en cuya cocinita de campaña se freían pastelitos de carne con grasa de judías), pero nunca tantos como en estos tiempos. Aquellos que despellejaban a pastores y campesinos solitarios con su cuchillo capatoros para lamerles la grasa del cuerpo con su lengua áspera como la piel de una serpiente, eran monstruos fugitivos y escasos que se debatían entre el mito y la miseria de una vida agazapada en los rincones más agrestes del paisaje, huyendo de exterminadores implacables contratados por las poblaciones que asolaba más el terror de su presencia que sus crímenes. Se los persiguió como a una encarnación de Satanás y se los persiguió con saña especial y éxito mayor en el siglo XIX. Desde aquellos años, casi no se ha vuelto a ver ninguno. La verdad es que el pishtaco desollador es un modo en extinción, cuya existencia no ha merecido últimamente la atención de ningún estudioso serio, si exceptuamos la tesis "El Pishtacopiteco Andino, un Homínido Lipidófago del Plioceno sobreviviente en los Andes Centrales del Perú", del extravagante paleontólogo australiano Warrant Murray. Te mueres de miedo de caer en el abismo que se abrió a tus pies cuando esa gotita de grasa de las caderas de Malena Rizo Patrón te erizó la lengua hasta la raíz y se engrapó en tus papilas gustativas como una garrapata inamovible. El moderno, el agazapado entre nosotros, es el cirujano plástico cebado de diez diplomas y clínica privada. No es fácil reconocerlo, la mascarilla verde obligada en el quirófano absorbe la saliva golosa que se le escapa por las comisuras de los labios cuando desliza la cánula por debajo de la piel de sus pacientes. Pero uno de estos días no vas a poder seguir resistiéndote y vas a llevar a la mesa de operaciones a la gorda más gorda que se te ponga delante y le vas a decir a las enfermeras que te guarden la materia lípida extraída de la paciente porque tienes que hacerle unos análisis para descartar posibles complicaciones oncológicas. Una vez solo, separa la sangre de los residuos lípidos y se los come a cucharadas sin sal, limón, pimienta, mostaza, salsa inglesa o de tomate, mucho menos ajicito, la adicción no necesita condimentos. Y lo volverás a decir luego de la siguiente liposucción, y lo dirás una tercera, una cuarta, una quinta vez, y esa quinta vez, a lo mejor ni siquiera serás capaz de esperar a que termine la intervención y delante de tus horrorizadas enfermeras, vas a chupar hasta la última gota de grasa directamente de la cánula. Si la ración le ha resultado insuficiente, puede que en un arranque de gula animal se encierre con la paciente en la habitación de la unidad post-operatoria, le reabra diestramente las heridas y empuje la lengua para cepillar lo que pueda haber sobrado entre los músculos palpitantes. Estarás tan asqueado de ti mismo, que sentirás la tentación de cortarte la garganta con tu nuevo bisturí láser que no deja huella. Pero ya habrás mandado al carajo a la misma muerte y aunque pienses que mancharse la boca con la grasa de un ser humano es peor que lamer mierda, la angustia de privarte de esos lípidos gloriosos te arrastrará hacia adelante como una locomotora todopoderosa, divinamente todopoderosa, a lo largo de cuya ruta atemperada por la complicidad de muchos colegas prestigiosos y sus elegantes refugios para los iniciados como tú en el vicio lípido, conocerás a un grupo selectivo y cosmopolita de pishtacos que han arrojado las culpas o los escrúpulos por la ventana para entregarse al goce hedonista de la grasa femenina y aprenderás con ellos a disfrutar sus mil sofisticadas recetas para prepararla y servirla con otros alimentos, recetas que un aplicado freidor como el enfermero Uwe Liebfraumilch no imaginó jamás en su grueso paladar de bárbaro germano. No es peligroso mientras no sufra de abstinencia, porque entonces sí que puede matar. Pero eso es algo que difícilmente ocurrirá mientras la gordura siga siendo el pecado capital de la mujer contemporánea.

     

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