Edición Nº 1624

 

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    22 de Junio de 2000

    España En Foco
    160 años de fotografía española con todos sus grises en ambiciosa muestra del Centro Cultural de España.

    El orgullo de trabajo. Dependientas del establecimiento fotográfico Lux, captadas por el lente de su jefe Barber Pereferrer, en Gerona, hacia 1920. Derecha, El militar, el alcalde y el obispo en feliz coincidencia: Autoridades brazo en alto durante un acto oficial, foto del catalán A. Merletti, en 1945.

    LA amnesia social es la enfermedad global. Veamos: La guerra civil española y un dictador como Franco gobernando sobre los cadáveres frescos fue noticia de ayer por la mañana, y sin embargo, sólo lo recuerdan los viejos que lo sufrieron en carne propia y ajena. Por suerte, para combatir esta enfermedad tenemos un remedio eficaz: coleccionar fotografías. Así como nosotros recordamos los jóvenes rostros de nuestros padres y abuelos gracias al aparato fotográfico, un país puede del mismo modo recordar su imagen pretérita: sus transformaciones sociales, sus costumbres y tradiciones, sus fiestas y ritos populares. Como un espejo fascinante, la fotografía llega a nosotros primero como documento y luego como arte.
    Por ello es una excelente noticia que 120 imágenes de la historia de la fotografía de la madre patria lleguen a nuestras costas: desde detallosas bailarinas con peineta, hasta insumisos okupas madrileños; el llanto de los familiares que despiden a los emigrantes, a los eternos mendigos peinando las ramblas de Barcelona; viejas confesándose con sacerdotes de provincia y actuales moribundos de Sida. Es decir, una historia en imágenes que recorre desde la realización del primer daguerrotipo en Barcelona (1839) hasta la radical y posmoderna fotografía de los años noventa. Todo entra a la hora de recopilar 160 años de la memoria de una nación: Retratos, fotoperiodismo, pictorialismo, las vanguardias, la fotografía popular, la revolución documental de la posguerra o el documentalismo antropológico de los años de la transición democrática.
    A través de estas imágenes a colgarse en la galería del Centro Cultural de España desde el 5 de julio, los observadores podremos acercarnos a la realidad española y sus personajes más representativos. Pueden ser aristocráticos y rancios gobernantes, militares de pacotilla, artistas en terno o desnudos, intelectuales de diferentes generaciones y, en especial, los habitantes de la calle: tiernas marineras, arrugadas campesinas, recogidas beatas, orgullosos cazadores, relajadas prostitutas. No importa desde qué tiempo nos observen: siempre nos encontramos en las mismas condiciones, una magia basada en la ilusión de la fotografía como testimonio sin mediador, de realidad fragmentaria pero directa.

    Okupas, parte de la serie juventud española, de Carlos de Andrés. Madrid 1988. Derecha: Perturbadora belleza en Retrato de Elsa, de L. Pomés, 1962.


    La ambiciosa muestra es el fin de una larga investigación realizada durante años por Publio López Mondéjar, comisario de la muestra, cuyos estudios han tomado forma en libros imprescindibles para la fotohistoria de la península. Atento a su propósito didáctico, la exposición se divide en tres grandes espacios temporales: el primero da cuenta del nacimiento y evolución de la fotografía en el siglo XIX, en sus añejos soportes como el daguerrotipo, el calotipo o las primeras imágenes capturadas en negativos de cristal. De esta época nos llegan los retratos de las primeras familias de alcurnia que pasaron por el revolucionario invento, además del primer fotoperiodismo, que nos presenta los campos después de la batalla, donde los pioneros del género podían registrar durante largas exposiciones de luz los cuerpos dispersos de los soldados muertos.
    La segunda parte de la muestra incluye la evolución de la fotografía entre 1900 y el final de la guerra civil, con apartados dedicados a la fotografía popular, y, por supuesto, partes de la más dolorosa de las historias fratricidas. En la tercera parada de este recorrido se analiza la fotografía del primer franquismo, la revolución documentalista, el fotoperiodismo de transición democrática, el documentalismo antropológico de los años ochenta, el nacimiento de la modernidad e inclusive, la novísima y provocadora fotografía de los noventa.
    Fotografía es sinónimo de memoria. La muestra que pronto tendremos frente a nosotros nos devuelve la imagen de una España desaparecida, inexistente, pero a salvo en la memoria del papel fotográfico. Una España que en su desesperación y miseria se siente mucho más cercana a nosotros que aquella europea orgullosa por sus tiendas de El Corte Inglés y su todopoderosa Telefónica. Una España humana que, al igual que sus hijos, recuerda que fue pobre, y no se avergüenza. (Enrique Planas).



    Pintada Novela
    Lo más radical de la reciente plástica chilena en la muestra El Lugar Sin Límites del Museo de Arte.

     

    Martirologio No. 2, de Daniella Rivera (1999). Derecha, Leyendo a José Donoso, el curador Pastor Mellado trae a Lima una de las más reveladoras entradas al arte contemporáneo chileno.

    NO se trata de ofrecer aquí un panorama general del arte chileno contemporáneo. Es más, si de temas se trata, quedémonos con sólo dos: el cuerpo y el paisaje. Y junto con ellos, una teoría en el desarrollo de las artes visales chilenas: Por fin, el nuevo paradigma del arte joven chileno, no tiene nada que ver con el discurso literario. (Neruda, descansa por fin en paz. Ya no hay pintores que abusen de ti). Paradójicamente, Julio Pastor Mellado, curador de la muestra y director de la Escuela de Arte de la U. Católica de Chile, toma para esta muestra el título de una obra pequeña y maestra de José Donoso: "El lugar sin Límites". Perdone maestro por el préstamo, pero la frase resulta muy feliz para dar a conocer la obra de los creadores que cuestionan y exploran el problema del lugar del arte en la sociedad chilena. El travesti aliado con la mami del burdel de la obra donosiana sirve aquí de metáfora para hablarnos de los artistas y su asenso social, de las conquistas formales, de la ambigua situación del arte en la sociedad chilena de hoy. La muestra está marcada por la búsqueda de la autonomía discursiva de la plástica chilena, es cierto, pero también de la fragmentación de nuestros cuerpos, de nuestro deterioro, de nuestra desubicación en el mundo, de la dignidad de nuestras cicatrices. Una oportunidad excelente para descubrir las búsquedas de los artistas del sur y descubrir que no nos diferenciamos tanto.



    Viejos Tiempos
    Con técnicas de los viajeros del siglo XIX, Eirik Johnson presenta imágenes cusqueñas en el Ojo Ajeno.

     

     

    NO es que Eirik Johnson se haya subido a una máquina del tiempo para registrar el Cusco de nuestros bisabuelos. Lo que sucede es que este notable fotógrafo norteamericano ha querido hacer un feliz homenaje a la memoria. Para ello ha recurrido a una de las cámaras más remotas, la caja estenopeica, una cámara obscura que en lugar de lente tiene sólo un pequeño agujero por donde pasa la luz. Con ella ha creado paisajes panorámicos y tarjetas estereográficas, añejo formato de moda a fines del siglo XIX, en la que dos imágenes similares se combinan en el visor para lograr un efecto tridimensional. Este proyecto deliciosamente anacrónico, realizado en la capital incaica con el auspicio de una beca Fulbright, se expone en la Galería el Ojo Ajeno del Centro de la Fotografía (Av. 28 de Julio, Miraflores) desde el martes 27 de junio. Recomendamos llevar al abuelo.



     

    Artistas como creadores y como objeto de creación. Jóvenes cusqueños acercando sus artes al público.

    Estatuas Sueltas en Plaza
    La humanidad grotesca según Ejti Stih en la Galería Cecilia González.


    JUNIO es el mes de los cusqueños. El Corpus, la ascención al Qollur Ritti, el Inti Raymi de pastiche. Los miles de turistas adheridos a las piedras buscando el magnetismo telúrico de las calles incaicas confirman que estamos en la temporada turística más alta del año. Pero no todo es tradiciones y calendarios que giran sin novedades. Una sorpresa fue provocada por la performance organizada por estudiantes y profesores de la Escuela de Bellas Artes de la ciudad: atriles y lienzos sacados a las aceras para glorificar el paisaje, y jóvenes recubiertos de pintura para hacer de sus cuerpos material de trabajo del escultor. Performances sencillas, de bajo presupuesto, pero lo suficientemente encantadoras para que el público que pasa, se detenga sorprendido y recuerde que el arte siempre está allí para hacernos pensar, sentir o conmover. Con todos los problemas que sacuden a esta institución, (reducidos todos en la polémica contradicción entre lo moderno y lo tradicional), Bellas Artes salió a la calle, y la ciudad tendrá siempre espacio para ellos. Benditos sean los artistas.

     


     

     

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