Edición Nº 1624

 

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    22 de Junio de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Caídos Del Palto

    EN medio de su revoltijo mental, el ahora gobiernista Luis Cáceres Velásquez ha dicho algo revelador: Hitler hizo cosas buenas al principio de su gobierno. Ese modo de razonar, por supuesto, es absurdo y aberrante, pero es el mismo que aplican ahora muchos antiguos y neofujimoristas -que aparecen como más sensatos y sofisticados que el ramplón Cáceres-, para juzgar al actual régimen.
    Hasta en el gobierno de un criminal desquiciado como Hitler, gente como Cáceres Velásquez puede encontrar cosas "buenas": construyó carreteras, dio empleo. Pero es descabellado desmenuzar el gobierno de un monstruo por pedazos. Y, sobre todo, separar el principio del régimen del final; disociar la naturaleza totalitaria, racista y belicista del gobierno nazi, con las consecuencias que produjo: la guerra mundial, el holocausto, la destrucción de Alemania.
    Guardando las distancias, ese mismo razonamiento se aplica al régimen de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori. "Ha hecho cosas buenas y cosas malas", dicen. El problema es que ahora no quiere dejar el poder. Entonces hay que ayudarlo -o empujarlo- a democratizar el país, razonan los fujimoristas declarados y los solapados.
    Es un razonamiento tan insensato como el que aplica Cáceres Velásquez a Hitler. Una dictadura como la de Montesinos y Fujimori no se compra por partes, el paquete viene completo y es indivisible. Una de las consecuencias inevitables de la instauración de una dictadura como ésta, es la desinstitucionalización del país y la corrupción galopante. Y otro de sus efectos ineludibles, es la crisis que genera toda dictadura personalizada como la actual, cuando carente de respaldo popular, se niega a dejar el poder.
    Esa negativa a abandonar el poder no es una casualidad, no es algo que se les ocurrió a Montesinos y Fujimori en medio del camino. Está en la naturaleza misma de todos los regímenes dictatoriales de ese tipo y podía preverse desde el día de su inicio, el 5 de abril de 1992. Sin embargo, hubo muchos ingenuos que desde ese momento predicaban resignación. "Es autoritario, pero necesario, esperemos hasta 1995 en que se irán", decían. Por supuesto, llegó 1995 y no se fueron. Cambiaron la Constitución, hicieron varios fraudes en el trayecto y siguieron concentrando todo el poder.
    "Esperemos el 2000, allí ya no hay reelección posible, y mientras tanto institucionalicemos al régimen, apoyemos la reforma del Poder Judicial, colaboremos con Fujimori en establecer el control civil sobre los militares", dijeron nuevamente los ingenuos en 1995. "No vale la pena oponerse, eso refuerza a los duros, hay que apoyar a los demócratas dentro del Gobierno", sostenían con candor.
    Por supuesto, lo que hubo en el nuevo quinquenio fueron más atropellos, mayor concentración del poder, más corrupción. Y llegó el 2000. Como era absolutamente previsible, Fujimori se volvió a reelegir, hicieron un fraude más escandaloso que antes y siguen avanzando implacables en el control de todos los resortes del poder.
    Como se pronosticó también, creer que habría un Congreso independiente u opositor si ellos se quedaban en el Gobierno, era una completa necedad. Dicho y hecho. Como el fraude del 9 de abril no les alcanzó, ahora han comprado y chantajeado de la manera más descarada, al número de congresistas que necesitan para tener mayoría.
    La compra de congresistas se ha hecho de manera tan grosera, que se conocen los precios, las condiciones y las modalidades. Algunos han sido conminados a pasarse a la bancada oficialista, otros quedarán infiltrados en sus partidos originales. Pero no cabe duda que Montesinos y Fujimori ya tienen el control del Parlamento.
    Un régimen que actúa así con los congresistas elegidos por los ciudadanos ¿no soborna y chantajea a otros funcionarios? ¿no compra miembros del JNE, de la ONPE, de la RENIEC? ¿no coimea y extorsiona a jueces, fiscales, militares y policías?
    Y en esta situación, que no es del pasado remoto sino que está ocurriendo hoy, a la vista y paciencia de todos, los ingenuos repiten lo mismo que dijeron durante la década anterior: hay que apoyar a los "blandos", a los democratizadores, a los institucionalizadores dentro del régimen. ¡Incluso llegan a ubicar a Alberto Fujimori entre éstos!
    Naturalmente, el Gobierno alienta esta supina ingenuidad. El hasta ayer desaforado vocero oficialista Expreso, ahora da sensatos consejos a la oposición responsable (viraje saludado con entusiasmo por Jaime de Althaus). El martes pasado editorializaba que hay una "Gran oportunidad para la oposición seria". La idea básica es que no hagan lo único razonable, exigir nuevas elecciones para cambiar de régimen, sino que ayuden al Gobierno a reformarse.
    Con lo cual se garantizaría, sin duda, la tranquilidad de Montesinos y la reelección del 2005.
    Usando la insuperable expresión de Alberto Fujimori, sólo cabe decir a aquellos que siguen comulgando a estas alturas con ruedas de molino: ¡no sean caídos del palto!





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