Edición Nº 1624

 

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    22 de Junio de 2000
    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Hija, Pruebas Psicológicas

    AY no sabes, he estado agitadísima acabando el paper que tuve que mandar a la International Chilhood Cocksucker Foundation, hija, por el asunto ese del curso de tres meses que me han invitado a dictar para madres lesbianas con hijos de gays en Columbia y que me tiene fastidiadísima porque detesto instalarme en el hemisferio norte en época de cambio de estación, no te imaginas cuánto.
    Pero en fin, ya está hecho, la cosa es que para terminar el trabajito endemoniado ese, pucha, tenía que aplicar horrores de pruebas psicológicas a niños, ¿ya?, pero como los de acá se parecen tan poco, hija, a los de allá, casi tiro la toalla al primer intento, porque hecha la pánfila quise experimentar con los sobrinos de la Jessikah's Jesseniah's para entender las reacciones en los niños a los estímulos generados en la ambivalencia de los nuevos paradigmas vigentes en las relaciones intersubjetivas, y los monstruitos esos (que además se llaman Oldy's y Cameron's Chura), me contestaban a todo cosas como "mierda, carajo, maldita, perra" hasta que me di cuenta que en lugar de estar hablando con dos informantes normales, lo estaba haciendo con dos adictos a Laura Bozzo y tú sabes que yo de desagüe y saneamiento no entiendo mucho.
    La cosa es que terminé tomándole las pruebas a María Altagracia, la nieta de mi hermana Ana Luisa, hija, que es un genio la mocosa, con decirte que acaba de cumplir los tres años y ya sabe distinguir entre un diseño de Miyake y uno de Von Olenburg, ni yo, qué quieres que te diga.
    Bueno, tenía que aplicar una prueba que consiste en interrelacionar el espanto con el tipo de esfínter que se desata reactivamente, porque pucha, o sea, parece ser que esa correlación es la que explica posteriormente el comportamiento de género frente a lo políticamente incorrecto, yo sé que tú me entiendes. Para ello la senté a la mocosa en su silla de comer y le puse por delante, una a una, tres fotos que de casualidad había recortado de la primera plana de no sé qué periódico.
    A la foto inicial, María Altagracia vomitó sin parar pero hasta la primera mamadera, no sabes; la pobre terminó color clorofila y con los mocos hasta la alfombra belga de la tía Luisa Mercedes. Pero como ciencia es ciencia, le puse en seguida la segunda foto. Bueno, si tú crees que has visto chorros de líquido manar porque alguna vez fuiste de turista a Iguazú, estás equivocada: tendrías que haber estado ahí cuando mi pobre sobrina se hizo una pichi, hija, que después hubo que traer la compresora del jardinero para dejar todo seco.
    Yo me moría de pena por el estado de mi querida sobrina pero a la vez seguía de lo más cool porque hija, o sea, el pensamiento científico no se puede detener porque una tenga afectos, así que zuá, le mandé la tercera foto a la pobre niña y ahí sí que ardió Troya, por decirlo de alguna manera, porque lo que salió disparado por debajo del asiento de la silla sólo lo podrías entender si alguna vez en tu vida has estado en un aserradero canadiense en plena tala: troncos, verdaderos troncos cubriendo el piso de la sala de estar del departamento de mi hermana, en Alvarez Calderón con parque Roosevelt, ¿te puedes imaginar?
    Ya bueno, superé la etapa experimental, a María Altagracia para que se le pase el trauma le compré un vestido de la línea infantil de Vania del Priego -que es una ma-ra-vi-lla- y me puse a sistematizar la experiencia y claro, ahí recién caí en la cuenta de que no solamente mi sensible sobrina sino que creo que hasta el Negro Bomba se hubiera vomitado, orinado y cagado de esa manera, si le zampaban por delante, sin compasión, pausa ni consideración alguna a la naturaleza humana, las fotos sucesivas de Eduardo Farah, José Luis Elías y Luis Cáceres Veásquez, qué quieres que te diga.
    Pero hija, he quedado tan fascinada por los resultados de la prueba, que ya estoy buscando las fotos de una ruquetona que se ha pasado del APRA a donde El Jaladete Putrefacto, a ver qué más puede el ser humano expulsar como reacción a la fealdad. Con decirte que el otro día prendí el programa de Jaime y me encontré con la cara del Cáceres Veásquez, ¿y sabes tú lo que me pasó?: pues nada, que me salió por la oreja izquierda un ectoplasma de Chirinos Soto. No, si el ser humano es inagotable. Chau, chau. (Rafo León).



     

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