Edición Nº 1620

 

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    ARTICULO

    26 de Mayo de 2000


    El Otro Baile del Chino.
    Un gran despliegue de fuerza pública hizo posible, primero, la manifestación fujimorista y reprimió después a los que arrojaron piedras contra Fujimori.

    Arequipa, lunes 22.
    Entre risas y piedras.

    Cuando se Armó la Pampa

    Lamentables reyertas provocadas, en gran parte, por el propio Fujimori.

    LA violenta hostilidad manifestada en Arequipa el lunes último contra el Presidente-candidato Alberto Fujimori tuvo rasgos y pedradas peligrosos, que pudieron adquirir ribetes trágicos y suscitaron la crítica del propio Alejandro Toledo. No se justificaba un ataque tan violento contra una candidatura que en la Ciudad Blanca tiene, precisamente, un punto débil.
    Arequipa posee una tradición de civismo enérgico, y si la contramanifestación y la respuesta represiva hubieran causado un saldo trágico, nadie sabe la reacción que esto hubiera generado en la urbe mistiana y en todo el país.

    En la Plaza de Armas, al finalizar el mitin de Perú 2000, la Policía -además de reprimir a los contramanifestantes- tuvo que auxiliar heridos.

    Felizmente, la sangre no llegó al río.
    Pero hay que recordar que lo ocurrido en Arequipa ha sido sólo el punto más rudo de una serie de choques en semanas recientes. Los antecedentes son Ayacucho y Chimbote.
    Pero más allá de brotes de violencia, y sin justificarlos ni en éste ni en ningún otro caso, no se puede olvidar que el detonante de tales expresiones es el propio Fujimori. Es él quien ha desafiado a los peruanos al postular a un tercer período, en violación abierta de la Constitución. Es él quien ha destruido la institucionalidad y montado una maquinaria electoral que tiene de todo, menos de transparencia. Es él quien ha cultivado el descontento de un amplio sector de la ciudadanía, que ahora se congrega en torno a Toledo.
    Es, pues, legítima y, además, espontánea la indignación popular. Esto aparece más claro si se recuerda que en el Perú del 2000 los partidos políticos son especie en extinción, o ya extinguida, lo cual hace que las protestas asuman formas inorgánicas, en algunos casos caóticas y tumultuarias. Esos fenómenos son parte de la ausencia de organismos políticos serios, respetables y capaces de encauzar demandas y corrientes de opinión.
    El episodio de Arequipa guarda semejanza con lo acontecido en Lima, en mayo de 1912, también en un marco de crisis institucional, y cuando el oficialismo -el Partido Civil- preparaba un fraude en favor de Ramón Aspíllaga, uno de los grandes azucareros de la época. De la noche a la mañana apareció la candidatura de Guillermo Billinghurst, que no era ningún desconocido. Había sido el segundo hombre, después de Piérola, en el Partido Demócrata. Y la hostilidad de `El Califa' contra él había originado la crisis interior de los demócratas, mientras el civilismo entraba en agonía.

    Tras prolongada refriega, la Policía pudo restablecer el orden. Derecha, Fujimori en un gesto que parece de indiferencia ante la arremetida.


    En ese desierto institucional, en esa crisis de partidos, provocada por los patriarcas o dinosaurios de lo que Jorge Basadre llamó "la República aristocrática", surgió la respuesta plebeya en apoyo de la candidatura de Billinghurst, a quien las masas bautizaron como "Pan Grande": en un cartel que envidiarían los creativos de publicidad actuales, colocaron un pan chico, que simbolizaba a Aspíllaga, y uno grande, que indicaba la esperanza puesta en Billinghurst.

    Mayo de 1912: la furia popular desbarató unas elecciones cargadas de voluntad de fraude.


    El multitudinario apoyo a Billinghurst, expresado en mítines, enormes para la época, culminó en el primer paro electoral de nuestra historia, los días 24 y 25 de mayo, que eran los fijados para las elecciones. Fue un desborde de cólera popular, que arrasó con mesas de sufragio (CARETAS 1616). Al final, el Congreso tuvo que decidir, y eligió a Billinghurst.
    Esa experiencia terminó con un golpe militar que derribó al Presidente popular e instaló una restauración conservadora, lo que al final condujo al oncenio de Leguía y a la violencia sangrienta de los años treinta.
    El Perú de hoy no quiere la violencia. La ha sufrido en exceso por obra de Sendero Luminoso, y no es cierto que Toledo, como pretende la propaganda oficialista, propicie el retorno del violentismo. Y lo ha reiterado el candidato que renunció a serlo para este domingo.
    Pero el problema es que, como lo reveló Arequipa, la carga de cólera que hay en diversos sectores de la población puede estallar si no hay esfuerzos serios, sobre todo desde el gobierno, para instalar métodos de debate y no de imposición; señas de tolerancia y no de autoritarismo. El período que viene va a ser sumamente duro en lo económico (ver texto sobre economía en esta edición). Por eso mismo, la lección de Arequipa debe ser tomada muy en cuenta.

     

     


     

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