Edición Nº 1616

 

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    27 de Abril de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Cambio Decisivo

    LA táctica del gobierno, de tratar de rebajar el efecto de las malas noticias internacionales interpretándolas -mejor dicho, deformándolas- apenas se conocen, pudo sorprender a la opinión pública hace algunos meses. Ahora resulta patético y ridículo. Eso ha ocurrido con la resolución 43 de Congreso norteamericano, suscrita y avalada por el propio presidente de los EE.UU.
    La explicación del Canciller Fernando de Trazegnies, en el sentido que "era mejor [para el gobierno peruano] que la firmara" el presidente Bill Clinton, es simplemente grotesca.
    O su cantinflesca disquisición sobre que los EE.UU. son neutrales "de tal manera que su interés es solamente la forma cómo se desarrolla el proceso y no en los resultados". Cuando precisamente la resolución -ahora del Congreso y del Ejecutivo- se refiere a la ausencia de elecciones libres y justas en el Perú, cosa que compromete al proceso y a los resultados.
    Como bien precisa en esta edición Gerardo Le Chevalier, de la Misión de Observación del Centro Carter-NDI, los resultados pueden estar predeterminados por el proceso, como en Cuba, donde no importa que tan bien se cuenten los votos el día de la elección, cuando todo ya está decidido.
    Acá, sin embargo, la manipulación del proceso no fue suficiente para el candidato-Presidente, que también requirió de la alteración de la voluntad popular el mismo día de los comicios.
    La versión del premier Alberto Bustamante es igualmente disparatada: "Lo que dice el gobierno de Estados Unidos es que si no hay elecciones libres y limpias se modifican las relaciones, pero ese supuesto no se va a dar", ha declarado. Pero precisamente la resolución norteamericana se fundamenta en ese supuesto, en que la primera vuelta no ha sido ni libre ni limpia, tal como lo han afirmado las misiones del Centro Carter-NDI y la OEA, mencionadas específicamente en la resolución.
    Y en la necesidad que esas anomalías "sean plenamente resueltas en la segunda vuelta", como ha advertido Clinton en su comunicado.
    En suma, los voceros del gobierno están haciendo desesperados intentos de confundir a la opinión pública y atenuar el impacto político sobre la campaña electoral de los pronunciamientos norteamericanos. Pero eso les servirá de poco en el ámbito internacional y dentro de la propia cúpula gobernante.
    En efecto, es obvio que parte de las grietas que están apareciendo en la camarilla cívico-militar que gobierna el Perú, tiene su origen en la manera de responder a las presiones internacionales.
    Algunos han pugnado por ignorarlas completamente, en el entendido que una vez reelecto Alberto Fujimori en comicios fraudulentos, podrán negociar con los EE.UU. y llegar a un entendimiento, como lo han hecho antes. Otros han estado por ceder un poco ante los llamados conminatorios de la comunidad internacional, para dar la apariencia de una apertura, pero en realidad seguir con el propósito irrevocable del régimen, perpetuarse en el poder.
    Estos últimos se han impuesto. Hasta ahora. Pero ambos grupos coinciden en el objetivo de no dejar el gobierno, no importa cuán fuertes sean las presiones internacionales.
    El problema para ellos es que las demandas de la comunidad internacional son cada vez más duras y precisas, en el sentido de evitar la manipulación y el fraude electoral. Es decir, esta vez la comunidad internacional no parece dispuesta a hacerse de la vista gorda y contentarse con unos pocos cambios cosméticos.
    El gobierno ha confiado hasta ahora en la complejidad del sistema político norteamericano, y en el respaldo que podía tener en algunas agencias o departamentos, como la CIA o el Pentágono.
    Pero es obvio que se están equivocando. Cuando la lenta y engorrosa maquinaria política bipartidista norteamericana se echa a andar, es muy difícil detenerla. Y eso ya ocurrió. Aunque el gobierno trate de minimizarlo, la resolución 43 ha sido aprobada por unanimidad en el Senado y la Cámara de Representantes.
    A principios de la década pasada, esa misma maquinaria decidió respaldar al derrocado presidente haitiano Jean Bertrand Aristide y echar del poder al general Raoul Cedrás y sus secuaces, que eran colaboradores y protegidos de la CIA. Al final, Cedrás fue expulsado del poder y Aristide repuesto en su cargo.
    Se equivoca Alberto Fujimori si confía en los buenos contactos que mantiene Vladimiro Montesinos con el espionaje norteamericano. Los Estados Unidos no son como el Perú. Si acá el Servicio de Inteligencia Nacional es el verdadero centro del poder, por encima del Gabinete y el Congreso, allá las cosas son diferentes.
    Uno de los factores claves para la supervivencia del régimen cívico-militar, la posición de los EE.UU. y la comunidad internacional, parece haber cambiado definitivamente.



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