Edición Nº 1613

 

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    ARTICULO

    7 de Abril de 2000

    Abril de 1980: Embajada del Perú en La Habana con 10.803 asilados.
    Una Situación Inimaginable

    Hace 20 Años
    Fue un caso único y una noticia que dio la vuelta al mundo cuando más de diez mil cubanos ingresaron en el curso de tres días al local de la desguarnecida Embajada del Perú en La Habana buscando asilo para salir de su país. CARETAS obtuvo una primicia internacional cuando su enviado especial de entonces, César Hildebrandt, logró sacar estas fotos de contrabando. En este reportaje la peruana Zoía Bodero de Gonzales, que trabajaba de secretaria de esa nuestra sede diplomática, revela una serie de detalles desconocidos de los días, semanas y meses que transcurrieron en una situación realmente extrema, inimaginable.

    Los asilados ocupando todos los rincones de la residencia, las oficinas, terrazas y el jardín de la Embajada. Dirigentes improvisados ayudaron a mantener el orden. Derecha, Zoía Gonzales ahora vive en Miami.

    Escribe
    DRUSILA ZILERI
    Corresponsal en
    Miami, EE.UU.

    ."..Por negativa del Gobierno Peruano a entregar a los delincuentes que provocaron la muerte del guardia Pedro Ortiz, el gobierno cubano se reserva el derecho de retirar la custodia de la embajada: por lo tanto, dicha sede queda abierta para todo aquel que quiera salir del país."

    Comunicado de Prensa Diario `Granma', Organo Oficial del GOBIERNO DE CUBA.

    NI RASTROS DE LO QUE FUE

    Si hoy uno visita la ciudad de La Habana y se aproxima a la esquina de la 5ta. Avenida con la Calle 72 del barrio Miramar se encontrará con un hotel de arquitectura moderna. Sin embargo, resulta que ese mismo lugar hace exactamente 20 años se convirtió en la mecha que desató el más grande éxodo de cubanos de la isla. Primero se asilaron más de 10.000 en la Embajada del Perú, y poco tiempo después, más de 125.000 salieron por el llamado Puente Mariel-Cayo Hueso, rumbo a los Estados Unidos.
    Fue un 1° de abril de 1980, que un ómnibus con 12 cubanos a bordo embistió violentamente las rejas de nuestra sede diplomática. Esto provocó una reacción de los guardias cubanos que vigilaban la Embajada y en el tiroteo uno de ellos, Pedro Ortiz, perdió la vida por el rebote de una bala disparada por otro compañero Setentidós horas más tarde, y en un lapso de dos días, la Embajada del Perú estaría asilando a más de 10.800 cubanos que buscaban desesperadamente salir de la isla.

     
    Desafíos de los asilados hacia la vigilancia aérea, pero con Castro en la acera callaron. Derecha, Todo tipo de gente en hacinamiento máximo, sin poder estirar las piernas.

    MEMORIAS DE UNA PERUANA QUE VIVIO LA CRISIS

    La Zoía Bodero de González recuerda como si hubiese sido ayer lo vivido en la Embajada del Perú en La Habana hace 20 años.
    En 1976, a la edad de 18 años, había empezado a trabajar como secretaria del Consulado. Su madre, peruana también, ya lo hacía. Era la época, recuerda, en que Perú y Cuba tenían las mejores relaciones.
    "Sin embargo", sostiene, "es en 1978 en que empieza a darse un cambio radical dentro de la sociedad cubana". Fue cuando aquellos que lograron irse de la isla en 1959 o a principios de los años '60, al inicio de la revolución de Fidel Castro, comienzan a visitar Cuba. Fue en el curso de una primavera diplomática con la administración de Jimmy Carter e incluyó un intercambio de oficinas comerciales con los Estados Unidos. La mayoría de los visitantes vivía en los Estados Unidos e ingresaba a Cuba cargando bienes y dinero que en la isla no existían. "Los cubanos percibieron más que nunca ese otro tipo de vida fuera de Cuba, y lo que les faltaba" explica Zoía.
    Esta exposición a la afluencia material provocó una oleada de impaciencia e irritación y en el transcurso de 1979 se dio una epidemia de casos de cubanos intentando ingresar a embajadas en la Habana con el fin de solicitar asilo político. "Ninguna de estas situaciones era difundida por la prensa oficialista", dice Zoía, "por lo embarazoso que resultaba para el régimen, pero en Cuba todo se sabe".

    "El primero que ingresó a la Embajada del Perú fue Angel Gálvez un policía de tránsito...".

    Ya había habido otras intentonas en varias embajadas cercanas, la mayoría de las cuales quedaba en la 5ta Avenida, pero unos cuantos tiros al aire resultaban disuasivos. Sin embargo, ya a fines de ese año la Embajada del Perú recibió a su primer asilado. Angel Gálvez era un policía de tránsito, cuenta Zoía, que había hecho amistad con los milicianos que resguardaban la sede diplomática. En varias ocasiones se le había visto llegar con su moto y de uniforme. Y en esa ocasión fue lo mismo. "Llegó en su moto, se puso a conversar con uno de los guardias y de buenas a primeras brincó la cerca, ingresó y pidió asilo con uniforme y todo. Eso fue algo que todo el mundo supo pero inicialmente no se difundió".

     
    Fidel, asombrado por lo sucedido, y el embajador peruano Edgardo de Habich, que fue retirado.

    17 DE ENERO, 1980:
    ENTRA EL PRIMER AUTOBUS

    Con Gálvez dentro, y a eso de las 8:25 de la noche del 17 de enero de 1980, ocurrió el primer ingreso violento. Zoía recuerda el momento en que las ráfagas de metralleta obligaron a todos a tirarse al suelo. "Los gritos eran ¡entraron!, ¡entraron!" En ese momento, un ómnibus de buen tamaño con 12 a bordo, 4 hombres, 3 mujeres y 5 niños, derribó las rejas de entrada, y se internó en el jardín. "Salimos y vimos el bus pero a nadie adentro. Nos preguntamos, ¿dónde están? Y poco a poco comenzaron a salir". Se habían tirado al piso, ya que tenían reforzadas las paredes del vehículo con sacos de arena. "Los hombres reían y las mujeres lloraban", cuenta Zoía. "Sin embargo, ni ellos ni nosotros sabíamos lo que iría a pasar".
    Cuatro días más tarde, Edgardo de Habich Rospigliosi, el entonces embajador del Perú en La Habana, llegó a un acuerdo con el gobierno de Castro y permitió que fuerzas especiales cubanas ingresaran armadas a la Embajada y sacaran al grupo de sus predios -supuestamente para que tramitaran sus visas al Perú desde sus casas.
    "Eso le costó el puesto a De Habich", dice Zoía González, "El acuerdo de De Habich se había efectuado sin la autorización de la Cancillería del Perú. Inmediatamente nuestro ministro de Relaciones Exteriores, Arturo García y García, envió un cable diciendo que los reintegrara a los 12 sobre la marcha".
    Este reingreso se produjo el 23 de enero en horas de la madrugada para que el gobierno cubano no se enterara, cuenta Zoía. La mayoría pertenecía a una familia y la operación se realizó con vehículos diplomáticos. De Habich, mientras tanto, fue retirado de la Embajada.

    "Allí es cuando empezaron a resquebrajarse las relaciones entre Perú y Cuba".

    A finales de enero, y ya sin Habich, llegó Ernesto Pinto Basurco a La Habana como Encargado de Negocios, mientras Gustavo Gutiérrez permanecía como Cónsul General. A mediados de febrero entraron tres cubanos más caminando, dos mujeres y un hombre, y el 28 de marzo irrumpió un segundo autobús con otros tres. Pero fue el incidente del 1°ree; de abril el que desató la crisis.

     
    Poemas que algunos asilados escribían a Zoía, flechados por la joven limeña.

    1° DE ABRIL, 1980: SE DESATA LA CRISIS

    A eso de las 4:45 p.m. de ese Viernes Santo, Zoía González escuchó una ráfaga de metralleta. Ella se encontraba a dos cuadras, camino a su casa, "No pensé que era en nuestra Embajada, ya que sólo días antes habíamos recibido a esos tres nuevos asilados". Sin embargo, después se enteró por su suegra y las noticias que había un muerto en la embajada peruana.
    Un tercer autobús había ingresado a la sede tumbando rejas, también con 12 cubanos a bordo. "La peculiaridad de este vehículo", explica Zoía, "era que lo habían laminado con acero para protegerse de las eventuales balas". Los guardias cocieron al bus a balazos pero sólo el chofer resulto herido en la nalga y una pierna.
    Sin embargo, una de las balas disparadas por un miliciano rebotó e impactó a un compañero hiriéndolo de muerte. Y a pesar de que se comprobó que ninguno de los 12 asilados estaba armado, el gobierno cubano insistió que se trataba de un asesinato por parte de "delincuentes" amparados por la Embajada del Perú.
    "Como el gobierno quería limpiar la mala imagen que causaba tanta gente fugando de Cuba, salieron con la versión que uno de los asilados había matado al pobre Pedro Ortiz, que era un buen muchacho que trabajaba allí, y lo elevaron a calidad de héroe de la revolución", cuenta Zoía.
    El ambiente era sumamente tenso y el caso de Zoía González, era muy delicado. Casada con cubano dos años antes, los funcionarios de la Embajada le habían advertido que ni se acercara su esposo por allí, "Si bien estábamos viendo todos los medios para sacarlo de Cuba, sabíamos que ésta no era la forma. Las represalias serían muy severas y el gobierno cubano jamás le daría el permiso de salida como asilado".
    Transcurrieron dos días de negociaciones en que el gobierno cubano insistió que los 12 fuesen entregados. El Perú se mantuvo firme en su negativa.
    Entonces el 4 de abril, Viernes Santo, a eso de las 4 de la madrugada, Fidel Castro ordenó retirar la seguridad que custodiaba la Embajada y lanzó el famoso comunicado que provoca el descalabro, "Fidel anunció por la radio, la televisión y los periódicos que la Embajada del Perú no tiene custodia y que todo aquel que esté descontento se puede ir", precisa Zoía González.

    "Y Cuba nunca se imaginó la cantidad de gente que iba a entrar... Creo que fue el peor desatino que Fidel tuvo en su vida".

    Cuando Zoía llegó a la Embajada en la mañana de ese 4 de abril se encontró con que no había guardias y que la sede estaba totalmente rodeada con enormes piedras. De inmediato se comunicaron con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba para pedir explicaciones. Según cuenta, los que hasta hace una semana eran casi amigos, ese día contestaban con sarcasmos y sin ninguna explicación clara.
    A los primeros que vio entrar después del comunicado fue un grupo de 10 estudiantes de la Universidad de La Habana y miembros activos de la Juventud Comunista. Eso fue a las 9 a.m., pero para la medianoche ya había más de 500 asilados. "Gente que llegaba en ropas de baño de la playa, incluyendo un señor que me preguntó que para qué era la cola, qué se vendía". "A eso de las 3 a.m del día siguiente", continúa Zoía, "me vuelvo a encontrar con ese mismo señor y le pregunto bromeando: `¿Y, señor, qué compró?' Y el me respondió: `Compré mi libertad, señorita', presentándome acto seguido a su esposa y dos hijos"
    Entonces se sumaron miles. Pasaban taxis frente a la Embajada y los asilados les daban papelitos con las direcciones de sus familiares para que los recogiesen y los trajeran de vuelta. "Había otros", dice, "que llegaban con trajes largos y vestidos de etiqueta, bodas o fiestas, veían el ambiente y luego volvían con sus familias en blue jeans y zapatillas".

     
    Diplomáticos peruanos Armando Lecaros y Jorge Bernales frente al aplastante problema. Derecha, Selección de jóvenes profesionales a los que países como Canadá, Costa Rica y Suecia ofrecían residencia.

    A ESO DE LAS 10 P.M., APARECE FIDEL CASTRO

    Fidel Castro se apareció en la Embajada del Perú a eso de las 10 p.m. del segundo día en su característico automóvil negro custodiado por cuatro Alfa Romeos rojos. Se detuvo en la puerta de la sede y salió Ernesto Pinto, el Encargado de negocios. Zoía González estaba a su lado. "Algo me llamó la atención" recuerda. "Había cientos de asilados pegados a la cerca, pero cuando Fidel se bajó del auto, esta gente empezó a retroceder. El silencio era sepulcral", dice. "Yo por dentro pensaba, ¡qué cobardes que son! ¿Por qué no le gritan? ¿Por qué no le dicen algo si allí lo tienen en frente?"
    Castro se llevó a Pinto en su auto. Para ese entonces ya los hijos del Encargado de negocios habían sido trasladados a la Embajada de México. Sólo quedaba su mujer Lili. Después de largo rato retornó Pinto y anunció que se tenía que ir de inmediato con su familia a Lima. "Pinto nunca nos dijo qué iba a pasar. Lo único que nos indicó fue que destruyéramos todo lo confidencial y secreto que pudiera haber". Y eso hicieron Zoía González y los demás. En la tina de un baño en el segundo piso, el único lugar adonde los asilados no entraban, hicieron una hoguera y lo quemaron todo. "Y fue el propio Fidel que proporcionó un avión para que Pinto se fuera a Lima, lo que provocó que no lo dejaran regresar más a su puesto en La Habana".
    Confinar a 10.803 personas en un predio urbano resulta casi inimaginable.

    "A veces había un silencio tan grande, pero tan grande, que yo decía, aquí no pueden haber 10.803 personas.
    Y de buenas a primeras uno se ponía a cantar el himno nacional y todos cantaban".


    Ya para el domingo 6 de abril en la madrugada, habían entrado los 10.803 cubanos y es cuando Cuba se ve en la situación de tener que reestablecer la seguridad. En esas 48 horas, recuerda Zoía, ocurrieron situaciones increíbles. Una mujer, por ejemplo, anunció que acababa de dar a luz. Cuando Zoía se acercó para informarse, ésta y su madre de inmediato solicitaron un avión para que las trasladase de inmediato al Perú, ya que la criatura había nacido en territorio peruano. Por ende, era peruana y ellos como familiares se amparaban bajo las leyes migratorias . Pero se descubrió que el niño había nacido en un hospital un día antes, y que sin autorización médica fue sacado con sábanas ensangrentadas y todo, e introducido así a la Embajada.
    Entre risas Zoía recuerda otro caso, "Un hombre que durante todo el tiempo que estuvo en la Embajada permaneció envuelto en la bandera peruana. Decía que nunca le iban a disparar porque un país no podía disparar a otro, y él, como estaba envuelto en la bandera peruana, era el Perú".
    Y los 22 de años de Zoía levantaron pasiones entre algunos con inclinaciones artísticas, quienes, a veces en el papel membretado de la Embajada, le escribían poemas (ver facsímiles).
    Recuerda también cómo los asilados en su desesperación se empezaron a apoderar de todo lo que estaba a su alcance. Algunos tomaban agua en las copas de bacará, aquellas que había utilizado el mismísimo Fidel en sus visitas protocolares. Otros se envolvían en los manteles de hilo para protegerse del frío. El escritorio de Zoía fue hecho trizas y utilizado como leña.
    A un viejito de 90 años lo habían engañado sus familiares, diciéndole que iba a una fiesta de jóvenes en la Embajada, con el fin de que no se negara a ir. El pobre anciano esperó 48 horas a la quinceañera del santo y su pedazo de torta hasta que se le informó de la verdad.

    "¿Cómo íbamos a controlar la situación? Eramos dos funcionarios diplomáticos, 4 PIPs y 3 secretarias".
    En la Embajada del Japón en Lima tomada por el MRTA nunca hubo mas de 850 personas.

     

    Zoía recuerda cómo el enviado de CARETAS en ese entonces, César Hildebrandt, se le escabulló prácticamente entre las piernas y se metió a la Embajada. "Yo ya sabía quién era Hildebrandt. Además los de la PIP me habían dicho: `César Hildebrandt está allá abajo y ni loca lo dejes entrar'. Pero cuando se lo dije, me miró y exclamó: `Cómo que no me va a dejar entrar. Si éste es territorio peruano. Levantó su pasaporte, me empujó y pasó".
    Lima enviaría entonces a un equipo de 9 personas liderado por Armando Lecaros, Ministro Consejero, 4 funcionarios más y 4 PIP. Lecaros y Jorge Voto Bernales se encargaron de las negociaciones y, entre otras cosas, de repartir las 2.000 cajitas de comida que el gobierno cubano donaba para los 10.803 asilados.
    En esos días, cuenta González, se pensó que había algún infiltrado en nuestra delegación ya que cualquier negociación era inmediatamente comentada vox populi entre la multitud. Poco después se descubrió que uno de los asilados, un ex trabajador de la compañía de teléfonos de Cuba, había retirado uno de los aparatos de la residencia y se las había ingeniado para enganchar este dispositivo en una de las carpas del jardín. "Por allí oían absolutamente todo lo que se conversaba entre los altos funcionarios de ambos países a puerta cerrada", recuerda. El teléfono fue devuelto cuando se le amenazó con entregarlo al gobierno cubano si no aparecía en menos de 10 minutos. El aparato se materializó dentro de una bolsa.
    Finalmente, ante la presión internacional y el ofrecimiento de varios países como Canadá y Costa Rica dispuestos a recibir asilados, el gobierno cubano comenzó a ceder.


    El 10 de abril Cuba anunció que todo aquel que quisiera tramitar su viaje saliera de la Embajada del Perú con un salvoconducto que les garantizase dicho trámite. Sin embargo, Zoía González asegura que menos del 50 % logró hacerlo y en la Embajada, quedaron más de 1.000 personas durante 4 meses.
    Tiempo después y en base al comunicado inicial de Castro que sugería que toda persona descontenta podía irse si así lo deseaba, se inicia el éxodo masivo de cubanos por el Puerto del Mariel en La Habana. En un lapso de 8 semanas, más de 125.000 personas así lo hicieron.

    "Yo te diría con toda seguridad después de haber vivido en Cuba, que podrían haber cuatro Marieles más, pero que Fidel seguirá allí ....El tiene hipnotizada a parte de la población y, claro, ha sembrado el pánico".

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    Post data

    El policía Angel Gálvez, el primero en asilarse en la Embajada del Perú, aún permanece en Cuba. Nunca se le dio el permiso de salida.
    En junio de 1980 llegaron al Perú 450 cubanos, cifra que aumentó a 742 para agosto. La mayoría fue instalada en un campo de refugiados en el Parque Túpac Amaru de San Luis.
    Otros lograron asilarse en Canadá, Costa Rica, Bélgica, Suecia y Venezuela.
    Zoía González y su esposo Pablo González junto a su hijo Emmanuel salieron de Cuba en 1986 rumbo a Corea, en donde Zoía trabajaría de secretaria en la Embajada del Perú. En tránsito por Nueva York, su esposo solicitó asilo político. Vivieron en Nueva York unos meses y luego se trasladaron a Miami en donde actualmente residen.
    26 de los primeros ingresantes quedaron 4 años en una casa que alquiló la Embajada bajo su protección, pero ahora varios de ellos también viven en Florida.
    La mayoría de los asilados al Perú volvió a emigrar, y a los que se quedaron les tocó una vida muy difícil.

     

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