Edición Nº 1607

 

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    MAL MENOR
    24 de Febrero de 2000

    Por JAIME BEDOYA

    La Playa Secreta

    EL dolor no se soporta, el dolor se combate. Lo dijo el sargento Sanders en Montecasino. Una arteria se rebela y alguien se está tomando mi vodka. Hay un árbol que odia al vecindario. Se rehúsa a dar sombra. Escucha, estos son tiempos infectos. Basta de política dice Tatiana por la pantalla. Va en busca de un whisky en Córdoba y cae del chat. Endeble ciberespacio. Dediquemos tres horas más a la pulcra matanza de marcianos poligonales. Y quítate ese gorro. Aféitate. Mantén tu sangre en su sitio.
    El cardiólogo explica el síndrome del náufrago. Apréciese el valor documental de la videoteca de los uss coastguards. La desesperación del individuo le salva el pellejo sin saber que en la orilla será diversión de cangrejos. El hombro, magnífico punto de observación: ojo, ahí vienen los muy muys. El médico repara en que la gente ya no va al médico. Tampoco pagan el teléfono ni piden las cosas por favor. Lo dije, tiempos infectos. El examen será en ayunas. Orinarás dulce y caliente y le cederás un poco a una anciana que no podrá llenar el frasco. Volverá sana a su casa. Nadie habló de milagros.
    La llanta está abierta en dos. La capa radial deja ver una piel temerosa que desiste en seguir rodando. Recapitula tu andar y aprende. El universo de las llantas es vasto y complicado. El lenguaje del zigzag y el canal antilluvia es saber que el hombre en mameluco no comparte. Ponga la que le parezca, en esta ciudad no llueve. Me parece que usted está metiendo este auto a la tierra. Le parece bien. Hay suficientes razones para dudar de la existencia de la playa secreta. Una de ellas es el pobre camino que conduce a ella.
    El choro no se come, el choro se empuja. El choro es la recompensa final de toda visita a la playa secreta. Induce a una siesta de hálito denso y encebollado que distrae del quehacer sentimental, paz que otros hallan en la masticación de trigo atómico. Las siestas se acaban. El trigo atómico dicen que rinde.
    La playa secreta alguna vez se llamó micosia o miconos, y nunca tuvo monos. Fue descubierta este verano, y ésto es un decir, pues siempre estuvo en el mapa de los suficientemente anacrónicos: no hay comodidades, no hay foto social. Se orina en el mar, previo anuncio de cortesía. Es pequeña, está lejos. No más datos.
    Se observaban hermosos tobillos el día de su descubrimiento. La mansedumbre de sus aguas era notoria el día de su descubrimiento. Esto acaso lo hiciera refugio de ventrudos y extraviadas a quienes febles espumas revolcaban mientras ellos se creían felices, con choros y en paz. Eso fue el día de su descubrimiento. El mar no ha vuelto a estar manso.

     

     

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