Edición Nº 1604

 

  • Portada
  • Nos Escriben...
  • Mar de Fondo
  • Heduardo
  • China te Cuenta...
  • Ellos & Ellas
  • Culturales
  • Caretas TV
  • Controversias
  • Lugar Común
  • Piedra de Toque
  • Mal Menor
  •  

     

     

    ARTÍCULO

    3 de Febrero de 2000

    Mancora
    El Cielo Está En El NORTE

    Dios es piurano y veranea en Mancora. Cronica de un mundo mejor a 1600 km de Lima.

    De humilde caleta de pescadores bendecida con clima ideal y playas soñadas, Máncora se ha convertido en la versión norteña de un paraíso asequible y sin pretensiones. Limeños llegan a ella y no vuelven más. Gracias a convenio con PromPerú, CARETAS estuvo en sus arenas. Casi se queda.

    Turista alemana luego de su primera experiencia surfística mancorina. Una ola que se deja correr. Centro, Plantacion de palmeras en nueva zona turística de Máncora. Prohibido el telefono. Derecha, orgullo nativo ante la codiciada pesca local: el atún.



    Escribe JAIME BEDOYA
    Fotos VICTOR CH. VARGAS

    1. El Arco Turístico

    HAY un zorro en medio de la carretera. Es de noche y la pick up que viene desde Talara no tiene radio, tampoco buenos frenos. Atropellando su cola sería un trofeo. Yo la quiero dice el copiloto. El zorro no se mueve. En vez de huir se diluye en el asfalto como una sombra desactivada. Siete segundos. Su mirada resplandece luego en el espejo retrovisor. El era apenas un centinela. La naturaleza reposada del norte, lejos de ingenuidad silvestre, es control sutil de espacios, tiempos y densidades. El umbral estaba a un kilómetro de ahí.
    No se entra a Máncora sin pasar por él. Al atraversarlo la medición del tiempo se altera, la gracia se instala en los cuerpos, el ánimo se atempera. Algunos cambios, salvo el primero, suelen notarse a partir de las seis horas de cruzarlo. De no ser así consulte a un especialista.
    Semicircular y fosforescente, el umbral marca la inmovilidad del kilómetro 1661 de la Panamericana Norte. La fría señalización de carretera pretende hacer pasar por alto su verdadero poder:

    Muralismo submarino y verdad al plato en La Espada.


    Atención: en 200 metros,
    Arco Turístico (altura 8,40m.).
    Decenas de reflectores fosforescentes, de aquellos que llevan al final del tapabarro posterior las bicicletas en trance de ser arrolladas, siguen la elipsis del arco. En la cumbre del mismo el escudo de Máncora honra lo significativo de la comarca: dos merlines, un algarrobo, una tabla hawaiana. Un lema recorre y corona secretamente al visitante mientras pasa: Máncora, paraíso del turismo y del amor. Los camioneros sonríen, pero respetan. Examinado de cerca es posible comprobar que El Arco Turístico1 está siendo depredado: faltan varias de las circulinas fosforescentes, pues los forasteros se las llevan como talismanes de serenidad. Quedan resueltas algunas inexplicables sonrisas lejos de la playa.

    2. Las Reglas

    En Máncora un minuto dura media hora. Media hora es una semana. Hay gente que tiene 90 años, pero éstos se dejan sentir como sólo 30 vividos sin prisa. Igual ocurre con las distancias. "A la vuelta" es una expresión que puede abarcar 1000 kilómetros, o en efecto, cinco pasos. Los posibles problemas de desplazamiento que esta amplitud de banda semántica provoque se concilian mediante la hibridez del mototaxi. Consecuentemente, las prioridades se reordenan. Entre las posesiones, difícilmente algo desplaza al traje de baño o las sayonaras2 como bienes irrenunciables. El resto son accesorios de distinto grado de inutilidad.
    A los limeños se les llama colorados, nadie tiene vuelto de 100 soles y cada hombre tiene, mínimo, tres mujeres que querer, alimentar y adorar como única diosa marina.
    La gente llega a esta ciudad por distintas razones, pero todas éstas dejan de ser importantes a partir de la aceptación de sus reglas, ceremonia que suele pactarse con una primera inmersión en sus aguas después de las 5:45 de la tarde y la posterior contemplación de los rastros de sangre que la pesca del día deja en el muelle. Hay un acento mancorino inclusive, pero éste es opcional.

    3. Mancorinas.

    María es la bruja residente del lugar. Bruja no es palabra justa. María es huesera y doctora de chucaques. Si bien instalada en Máncora, María es de la selva y para recordarlo tiene pieles de jaguar en las paredes de su casa, ahí, a la vuelta, detrás de una capilla al lado de la carretera. El chucaque3, usualmente contraído al pasar una vergüenza pública, implica un riesgo de muerte. Otras nociones básicas: cuando sale la luna llena convulsionan los que comen chancho. Con la luna llena las cicatrices duelen más. En Máncora jamás se vende sal de noche4. Toda chita que pretenda ser a la sal debe tener en cuenta este factor5.
    Pilar Yrigoyen, campeona nacional de tabla 1988, llegó hace cuatro años siguiendo la perfección de la ola de Cabo Blanco. Desde entonces su edad es indeterminada. Recuerda vagamente que dejó algunas cosas en Lima. Ahora la mayor parte del tiempo está descalza. En su vida hay niños y un satélite. El satélite está a miles de kilómetros de altura, registra las mareas en Hawaii, las transmite vía Internet, llega a una computadora y Pilar tiene una semana para prepararse: es lo que demoran las olas en viajar de Hawaii a Piura. A los niños les enseña a correr olas. Su esposo Coqui extraña de Lima el Burger King. Ella, por su parte, hace el mejor alfajor de Máncora.

     

    Los Ríos, limeños mancorinos por adopción, que donde habia barro han hecho un hotel. Derecha: Pequeña alumna perdiendo miedo al mar de manos de la profesora Pilar Yrigoyen.

    4. Abastos.

    El restaurante La Espada fue fundado en los años '50. Así lo testimonia una inscripción difícil de ubicar en la fachada. Al interior connotados murales marinos propios de la degustación nacional de productos hidrobiológicos pueblan las paredes. Destaca: un inmenso atún, sombra pacífica aunque acechante detrás de desaprensivo buzo. El artista, autor del gigantismo marisquero de las mejores cebicherías del pueblo, vive a la vuelta, cerca a la reencauchadora Como Cañón II. Hay mancorinos a favor de acabar con la tradición de almorzar siendo observado por el ojo de un calamar gigante pintado al duco. Intimida al comensal, ningunea la escala real del marisco, son algunos de los argumentos en debate.
    Existe, por si acaso, La Espada II. Es una terraza, eso la define y privilegia. Goza de vista al mar, a una comisaría donde básicamente no hay nada que hacer6, y a un viejito que con su honda espanta a los cóndores que se posan en las cercanías de La Espada II. La limpieza de la caca de cóndor exige una complicada combinación de ayudín, sapolio y thinner.
    Sobre la carretera, apostando contra el sueño y cansancio de un camionero fatal, reposa la juguería Las Delicias. Plátanos, piñas, y naranjas7 ecuatorianas, saben muy bien. La hegemonía se compensa gracias a un tv-radio, típico electrodoméstico multiuso de origen fronterizo, que transmite esporádicamente programación nacional. Cuando la licuadora se ocupa de una fruta, el efecto centrífugo se traslada a la pantalla. La vitamina está en la cáscara.

    5. Los Corales

    Ya vengo, me voy a correr tabla a Máncora. Así le dijo César Ríos a su novia Sandra en 1992. A los pocos días César empezó a olvidar, no a Sandra, sino a Lima. Se compró lo que sería la primera combi de Máncora y empezó a trasladar pasajeros desde los aeropuertos de Talara y Tumbes. Estudiaba ingeniería, lo dejó por la ola de Cabo Blanco. Un tanto desesperado por la soledad, se iba a Cancas a buscar conversación en medio de la turba de moscas que hacen de esa caleta la más sucia del Perú. Sandra ven, llamaba. Sandra fue. La antigua Panamericana Norte se había deshecho en 1982. Había un terreno de lodo y piedras donde la gente parqueba su auto. César lo compró por 7 mil dólares. Has pagado demasiado, le decían. Inauguraron el hostal Los Corales en el '93.
    Los Corales tiene ocho cuartos y tres grandes temporadas anuales: fin de año, Semana Santa, 28 de Julio. De estas tres fechas se tiene que vivir. Hasta hace poco había desabastecimiento, como la vez que desapareció el pollo y el agua tónica y todo aquél adicto al ave y al vodka sufría de preocupante neurosis ajena a la localidad. Su hija va al colegio en Organos, la carretera recién ha sido afirmada. El cerro no deja pasar la señal de radio. Han llegado al 2000 sin luz eléctrica. Ya no son limeños. Y no les molesta para nada.

    6. Tunnus Rex

    Máncora tiene 8 mil habitantes y 100 especies de pescados. Toda la gente es buena, pero hay un pescado que es el mejor.
    El atún es un pez crucero. Nada casi constantemente. Goza de gran poder vascular y de elaborada red arterial que lo mantiene siempre más caliente que el agua: El calor aumenta su velocidad. Busca peces de sangre fría a lo largo del peñerío que baja desde Cancas hasta Cabo Blanco a velocidades que pueden alcanzar los 80 Kph.
    Los medallones de atún, bañados en leve salsa8, se doraban lentamente en la parrilla. Nadie había leído una noticia, visto un termómetro o usado medias en 40 años. Había atún crudo también, obscenamente rojo y aeróbico sobre un plato virgen. La carne se deshacía en la boca como un delicioso pecado de mar pleno de vitamina B6.
    En 1629 el rey de España adjudicó la hacienda de Máncora al capitán Martín Alonso Granadino. El origen del nombre se remonta a una leyenda en la que un pescador, al que le faltaba un brazo, rezaba puntualmente en el muelle al caer el sol pidiendo encontrar al culpable de su mutilación. Se hablaba de un atún gigante de 200 kilos, tuerto y de aleta azul que no se había dejado pescar. No se encontrará a nadie que quiera confirmar esta versión. Así son las leyendas.

    ________
    1 Según acuciosa investigación un día de semana al mediodía con 33 grados a la sombra en la Municipalidad de Máncora, el Arco Turístico fue concebido por el ex alcalde Florencio Olivos, hoy prestigioso locutor radial de la localidad.
    2 Simples, eficientes y relativamente inodoras a pesar de su cercania al pie, lamentablemente están siendo sacadas de circulación por reencarnaciones contemporáneas de todo tipo.
    3 Síntoma: inexplicable dolor de cabeza agudo.
    4 Tampoco agujas.
    5 En 1974, la bodeguita El Pacazo vendió una bolsa de sal yodada a las 7 y 10 p.m. Esa misma noche un siniestro devoró el lugar, mientras que tres comensales se atragantaban con las espinas de un mero a la sal cuyo arroz que debía servir de acompañamiento también acabó quemándose.
    6 Salvo el penoso incidente de El Pacazo (aún en investigación) el crimen no existe en Máncora.
    7 Ironía adicional: se llaman Santa Rosa. Devuelvan Tiwinza.
    8 Miel y sillau. César Ríos no quiso decir más.


  • ../secciones/Subir

  •    

       
    Pagina Principal