Edición Nº 1604

 

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    ARTÍCULO

    3 de Febrero de 2000

    Dramas Por Resolver
    Una mirada a las complejidades del proceso histórico chileno a través de un personaje de novela, pero tan real como algunos hombres y mujeres de cuerpo y alma.

    En el Perú, como en otras partes del mundo, el conflicto político chileno -reactivado en los últimos meses debido al caso Pinochet- es visto a veces con cierta simpleza. El autor de estas líneas, sin embargo, retrata, en forma dramática, cómo fue el drama del exilio y la decepción que ambos bandos en pugna -los partidarios del general y los de Allende- provocaron debido a sus humanas debilidades. A través de Javiera, un personaje atormentado por esas decepciones que termina suicidándose (algunos han visto en ella una metáfora de lo que ocurrió con Beatriz, "Tati", la hija de Allende) nos podemos asomar a la densidad de este drama que aún hoy sacude la conciencia de muchos ciudadanos chilenos.

    Parte del capítulo "La Suite" de la novela "La Pasión de Iñaki" escrita por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO(*).


    ESE mediodía del martes diez de octubre, el problema para Javiera no era llegar a la suite del diplomático, en el último piso, sino poder hablarle claro en ese espacio acotado.
    Ella solía burlarse de la paranoia de sus amigos, pero no era sensato ignorar que siempre había micrófonos ocultos. Aparatos que le hacían recordar el viejo refrán campesino "el chuncho canta y el indio muere, no será cierto, pero sucede". Esos escuchas invisibles vivían escondidos en los árboles del jardín, en el interior de los teléfonos, en los pliegues de las cenefas, en las paredes de los dormitorios.
    Además, de improviso surgía un tercero, ese periodista español que quería entrevistarla y ella no supo decirle al amigo diplomático que quería hablarle a solas, de cosas privadas o políticamente delicadas.
    Le quedaba sólo el trecho del pasillo -entre la salida del ascensor y la puerta- para perfeccionar su opción, cuando le dieron unas ganas incontenibles de reír. "Qué tonta", se dijo, sacudiendo la cabeza. Estaba pensando como si después de hoy tuviera algo que perder. Tomando precauciones por un diplomático que bien sabrá cuidarse solo.
    El diplomático, un hombre maduro, atildado, con un bigote daliniano, la miró con admiración sincera. Cada vez que la veía pensaba lo mismo: si Dios le hubiera dado el gusto por las mujeres, la que tenía al frente colmaría sus expectativas. Pese a sus jeans sencillos, a su carencia de afeites, joyas o colgajos, Javiera irradiaba elegancia y señorío. Su cuello delgado, sus ojos, su figura, su voz, su pelo, su inteligencia... su tristeza. Comprobó, de reojo, que su amigo periodista sí la miraba con los ojos de hombre-lobo que él no podía tener. Sacó una botella de whisky, ya tenía el hielo preparado, sirvió tres vasos bien llenos y puso como música de fondo un concierto de rock, ideal para interferir micrófonos secretos.

    Los que lo sufrieron hasta las últimas consecuencias.Derecha, Los que quieren al general a pesar de sus barbaridades.


    Convinieron en que la entrevista se haría de inmediato, pues el periodista tenía que partir corriendo a cubrir un discurso del Líder, sobre los acontecimientos en Europa del Este. Prometía estar sabroso, pues los comunistas húngaros acababan de renunciar a su nombre, los comunistas polacos pasaban a la oposición, Yugoslavia estaba desintegrándose y Gorbachov acababa de sacar tarjeta amarilla a Honecker. "Que lo diga rápido y corto, antes que se le caiga el muro de Berlín", bromeó el diplomático, demostrando que los escuchas ocultos lo tenían sin cuidado.
    Pero, tras las fotos y a poco de empezar el rito de las preguntas y respuestas, todos comprendieron que el Líder tendría que empezar a hablar con un periodista menos. El español, fascinado con Javiera, preguntaba, repreguntaba y ella respondía sin vacilaciones. Sin eludir temas. Ya al comenzar había reconocido que, a plena conciencia, decidía aprovechar una tribuna repudiada por los "compañeros", para decir cosas que no se debían decir...
    En primer lugar, no responderé si yo, mi marido, si el movimiento en el que ambos militamos -ahora me considero marginada-, estuvimos equivocados o no. Eso ya no me importa. La política, que entendimos como un producto ampliado del amor, sólo tuvo sentido con él, con ellos. Con los camaradas de entonces, empezando por Miguel. "La causa" era ese grupo. Nacimos a la revolución como quien se asoma a su primer hombre, a su primera mujer. Con una pureza revolucionaria equivalente a la fe de los santos, la inspiración de los poetas. Fue un período feliz, fantástico y yo sigo convencida de que, aunque derrotados, aportamos algo importante a la historia del país. Tú, como periodista, puedes hablar de locuras de juventud, si quieres. Yo lo he pensado. Mi conclusión es que sí. Que fue una locura necesaria, porque hacía falta ese tipo de locos. ¿Responsables por haber asustado a la gente?... Quizás, pero no lo pretendimos. Simplemente, estábamos asqueados de la política como juego de verdades o mentiras a medias. Como compromiso mercantil: "me meto al partido equis para tener tal o cual empleo, para ser candidato a esto o a eso otro, para tener auto con chofer y viajes con gastos de representación". No, nunca percibí que los militares pensaran de manera semejante a nosotros... Y ahora que lo dices, una de las cosas que nos echaban en cara era nuestro "militarismo". Bueno, quizás también los militares tienen ideas sobre el uso de la fuerza para establecer un mundo más justo. Porque ésa fue nuestra motivación: luchar de verdad, no sólo con las palabras, por derribar las estructuras de injusticia. Un compromiso vital con las ideas. Estábamos dispuestos a morir por ellas, pero no a matar. ¿Escandalizarse mis padres?... El, jamás. Sin ser ningún reaccionario, pensaba distinto, pero me dejaba actuar. No quería interferir porque era, es, un hombre sabio. Por cierto, entonces yo no le perdonaba su aparente pasividad. Como lo amaba y admiraba, pensaba que debía estar también conmigo en la locura poética. Como cuando nos confabulábamos para burlar la vigilancia de mamá. Yo con mis "pololos'", como decimos en Chile y él quien sabe con quién. Nos juntábamos de madrugada, en un lugar convenido, para llegar a casa lo más tarde posible, con la excusa de haber estado juntos. Mamá sí, se escandalizaba. Puso el grito en el cielo cuando le dije que no me pensaba casar; que viviría con mi compañero sin necesidad de papeles ni sacramentos. Después tuvimos que darle en el gusto, porque papá nos convenció. Con mi marido pensábamos que antes que formar un hogar había que hacer la revolución. Papá solía decirme cosas que recuerdo siempre. Por ejemplo, que una sabe cómo comienzan las pasiones, cómo se meten en el alma, pero no puede saber cómo las perciben los demás ("por eso los poetas y los locos son primos hermanos", agregaba). Sí, categóricamente sí: nos sorprendió la reacción de los militares. Nos habíamos acostumbrado al susto, la ira, la reacción más o menos brutal de "los momios". Era vivir en un mundo exaltado y exaltante. Pero vivir, no morir. Nunca creímos que, de un día para otro, ese juego aventurero iba a ser reemplazado por un juego de masacre. Que todos esos militares que desfilaban tan bonito, con uniformes tan impecables, con modales tan caballerosos, tan neutrales con los políticos, iban a tomar partido por nuestros enemigos. Sin dividirse, sin romperse. Menos pensábamos que de ellos surgirían monstruos, capaces no sólo de matar, sino de torturar y violar a personas inermes, viejos, jóvenes, mujeres. No, no diré nada sobre mis propios sufrimientos. Lo que me pasó a mí, por más de diez años me lo he tragado y ya no tiene sentido acusar. Por supuesto soy partidaria de la reconciliación. ¿Perdonar a mis torturadores?... ¡Pero si nadie me ha pedido perdón! Eso es otro problema. Además, yo creo en la sanción social. A pocos se les ocurriría invitar a su casa a un sargento violador, un coronel torturador, un general asesino. Un delincuente es un delincuente aunque vista uniforme de gala. Si no hay justicia en los tribunales, la habrá en otra parte. De partida, en la conciencia de la gente. ¿Qué quiere que le diga sobre Cuba? ¿Cómo la miraba antes y ahora? Los cubanos fueron mis ídolos. Yo tenía sólo siete años cuando entraron a La Habana como dioses griegos. Sus imágenes, el Che de boina, con el brazo enyesado, Fidel con una paloma, quedaron grabadas en mi memoria. Después, tenía dieciocho años, llegó el Chicho -el presidente Allende- a La Moneda y sentí gusto a poco. Algo así como épica traicionada, porque estaba comparando a ese caballero impecable, de larga carrera política, con los barbudos románticos de mi infancia. Ahora tengo la sospecha de que Allende nos miraba tal como papá me miraba a mí. Pensando que había que dejarnos madurar solitos. Sin forzarnos, pero sin sospechar que no había tiempo. Sí, sí, de acuerdo: no tuvimos tiempo para madurar en Chile, pero sí para ver que aquí, en Cuba, los héroes juveniles se convertían en jerarcas maduros, permanentes. Más que un elenco estable: un elenco inamovible. Para serte franca, no me gusta nada, y entiendo que, sin cambios en el poder, todos, en cualquier parte, están sujetos a corrupción. No digo que los líderes cubanos roben. Pero hay corrupción cuando todo se mira según sea bueno o malo para seguir mandando. En el Chile de Allende, unos compañeros de otro partido se dedicaron a eso que ahora llaman "tráfico de influencias", sacando ganancias extras, comisiones brujas, con un razonamiento simple: ellos eran revolucionarios y la plata que sacaban, con maniobras raras, era para cumplir funciones revolucionarias. Eso me chocó desde que lo supe, porque era un síntoma de corrupción. No, no me consta que en Cuba haya facilidades para los narcos, ni para el contrabando de los soldados que vuelven de Africa. Cierto, son cosas que se comentan en todas partes. O se justifican: que el bloqueo, que la falta de moneda dura, que la revolución debe defenderse. Las mismas razones, en el fondo, que daban esos compañeritos en Chile. Por supuesto. Aunque no lo creas, voy a responder esa pregunta: sí, creo que hay que ir a las elecciones, en Chile. Según mi padre, la prueba de fuego de un jefe es transformar su liderazgo temporal en instituciones permanentes. En Cuba, cuando se acabe Fidel, sabe Dios lo que va a pasar. No, no aplaudo a Pinochet. No he cambiado de modo de pensar sobre el fondo de las cosas. Es decir, sobre el amor y la revolución. El puso demasiada sangre entre nosotros.

    La novela y el autor. Los comentarios han sido favorables pero tímidos, tal vez porque tocan algunas fibras íntimas del ser chileno.


    Cuando el periodista apagó el magnetófono, se produjo un silencio espeso. Luego él explicó que, al principio, había pensado en un reportaje-encuesta a varios políticos exiliados en la isla. Ahora, ésta sería una entrevista individual a todo despliegue, porque (imitando el dejo cubano) "esto es candela, chica". Hasta adelantaba que el título sería "Pinochet da lección a Fidel" u otro peor, con una bajadilla que explicara "según asilada chilena en Cuba".
    Miró significativamente a Javiera, vació su whisky y le dijo que, según su experiencia, todos los disidentes, de cualquier parte, piden hablar off the record. El era receptivo a esos pedidos, pues conocía el monstruo por dentro. Vivió años en Moscú, como corresponsal de una agencia. La vida no sería cómoda, para ella, cuando llegara la primera copia de la entrevista. En el fondo, el periodista estaba buscando algún pretexto para la autocensura. Sin decirlo derechamente, estaba advirtiéndole, rogándole, que le pusiera cortapisas, pero Javiera lo tranquilizó con una sonrisa. "Yo me sé cuidar sola", le dijo.
    El diplomático se atusó el bigotillo, miró la hora y advirtió al entrevistador que, si se iba en su auto -el chofer lo esperaba abajo-, aún llegaría a tiempo para escuchar la última hora del discurso del Líder Máximo.
    Cuando quedaron solos, el diplomático dijo que él tampoco comprendía tanta audacia. Mirándola fijo, le advirtió que había cierta diferencia entre conversaciones indiscretas que se graban de manera subrepticia y lanzar tremendas verdades a través de un diario de impacto mundial. O tal vez era una táctica premeditada de Javiera, visto lo mal que andaban las gestiones iniciadas en Santiago. Ella sabría, seguro, que el líder mirista que se ofreció como canje había muerto la semana pasada, tras un intento de fuga.
    -Digamos, "ley de fuga" -corrigió Javiera, que también había leído la información en el diario Granma.
    Pero no. Ella negó que fuera una cuestión táctica. Trató de explicarle que la autocensura la había martirizado demasiado. Más de diez años...
    Estaba descubriendo el placer exótico de decir lo que pensaba. Estaba cansada de andar pidiendo disculpas por todo: por tener el pelo y los ojos claros, por ser hija de su padre, por no ser campesina ni obrera, por no estar combatiendo contra el tirano en "el interior". Si el amigo periodista quería titular "Corrupción en Cuba: confesiones de una exiliada chilena", era cosa de él. Ella no iba a sufrir más de lo que ya había sufrido...
    -Lo que no entiendo es por qué tu padre no consigue una pura y simple autorización de retorno -interrogó el diplomático, cambiando prudentemente de tema.
    Entonces ella explicó que todas esas cosas se habían pensado y repensado a lo largo de los años... Era impensable que ella aceptara volver a Chile con la cola entre las piernas, en vez de estar luchando, afuera, para derribar la dictadura. Tampoco los servicios secretos chilenos la iban a dejar tranquila si el dictador la dejaba volver. Después, vino el problema de sus supuestos conocimientos sobre "materias estratégicas". Se dictaminó, aquí en La Habana, que no era seguro para los combatientes chilenos ni para la revolución cubana que ella volviera a Chile.
    Javiera apuró un sorbo de su vaso y agregó que a esta altura de los años, con su marido muerto en Nicaragua, con experiencias traumáticas en la RDA, separada de sus padres, comprendía mejor lo que había sucedido, lo que seguía sucediendo con su vida. Era cierto que la letra entraba con sangre y su padre, de inmediato, captó la nueva onda. Percibió que ya no sería tan grave, para ella, aceptar una autorización de retorno. El problema mayor consistía, ahora, en estimular al gobierno cubano para que la dejara partir. Así nació la idea del canje. Inducida, tal vez, por el éxito que tuvo el dictador con el canje del jefe comunista. Pero en La Habana ya habían aprendido todos los trucos de cualquier burocracia. Nunca decir que no. Pedir papeles y más papeles. Tramitar, postergar y perder esos papeles... Javiera sabía que se la acusaba de "doble agente" y se reconocía "apestada": no se la invitaba a reuniones políticas, prácticamente no tenía trabajo, nadie quería ser identificado como amigo de ella. Quienes sí se le acercaban, no tardaban en demostrar que sólo querían aprovecharse de su supuesto desamparo. Jefes intermedios, a veces dirigentes importantes, sugerían o decían claramente que, desde la cama, podrían abrirle muchas puertas...
    Javiera comunicó a su anfitrión que tenía un nuevo plan. Para eso había venido. Estaba en La Habana un viejo conocido de su padre, Gino Cappello italiano, empresario hotelero de nivel transnacional. Uno de esos millonarios calvitos que, últimamente, salían en todas las fotos. El régimen los mimaba y promocionaba como a los guerrilleros de los años dorados. Visto como estaban las cosas, Cappello tendría más influencia política que cualquier dirigente político de otro país. La idea era ser contratada como representante de su empresa, aunque no se le pagara un centavo. El empresario la pondría en su nómina local y, en el corto plazo, la trasladaría a sus oficinas en Miami o a cualquier otra parte del mundo. Sería difícil decirle que eso estaba prohibido, si querían que siguiera invirtiendo. De ahí en adelante, buscar domicilio sería asunto de ella.
    En ese momento Javiera se dio vuelta, miró a los ojos al diplomático y le dijo que había tomado contacto indirecto con el personaje, para citarlo al departamento donde estaban ahora. Quedaron en que el diplomático lo encontraría "casualmente" en el bar del hotel y lo haría subir. El empresario lo reconocería sin problemas, pues lo había visto en fotografías de prensa. Ella prefería esperar en la suite, para evitar sospechas de los tantísimos "sapos" que merodeaban por el hotel. Así tendría a su favor, además, el factor sorpresa.
    Javiera miró su reloj y anunció que el señor Cappello llegaría en cinco minutos más. "Por favor, no hay que hacerlo esperar", suplicó.
    El diplomático meneó la cabeza y sonrió. Todo lo anterior lo había dicho Javiera en voz baja y con fondo musical alto. Con frases llenas de subentendidos y reforzamiento de señas. "Por tu culpa me van a declarar persona non grata", susurró, mientras vaciaba su vaso. Llenó nuevamente el de Javiera y dejó la botella en la mesita de centro. Ella debía atenderse sola, mientras él iba a cumplir con su mandado.
    A solas en la sala, Javiera sacó de su bolso papel, sobre y lapicero. Escribió unas pocas líneas, metió el papel dentro del sobre y dejó éste, sin cerrar, sobre la mesita. Total, de todos modos lo iban a abrir antes de que llegara a su destinatario, reflexionó.
    Casi un cuarto de hora estuvo el diplomático, entre el bar y la recepción, esperando a Cappello. Ningún señor calvito, sesentón, de anteojos, se le acercó... Lástima lo del canje frustrado, pensó. Sobre todo porque, estaba visto, estos empresarios no llegaban a Cuba para practicar la caridad con el prójimo ni la solidaridad con los perseguidos.
    En el ascensor, de vuelta a su suite, decidió que tenía que presionar a su propia Cancillería. Ir más allá de la mera función de enlace o de estafeta. A sabiendas, por cierto, de lo difícil que fue establecer un canal seguro para la correspondencia entre Javiera y su padre. Hasta a eso se oponía el embajador de su país en Chile. Pero, tras la publicación de la entrevista de su amigo, Javiera sería un "caso" a nivel de Comunidad Europea y el ministro podría considerar oportuno rescatarla. Beneficioso para su imagen. Era posible que ese curso de acción tuviera más posibilidades de éxito que el visualizado por ella. Le diría que se olvidara del señor Cappello y que apretara los dientes. La chica merecía todo el apoyo del mundo. El se lo daría, para comenzar.
    Abrió la puerta con el discurso preparado y no la vio por ninguna parte. Estará en el baño, pensó, pero el baño estaba vacío. O habría bajado al lobby y se cruzaron en el camino. Volvió a la sala y sólo en ese momento se le ocurrió levantar la vista. Entonces la vio de frente, sentada sobre el alféizar de la terraza, mirando fijamente un punto enigmático detrás suyo. Traspasándolo con la mirada, como si no pudiera verlo.
    En una fracción de segundo todo quedó claro para él. Comprendió, de súbito, por qué le pidió encontrarse en el hotel, su desprecio olímpico a los escuchas ocultos, el coraje insólito ante las preguntas del periodista. La Javiera desafiante de la entrevista era una Javiera asumiendo su única manera de vencer, porque, en cuanto a un proyecto de vida normal, ya había aceptado una derrota tan definitiva como irrevocable...
    En un momento él creyó que ella le estaba sonriendo y enviando un beso volado. Ultimo cariño para el buen amigo, que no tenía por qué sufrir las molestias que sobrevendrían. El diplomático sintió que su vista se empañaba y, a través de sus lágrimas, la vio echándose hacia atrás, lentamente, como en una pesadilla, desafiando las leyes de gravedad, mirándolo siempre, hasta que desapareció en el vacío...

    _________
    * José Rodríguez Elizondo, intelectual y periodista chileno, trabajó en CARETAS durante 8 años, tras huir de la dictadura pinochetista. Posteriormente fue funcionario de su Cancillería y de las Naciones Unidas. Actualmente es el embajador de su país en Israel.


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