Ventura y Desventura de García Calderón
Un personaje que crece más allá de las polémicas y el siglo.

Hace 40 años, el 27 de octubre de 1959, murió Ventura García Calderón en París. La historia, no el azar, habían hecho que naciera en esa misma ciudad, el 23 de febrero de 1886: su padre, Francisco García Calderón, fue el presidente de la República que por no acceder a la mutilación del Perú, fue remitido prisionero a Chile, y luego marchó al exilio parisiense. Ventura vivió casi todo el tiempo en el exterior, pero pasó buena parte de su infancia y su juventud en el Perú. Presenció el '95 con balas, el de la revolución de Nicolás de Piérola, desde su casona del centro de Lima, donde aprendió a "esquivar el proyectil que atraviesa la blanda quincha de las paredes". El siguiente texto traza una imagen de este personaje que mantiene vigencia como maestro de cultura y peruanidad, y como heraldo de un Perú en que no haya prejuicios raciales, ni abismo social, ni intolerancia política.

Ventura, hombre de talla imponente en lo físico, era un artista refinado en prosa y verso.

VENTURA García Calderón es uno de los personajes más extraordinarios de la cultura peruana de todos los tiempos. No temo exagerar si lo ubico como el más culto y refinado de los cronistas latinoamericanos del siglo XX y uno de los más altos exponentes en nuestro idioma de eso que los alemanes definen, con acierto, como prosa artística. Tuvo, además, una existencia rica en aventuras.
Sé que para muchos herejes esto puede sonar a herejía. No hay tal cosa. Ventura García Calderón es un ser admirable, más allá de generaciones, ideologías o partidos. "De ninguna gloria extinta renunciamos", escribió en Materiales para un Discurso a la Nación Peruana. Estimo que las actuales y las futuras generaciones de peruanos, en particular escritores y periodistas, no sabrán lo que se pierden si no se encuentran con Ventura.
En las polémicas de los años treinta, Manuel Seoane, apuntalado por Luis Alberto Sánchez, escribió en "La Tribuna" un artículo en apariencia demoledor titulado "Filtrando a los García Calderón".
El texto presentaba a los hermanos Francisco y Ventura como encarnación del oligárquico Partido Civil. En suma, el texto inicialmente publicado anónimamente sostenía: "Si buscáramos la diferencia sustantiva entre la generación de 1905 y la de 1920 habríamos de afirmar que consiste en el sentido individual de la primera y el sentido social de la segunda". "La generación de 1905 amó el adjetivo y la frase. La generación de 1920 cultiva la estadística".
No era exacto lo referente a la primera, puesto que generalizaba en demasía. No es lo mismo la prosa rica en adjetivos de José de la Riva-Agüero y el estilo sobrio de Francisco García Calderón, o el preciso como un estilete de Ventura. Por lo demás, la estadística es sólo un instrumento. George J. Stigler, Premio Nobel de Economía 1982, ha recordado que la verdad existió antes de que se inventara la estadística.

Primera cuadra del jirón Trujillo, hacia 1900. El escritor vivió en esa Lima de aire apacible.

Se reprochó a los García Calderón desconocimiento y hasta desamor del Perú. Absolutamente falso. Se puede discrepar con juicios políticos de Francisco, sobre todo los referentes a la necesidad de dictaduras ilustradas, incluida la de Porfirio Díaz (¡!); pero hay que recordar que eso era un poco un sello de generación en la gente ilustrada de nuestra América a principios de siglo.
En todo caso, ambos hermanos tuvieron siempre al Perú y los peruanos como norte de su pensamiento y su dolor.
Ventura se labró una temprana gloria europea; pero nunca olvidó a los peruanos, incluidos los más abatidos. "Algunos de nosotros", escribió en el intenso ensayo ya mencionado, "proponía hace ya veinte años una cátedra obligatoria de lenguaje quechua en la Universidad de San Marcos para entendernos con nuestro hermano indio".

DE ARMAS TOMAR

Ciertamente, Ventura no procedía de familia menesterosa. Tampoco era, como Riva Agüero, muchacho acaudalado. Pertenecían, eso sí, a esas familias patricias que, a diferencia de los nuevos ricos de hoy, poseían vastas bibliotecas con libros que leían. Aún no se habían patentado los best-sellers.
Como tampoco existía entonces la Universidad Católica, Ventura fue sanmarquino. En esa época la Casona no se había aún erigido en baluarte de clase media pobre. Era ya, para plagiar a Juan Gonzalo Rose, "foro de inquietudes, plaza de victorias".
Un episodio basta para indicar la hombría de Ventura. Ocurrió en 1911, cuando Augusto Bernardino Leguía, ya con ínfulas de tirano, hizo apresar a Riva-Agüero, también alumno de San Marcos, porque éste había protestado frente a una negación de amnistía para conjurados contra su régimen. La prisión del futuro marqués indignó a los estudiantes. Ventura cuenta cómo, después de un discurso del extraordinario orador que era José María de la Jara y Ureta, la muchachada se enardeció.
Cuenta Ventura: "Entonces grito yo: `¡A Palacio!' y la juventud nos sigue hasta la Plaza de Armas, donde la guardia montada persigue a los manifestantes con el sable al aire. Suenan algunos disparos. Nos matan a un estudiante, desbaratando al grupo que nos sigue. Un mozo de veintiséis años se ha quedado solo y vociferando. Sin armas, con un bastón en la mano, cogiendo la brida de los caballos para increpar a los jinetes, consigue llegar a una puerta lateral del Palacio en donde la guardia poniéndole las bayonetas al pecho quiere en vano detener al energúmeno. Ya sube por un corredor solitario del Ministerio de Relaciones Exteriores convocando a gritos e injurias al ministro que llega todo lívido y balbucea: `Cálmese usted, doctor'. Sacudiéndole por las solapas con las mejores injurias de su repertorio limeño, el energúmeno exige la libertad de Riva-Agüero si no se quiere que la ciudad amotinada termine en revolución lo que tan bien ha comenzado. El desventurado Salazar y Oyarzábal se ausenta durante algunos minutos para "consultar el caso con el Presidente'. Ya regresa, más suave y adamado que nunca, para jurar que el Presidente se compromete a dejar libre a Riva-Agüero y que, dentro de pocos momentos, lo conducirán al Club Nacional. ¿Puedo agregar que este joven quijotesco y vociferante se llamaba Ventura García Calderón?"

Riva-Agüero y Chocano, hombres del 900, fueron amigos de Ventura y Francisco García Calderón.

En "Generación sin maestros", en que coloca en la picota a Ricardo Palma, Manuel González Prada y José Santos Chocano, cuenta de éste, su contemporáneo y pariente, una escena de sainete. El joven poeta acaba de declamar su "Canto a España" ante Ramón Menéndez Pidal en el Palacio de la Exposición, y luego se va con sus amigos a "El Comercio", para revisar la crónica del acto.
"Cuando llega a su nombre, que no lleva en esos papeles el adjetivo altisonante que Chocano cree siempre merecer, nos mira, como asombrado, y murmura: `¿El poeta Chocano, simplemente? El genial poeta, ¿no es cierto? El cantor de América".
La escena se volvió a repetir cada vez que se mencionaba a Chocano en ese texto. "Acabamos, claro está, por sonreír", escribe Ventura. "No sabíamos que todo Chocano estaba en ese impudor y que toda una escuela de cachorruelos, sin la excusa del genio verbal, iba a salir de aquella desfachatez infatuada y de aquel narcisismo delirante".

JOYAS DE LA PALABRA

Se suele creer que la belleza del estilo es artificio de superficie. En verdad, el gran estilo extrae su belleza de las entrañas de la idea. Leer a Ventura el narrador -que no tenía por qué ser sociólogo o antropólogo-, el ensayista o el cronista, es un deleite sin tregua. A joy for ever, que dijo John Keats. Leamos tres gemas que escribió en 1924 sobre José Martí: "Ha querido a mujeres de carne; pero su novia se llama Cuba". "Excúsanos, Bolívar, y tú, lugarteniente de la gloria, San Martín, si en la capilla de los libertadores elegimos por más cercano intercesor a este hombre de letras que lleva terciado el fusil a la espalda como un gajo de cruz". "Lo que hoy parece envejecido y oxidado, ese frenesí de libertad de los abuelos, esa sublime inmolación de prebendas para que el negro y el indio pudieran comer en la mesa de todos, lo comprendemos mejor merced a Martí, que ha rejuvenecido los tropos republicanos."
En sus Materiales para un Discurso a la Nación Peruana cinceló a punta de historia esta frase: "No creemos en razas inferiores ni dudamos un punto en su amalgama coherente. Y va más lejos la temeridad de nuestro amor. En ese conjunto de manera de sentir y de enfocar la vida, que constituye una civilización, ninguna divergencia nos sobra."
Cierro, con ansias de seguir, con estas palabras del inmenso Ventura, al que venero aunque no lo acepte en bloque: "Es preciso, poetas, que en las sumidades urbanas alguien vele repitiendo, como un telegrafista de lo invisible, el llamado que no tiene respuesta, para que siquiera dure en el mundo la dignidad humana de la pregunta."


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