Todos Vuelven a IRSE
Nueva oleada migratoria hacia el exterior estaría gestándose debido al desempleo y la desesperanza social.

Se supone que estamos bien, que la economía ha salido de su estado de coma y que los laberintosos, aunque escasos, brotes subversivos ya no asustan a nadie. Así lo predican los oficialistas de todo perfil. Pero basta una mirada a cualquier entorno familiar y a ciertas cifras para dudar de este entusiasmo. Desde el año 90 a la actualidad habrían salido del país -para no volver- no menos de 360 mil personas. El último campanazo se escuchó en Chile y Argentina, cuando compatriotas nuestros sufrieron arrebatos xenófobos. Luego vino la deserción -a la cubana- de tres integrantes de nuestra delegación a los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá. ¿Otra "campaña de la oposición"? Ciertamente esto no se resolverá con slogans empeñosos ("Perú, país con futuro"). La emigración nos remite a problemas tan concretos como el desempleo y tan hondos como la identidad y la autoestima. La verdad es que tras la captura de Abimael Guzmán y la baja de la inflación, nuevos fantasmas ahuyentan las ganas de quedarse. Mejor enfrentarlos, antes que patalear en nombre de una estabilidad que, a pocos meses de las elecciones, parece tan nebulosa como el cielo limeño.

Un abrazo que pretende detener el tiempo. Todos los días, en el aeropuerto internacional Jorge Chávez, ocurren escenas como ésta. Suelen ser el preludio de un largo viaje.

Escribe
RAMIRO ESCOBAR LA CRUZ.

"Acá no hay oportunidades". "Allá gano el triple trabajando la mitad". "Me voy por este gobierno autoritario". "Quiero vivir mejor". "No hay seguridad". "¿Futuro? ¿Cuál futuro?". "Me cansa la pobreza". "Oiga... ¿y para qué pregunta si ya sabe por qué nos vamos?".
Como en un coro polifónico, de distintos tonos pero un solo ritmo, estas voces explican por qué abandonan el barco donde ya no se sienten felices. En la zona de embarque internacional del aeropuerto Jorge Chávez y en la puerta de algunas embajadas (haciendo cola para la visa) hay un lamento por este nuestro país.
No estamos, es verdad, en los años 89 y 90, cuando la explosiva combinación de violencia política y shocks económicos casi provocan una suerte de estampida hacia otros territorios (ver cuadro). Pero desde 1996, coincidiendo con el desempleo galopante y la recesión, la búsqueda de otros horizontes ha crecido, como una espuma de insatisfacción social.
Acaso un primer síntoma de este éxodo en cierne está en la confusión de las cifras. No hay acuerdo. Para la Defensoría del Pueblo son 1'200,000 los peruanos que viven en el exterior; para la Dirección de Migraciones (dato que conseguimos por un tercero, debido a los engorrosos trámites) serían 1'500,000; y para el antropólogo Teófilo Altamirano, experto en el tema, serían más de 1'760,000 los autoexpatriados.

Congestión viajera en la zona de embarque internacional. Durante las madrugadas y las noches (horario principal de vuelos al exterior) se observa una afluencia creciente.

Todos son estimados por una peregrina razón: se sabe cuántos salen (por ejemplo 576,727 en 1997), pero no cuántos vuelven. En diversas embajadas se solicita visa de turista, a veces jurando por las once mil vírgenes que pronto se volverá, pero el boleto de retorno ya está roto de antemano.
Un ejemplo algo beato. El año pasado, durante una peregrinación organizada para asistir en Roma a la beatificación del padre Daniel Comboni, fundador de la aguerrida orden misionera de los combonianos, varios de los asistentes optaron por quedarse en Italia de misión indefinida. No les importó que uno de los organizadores se quedara con los pasaportes de todos ellos.
El embajador Carlos Gamarra, director general de Asuntos Consulares de la Cancillería, pareció confirmar esta tendencia el pasado 27 de setiembre en el Congreso, al sostener que cerca del 50 por ciento de quienes viven en el exterior son "ilegales". Aclaración humanista, hecha por dos españoles residentes: se puede ser indocumentado, pero no ilegal. Los derechos de uno no están supeditados al registro migratorio.

Altamirano calcula que, indocumentados o no, son unos 50 mil los que anualmente se quedan y que esto va para arriba. El flujo de emigrantes, además, ha sufrido cambios direccionales. Estados Unidos es aún la gran Meca que fascina a muchos, pero las pasiones australianas o venezolanas de hace algunos años han sido reemplazadas por las locas ilusiones argentinas, chilenas y hasta bolivianas.
Cifras al canto. Argentina: unos 100 mil peruanos. Chile: cerca de 60 mil. Bolivia: más de 40 mil. La huida a estos países alberga una coincidencia clasista: proviene en su mayoría de los sectores C y D (el sector E no puede irse ni siquiera al pueblo más cercano) y está principalmente dirigida al servicio doméstico. Salvo en Bolivia, donde lo que atrae es cualquier trabajo, de los que acá nunca abundan.
Otro destino de moda es Canadá, adonde recalaron los luchadores Lucio Vásquez y Luis Bazán, así como el boxeador Leonardo Rojas, miembros de nuestra delegación a los Juegos Panamericanos de Winnipeg. Unos 35 mil compatriotas viven en esa tierra, bastante helada para nuestras costumbres, pero abrigadora si ofrece un empleo.
Europa, por su parte, y en especial España (entre 75 mil y 100 mil peruanos vivirían allí, aunque se discrepa sobre la cifra), continúa siendo un destino tradicional, a pesar de lo caro y competitivo. El Viejo Mundo guarda para los inmigrantes varios oficios, caídos en desuso para los propios europeos: el cuidado de ancianos, la limpieza de las casa, hasta la cariñosa vigilancia de canes.

En Japón, el entusiasmo que otrora incitaba incluso operaciones para rasgarse los ojos se ha apagado un poco, acaso como la popularidad presidencial. A diferencia de Estados Unidos, donde se puede surgir a punta de persistencia, el imperio del sol naciente suele confinar a sus hijos adoptivos al inexorable destino de obrero. Honradez, tecnología y trabajo, pero nada más.
Esas son las rutas, faltan los motivos. El primero de ellos, cantado a voz en cuello por los emigrantes es el desempleo. Es lo que ahora asusta, lo que atenta contra la dignidad familiar. Machacaremos una nunca bien escondida cifra: 230 mil peruanos pasan a la categoría de desempleados cada año (Padre Juan Julio Wicht, dixit).
Un problema de escasez. O de dimensiones. La empleada del hogar que gana en nuestro medio, con la bendición de Sarita Colonia, unos 600 soles, en Argentina o Chile puede percibir hasta 500 dólares. Simplemente se iría, como tantas otras que prefieren la distancia al sufrimiento en casa.
Hay otras motivaciones que remueven el alma de un emigrante en potencia. Altamirano las llama valorativas y tienen que ver con la autoestima (ver CARETAS 1572) o con cuestiones tan ajochantes como el caos vehicular, la inestabilidad política y la violencia callejera. La imagen de los países destino (a veces demasiado inflada) funciona entonces como aparente paraíso exento de esos males.

Protesta pacífica de peruanos en EE.UU. Llegaron con sus propios zapatos y ahora no quieren irse. Según el antropólogo Teófilo Altamirano, Norteamérica alberga a unos 700 mil compatriotas nuestros y a 477 asociaciones que muchos de ellos conforman, entre ellos el Club Arequipa International y el Centro Social Cultural Occros de Connecticut.

Un nuevo factor, sin embargo, ha venido a matizar este firmamento de anhelos. La cacareada globalización provoca, según el antropólogo, un doble efecto. Por un lado aumenta la atracción hacia otras latitudes tenidas como más prometedoras. Paralelamente, vuelve más realistas a los candidatos a la fuga. Un noticiero de televisión por cable suele mostrar las grandezas y miserias de su país de origen, sin afanes turísticos.
Pero lo más descorazonador es algo en lo que Altamirano coincide con cierto sentido común: la emigración se lleva a los mejores. No son los tímidos, los conformistas los que se van. Como si se tratara de la cruel selección natural, son los más fuertes los que sobreviven al duro trance de la emigración. Son los de mente, corazón y poros abiertos los que logran adaptarse.
A la creencia, con frecuencia exagerada, de que "los peruanos tenemos fama de ladrones" (fama en realidad amasada por un ínfimo pero notorio grupo de emigrantes) puede oponerse otra constatación más noble: difícilmente un peruano pide limosna en el extranjero. En la cruda realidad de otro mundo, de otra cultura, la cerviz nunca, nunca se humilla.
Muchos se van. Los sectores A y B a estudiar, o a disfrutar de la globalización en cualquier parte. Los sectores C y D -la gran masa emigrante- en busca de un futuro acá esfumado. A todos, o casi todos, los asalta la incertidumbre y la política los asquea. ¿Tienen algo que decirles, señores candidatos inciertos?



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