Pucha, Los Chavéz

Por LORENA TUDELA LOVEDAY

YO no te he contado: cuando yo tenía tres años a mi papi lo nombraron embajador en Caracas, hija, y nos fuimos a vivir allá. Pucha, yo me acuerdo sólo de dos cosas, del calor y de Yunque. Sobre el calor, qué quieres que te diga, cuando te suda, te suda, así estés en Guanajuato o en Sebastopol. En cambio sí te quiero contar de Yunque, hija, porque la vida me lo ha vuelto a colocar delante de las narices.
Yunque le puso de apodo mi papi a Chávez, su chofer, ¿ya?, que era una especie de sargento tropical asignado por el gobierno, hija, sin cuello, con los pelos chutos que le nacían a medio centímetro del origen inferior de la frente, un cuerpo de ropero de abuela pero de los de alcanfor, la mirada llena de petróleo crudo y las cejas siempre juntas en una expresión que todo el tiempo demandaba respuestas a lo insondable que sólo puede caber en el espacio eterno de la quinta parte de una sinapsis con modorra caribeña, no sé si me entiendes. Y eso de Yunque surgió un día en que, pucha, o sea, mi mami necesitaba que le pusieran un clavo en la pared de su cuarto de costura, se lo pidió a Chávez, éste agarró el martillo y sabrá Dios por qué asociación libre, pucha, se mandó a sí mismo un martillazo en la cabeza que le juntó todavía más las cejas hasta hacérselas una por varias horas, y hasta salieron chispas como en una fragua, qué más puedo añadir.
Me acuerdo clarito, hija, que cuando Yunque nos llevaba al centro de la ciudad para algo y se le cruzaba otro auto, pucha, ¿sabes lo que hacía?: se bajaba, le rompía la puerta al piloto a patadas, le craquelaba el parabrisas con un cabezazo, le orinaba la llanta y después, pucha, como si acabara de prepararnos una cestita de mazapán, regresaba al carro y nos decía, "estos choferes son como los alacranes: si uno no los para a tiempo, se convierten en dragones"; hija, y como si nada zampaba la pata al acelerador y nos metía a quinientos por hora por unas autopistas nuevecitas con una guaracha en el radio a un millón de decibeles, jamás lo olvidaré.
Yunque a veces me llevaba a mis clases de piano, hija, y en el camino yo le preguntaba por su familia porque dicho sea de paso, o sea, yo estaba completamente segura de que su mami era una orangutana y su papi un orangután (porque además, pucha, la letra de una de sus guarachas favoritas decía eso, "el orangután y la orangutana", ¿te acuerdas?). Bueno, un día me dijo que él tenía familia en Lima y que le gustaría visitarla, pero claro, o sea, para él Lima quedaba en Río de Janeiro, es decir, al norte de México, y le parecía demasiado lejos "viajar hasta Oceanía para ver a unos primitos que al menos en foto tienen cara de monos, pero más bien de maquisapas".

En fin, hija, el tiempo pasó, a mi tío Fernando lo sacaron en pijama, se acabó la embajada en Caracas y la vida tuvo que seguir con todos sus sinsabores y sus consabores también, que de tenerlos, los tiene, ¿no? La cosa es que ya te podrás imaginar por qué me estoy acordando tanto de Yunque, y si no te lo puedes imaginar, sólo te pido que contrastes la descripción que te he hecho de él unas líneas arriba, con las fotos que aparecen en los periódicos, donde si le sacas la bandera de atrás, los micrófonos, los galones y los primates que lo flanquean, pucha, tienes al mismo Yunque de siempre, contándome de su primita Martucha (ag) que vive en Lima, "feíta pero con su genio", como me dijo una vez, después de pensarlo horrores.
Ay hija, ¿por qué será que mi destino siempre viene tan entretejido con los tropicalismos de nuestras banana republics? ¿Qué karma estaré pagando, me pregunto? Aunque en realidad, pucha, la pregunta no es ésa sino, ¿cuándo será el día en que Los Innombrables (que ya son varios en la Patria Grande), se vuelvan a sus reencauchadoras de llantas o a sus asientos de chofer, y nos dejen el comando de las cosas a quienes realmente tenemos solera para hacerlo? Porque además, hija, cuando son familia entre ellos la cosa es más peluda todavía; ¿no has visto cómo bajaban de los cerros en las películas de cowboys? ¡Me quiero morir y no puedo! Chau, chau. (Rafo León).

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