Niños Subterráneos
Robo, mendicidad, peleas callejeras, batidas, promiscuidad sexual y drogas. Los peligros del submundo infantil en el segundo domingo de agosto, Día del Niño.

Chupadedo, Flaquiflaqui y Robachancho combaten el hambre en improvisado fogón bajo uno de los puentes del río Rímac.

Escribe GASTON AGURTO
Fotos ERIK DAÑINO

EN los días previos a las Fiestas Patrias, 38 niños y adolescentes de la calle -la mayoría de los alrededores de Palacio de Gobierno- fueron levados y recluidos en el Centro Preventivo de Menores de Barranco. Las calles del Centro Histórico lucieron limpias y no se reportó ni un solo robo cometido por pirañitas.
Son un peligro público, eso está claro. Pero también son la más clara señal de la enfermedad social de la miseria. Según el Inabif estos niños, unos 600 sólo en Lima, han optado por vivir en las calles debido al maltrato de padres y padrastros con ínfima educación, sin recursos económicos y generalmente alcohólicos y/o drogadictos. Algunos se concentran en la zona transitada del Parque Universitario, ¿Por qué huiste de casa? -se le pregunta a Alicia, de 15 años, natural de Huánuco-. Porque me gusta la calle, pues -responde. Se trata de una "piroba" o niña que se prostituye para subsistir. Alicia viste jeans apretados y una camiseta que delinea una silueta en plena formación. Con su rostro angelical dice que no se prostituye. Pero según la ONG a la que acude cuando tiene problemas, ya ha contagiado de gonorrea a cuatro compañeros.

Retrato de Chupadedo, adolescente que de los inhalantes pasó a la pasta básica.

Los riesgos a los que están expuestos estos "menores en circunstancias especialmente difíciles" van desde una verruga hasta un balazo. Pero los asistentes médicos del Instituto Mundo Libre (ONG con 50 niños en terapia) confirman que las enfermedades de la piel son las más comunes. A causa de la falta de higiene, el 100% de la población sufre de ácaros y hongos que producen rascarrasca y sarna, enfermedades que sin baño ni medicamentos tienden a perpetuarse. Estos niños no tienen costumbre de lavarse ni las manos, ni la cabeza, ni los dientes, ni la ropa -explica una enfermera-. Tras usar una misma camiseta durante meses, se la quitan y la botan para ponerse una nueva, generalmente robada.
Reflejo de las condiciones de salubridad en que viven los niños de la calle, son las grandes verrugas negras que asoman en las pequeñas manos de Rocky. Este duerme con otros niños en un hueco formado debajo del puente Santa Rosa, al lado de un basural. Desde allí se sienten los pasos de los peatones como si fuesen los inquilinos del departamento del piso de arriba. Rocky debe el apodo a su prematura cara de boxeador: mandíbula desencajada, labio chueco, párpado caído. Su fétido olor ahuyenta a los policías.
Otra forma eficaz y muy difundida de zafarse de un policía es agrediéndose uno mismo. La sangre espanta a los policías -dice José Antonio, que en enero de este año para librarse de la prisión por haber arranchado un reloj de pulsera, se cortó el cuello con un vidrio de botella. ¡Saca a este asqueroso del patrullero! -ordenó uno de los efectivos al verlo en sangre por el espejo retrovisor-. ¡Va a manchar los asientos!

Un hueco debajo del puente Santa Rosa es lo que Rocky conoce como "casa".

Para tal efecto, algunos niños permanentemente llevan navajas de afeitar adheridas al paladar. Hablan, comen y hasta duermen con ellas sin infligirse corte alguno. Pero en el momento requerido, las sacan al exterior con un rápido movimiento de lengua. Consecuencia de esta práctica son la mayoría de cicatrices en brazos, pecho y rostro.
También son frecuentes los atropellos. De hecho, según los especialistas este año han aumentado los accidentes de tránsito debido al incremento de la venta del inhalante conocido como Terokal, sobre todo en las primeras cuadras de la avenida Grau.
La semana pasada, en el local de la ONG Generación había tres niños convalecientes con la pierna enyesada. Y tú, ¿cómo te hiciste eso? -se le preguntó a Cabezón, de 14 años-. Estaba jugando -responde. ¿Jugando?, ¿y a qué? A quitar cosas. Me chancó la pierna un carro, logré correr unos metros hasta que caí al suelo y ya no me pude levantar.
A Oscar, de 15 años, lo empujó a la avenida llena de autos otro chico con el que se estaba peleando. Fue conducido por el Serenazgo de Lima al Hospital Dos de Mayo. Y Chinito, de 13 años, fue arrollado por un taxi por ir tras una moneda que rodaba luego de ser extraída a golpes de un teléfono público.

Una casona en ruinas ubicada en el centro de la ciudad, y que sirve de albergue a una veintena de niños, es conocida como La Casita.

Generación registró en 1998, además de 20 niños y adolescentes atropellados, 24 con cortes hechos en peleas callejeras, 19 caídos de grandes alturas y golpeados, 15 enfermos de neumonía, apendicitis, cólicos, etc., 9 heridos de bala, 6 emergencias de parto, 3 por accidentes de trabajo y otros más.
Al cierre de esta edición dos de los tres atropellados se habían escapado y andaban -es decir, cojeaban- nuevamente por las calles.
Es bueno saber que en la práctica las organizaciones no gubernamentales dedicadas a la defensa de los derechos del niño en situación de abandono, están constatando la buena voluntad de algunas instituciones estatales como el Instituto del Niño y los hospitales Arzobispo Loayza e Hipólito Unanue, para atender en la medida de sus posibilidades a niños y adolescentes heridos.
En el Arzobispo Loayza se atiende a José Antonio Cabezas. El último domingo de julio fue detenido en las laderas del río Rímac por un civil armado que, identificándose como policía, lo acusaba de haber asaltado a un peatón. ¡Dame lo que has robado o nos vamos a la comisaría! -gritó el hombre, al tiempo que trataba de cogerlo por los hombros. El joven se sacó el polo y quedando libre, respondió: mátame pe', conchatumadre. La versión de un niño testigo indica que José Antonio recibió el impacto de bala cuando se agachaba para recoger una piedra.

Herido de bala José Antonio Cabezas.

El director general del Hospital Arzobispo Loayza, doctor José Mauricci, tiene dos explicaciones sobre el reciente cambio de actitud de los establecimientos. En el caso de los enfermos adultos, en este local el 30% de las 477 mil consultas al año, son de pacientes con nulos recursos económicos. Y gracias al Seguro Escolar, ahora niños entre 3 y 17 años tienen derecho a ser atendidos, hospitalizados y medicados sin costo alguno en los hospitales del Estado. Pero doctor, la mayoría de los niños de la calle no estudian -se le recuerda. En ese caso -dice- no se debe descartar la mística propia de los galenos de los hospitales antiguos ni el cumplimiento de la nueva Ley General de Salud. La ley rige desde julio de 1997 e incluye disposiciones sobre la atención de los profesionales médicos a los pacientes sin recursos, estableciendo responsabilidades penales como consecuencia de la no atención o "acción por omisión". El Hospital Santa Rosa, que en más de una oportunidad se ha negado a atender a niños en abandono, está avisado.
Se sabe que una de las zonas de mayor riesgo infantil son las riberas del río Rímac, porque es allí que aprenden de los mayores a fumar pasta básica de cocaína. La misma que en anatomías desnutridas, con insuficientes cantidades de hierro, causa daños irreversibles. Allí encontramos a Chupadedo, Robachancho y Flaquiflaqui, tres adolescentes que bajo uno de los puentes y en medio del basural preparaban una sopa a base de alas, menudencia de pollo y verduras obtenidas luego de mendigar en los mercados.

Dejando atrás "chairas" y amenazas, Marco Antonio Sarrín,16, y Daniel Terrazas, 17, trabajan en el programa de recuperación de niños de la calle "Jardineritos de mi Ciudad".

De ellos, el más deteriorado físicamente es Chupadedo. Lo conocimos hace un año, y era otro. Ahora tiene el rostro deforme: ha perdido los dientes incisivos y caninos, la piel se le ha oscurecido como si lo hubieran achicharrado y la nariz se le ha ensanchado grotescamente, como si le hubiera pasado una aplanadora por la cara. Al despedirnos nos pidió un sol para los tallarines.
El último hábitat de pirañas se llama "La Casita," una casona en ruinas ubicada en el centro de Lima (cada vez que la prensa da a conocer la ubicación de estos niños, las autoridades responden simplemente tapiando el lugar). Allí una veintena de infantes vive sobre una alfombra de desperdicios, excrementos y latas del pegamento que utilizan como inhalante. Los pirañas que encontramos en la penumbra de una de las habitaciones daban una impresión primitiva. Eran de seis a ocho niños, estaban sentados en el suelo devorando panes con mantequilla. Unos con gestos agresivos, otros con gruñidos. Los más indiferentes se dedicaban a inhalar o a buscarse los piojos y las liendres entre sí.
No pudimos constatarlo pero la mayoría de asistentes sociales, que son quienes tratan a estos niños más a fondo, concuerdan en que la mayoría de ellos también suele poner en práctica altos valores como la generosidad, la lealtad y el compañerismo sin límites. Aún en las peores condiciones siguen siendo fieramente humanos.



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