Pucha, Anorexia y Bulimia

Por LORENA TUDELA LOVEDAY

TEcuento: por las fiestas patrias me fui a Nueva York para huir de la anorexia y la bulimia porque como te podrás imaginar, o sea, la perspectiva de pasármela en Lima con este frío que parece el corazón de El Perverso Chinafaz, escuchando su mensaje y viendo a Larrabure aplaudiéndolo como una foca Down, pucha, me daba ganas de comerme un jabalí con papas fritas mientras que la idea de una Martucha comentando el mensaje de Su Creador, me generaba una pérdida absoluta de las ganas de comer; así que agarré el primer avión que se me pasó por delante, y a llorar a Park Avenue, donde siempre hay consuelo para los fabulous like us, tú me entiendes.
Sin embargo, fue inútil: el primer día me dio bulimia y me fui con mi amiga lesbitorta Maggie a un restaurante chino, hija, donde seguro inconscientemente para agredir a El Otro Chino, pucha, me zampé -¡con los dedos!- cuatro platos de gallinas salvajes, un pez bola con hongos silvestres y dos porciones de camarones de Feichú con chancho verde de Sechuán y claro, a las cuatro de la mañana yo me desplazaba en moto por todo mi cuarto, no te puedes imaginar, hasta que me quedé dormida pero ahí recién empezó lo bueno porque yo ya no sé si era en sueños que se me apareció la doctora Martha, hija, taconeando de negro cerrado con el fondo brumoso de la parada militar, pucha, y de ahí en adelante me la pasé hasta las dos de la tarde del día siguiente dando de alaridos algo así como: "¡No, doctora Martha, no sé qué he hecho pero por favor perdóneme, se lo juro que fue sin querer, basta, me arrepiento de todo, nunca se va a volver a repetir... no, ya no más, se lo juro que voy a ser buena, jamás volverá a ocurrir, no doctora Martha, no, no sea malita... nooooo!".

Hija, al día siguiente vino la anorexia y no me pasaba ni agua por la garganta, y al subsiguiente tampoco y menos al sub sub siguiente, hasta que el cuerpo se me empezó a llenar de pelos y ahí volvieron las alucinaciones, no sabes. Esta vez fue ni más ni menos que El Innombrable, pucha, en la calle de un pueblo joven, montando bicicleta. Pero eso no era nada: ¡en la bicicleta llevaba a una morena con corona de Miss Perú, igualito como cuando yo era chiquita y el jardinero de mi casa de Prescott paseaba a la Orsolinda y siempre, o sea, cuando ella se bajaba, él le decía "Orsolinda, lo que tú no sabes es que la bicicleta había sido de mujer" y yo, te juro, pucha, que no entendía nunca nada de nada, como tampoco entendí ni jota esa horrible noche en Nueva York!
Bueno, pasada la anorexia, tuvo que volver la bulimia, esta vez encarnada en un banquete que me clavé con mi amigo rosquetón Poupé, hija, con esa comida hindú que parece que está viva porque después te camina dentro de la barriga, y la combinación de curri, yogourth, bubuti, chandra, leche de coco y pichón de Samarkanda me trajo por la noche la imagen imborrable de una Anel Townsend levantando la olla a presión de la familia Diez Canseco (qué dirás, tía Carmen Rosa) en pleno hemiciclo del Congreso, mientras Rolando Breña con su look de jubilado de correos, hija, dejaba un avioncito de papel dentro de un ánfora que tenía delante la doctora Martha (¡No, lo lo voy a volver a hacer, fue sin querer, no sea malita doctora Martha!) y te lo juro que ahí fue que me dí cuenta de que había dejado encendido el televisor en un canal de cable nacional, lo que no hacía sino enloquecerme lo poco que me estaba faltando.
Bueno, regresé a Lima y entre que El Ojo Jalado ya está que plancha la banda para la tercera, Keiko Sofía ha optado por los sastrecitos celestes rabicortones y Andrade va a ganar como presidente del Perú pero en la comunidad campesina de Pariacaca, pucha, la anorexia y la bulimia están que se me alternan cada tres minutos, por reloj. ¿Me iré a morir? Chau, chau. (Rafo León).

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