Terror De Los Galenos
Juan del Valle y Caviedes, redescubierto por Uriel García como feroz crítico de la medicina en la Lima del siglo XVII.

Escribe
JOSE GUICH RODRIGUEZ

LOS vínculos entre la antigua ciencia de la medicina y la creación literaria han generado, durante varios siglos, una inagotable fuente de obras extraordinarias y no pocas indignaciones en el gremio de Esculapio. Casi en la totalidad de estos casos, los escritores se han interesado por la noble profesión de Galeno e Hipócrates con la única intención de zaherirla mortalmente, recurriendo para ello a la sátira del más grueso calibre. Son ésas las contribuciones poéticas que han sobrevivido al tiempo. No ha quedado espacio para los tratamientos complacientes o idealistas.
Es precisamente a partir del Renacimiento que, en franca coincidencia con el ascenso de una cultura clásica redescubierta después del interregno medieval, escritores como Francois Rabelais -el inmortal autor de Gargantúa y Pantagruel- denunciarán sin restricciones la insensibilidad, antihumanismo y estupidez de las prácticas terapéuticas de su época. Más tarde, Quevedo, Cervantes y Moliere también dirigirán sus dardos hacia la horda de curanderos que, valiéndose de pintorescos recursos y creencias, empeoraban a sus pacientes en vez de aliviarlos. La expresión matasanos ha sobrevivido hasta nuestros días, ejemplificando así un imaginario colectivo que veía tanto en el médico como en el cirujano a solícitos aliados de los sepultureros, antes que a benefactores dignos de veneración.

"La Medicina Amarga", óleo de Adrián Brouwer que muestra el incontenible entusiasmo del paciente ante una pócima. Los pacientes bebían todo lo prescrito por su médico de cabecera.

Ese espíritu corrosivo pero profundamente comprometido con los ideales más elevados de la civilización occidental ha llegado hasta nuestro siglo. Prueba de ello es la enciclopédica novela Palinuro de México (1977), de Fernando del Paso (Premio Rómulo Gallegos 1982). El texto de Del Paso, escrito en variados registros estilísticos y temáticos, coloca en la picota no sólo a la figura del médico, sino a los absurdos -cuando no aberrantes- experimentos efectuados por investigadores de todos los tiempos en la búsqueda de la panacea o, simplemente, la vanidad satisfecha. Se esboza así una jocosa y espeluznante Antihistoria de la Medicina, protagonizada por figuras honradas por el discurso oficial, frente al cual Del Paso desarrolla una escritura subversiva y desmitificadora.
Uriel García Cáceres, distinguido patólogo, historiador y profesor universitario, ha rescatado en su reciente libro a un poeta -nacido en España pero afincado en el Perú- como excepcional testigo y crítico furibundo de la praxis médica imperante en la Lima del siglo XVII. Juan del Valle y Caviedes: Cronista de la Medicina permite acceder a una nueva dimensión en el estudio del llamado Poeta de la Ribera, hasta hoy oscurecida por la perspectiva meramente estética y formal que, respecto a su obra, alimentaron polígrafos y filólogos.

El patólogo cusqueño reivindica la figura de Caviedes como observador de la praxis médica.

El trabajo de García Cáceres parte de los poemas satíricos de Caviedes -un autodidacto dedicado al comercio- para construir un panorama del estado de dicha ciencia durante los días del virreinato. Según el patólogo, hasta hoy Caviedes sólo había sido blanco de iras y aversiones por parte de los historiadores de la disciplina. Cegados por el resentimiento ante quien consideraban un enemigo acérrimo, le negaron cualquier mérito como observador excepcional. Su obra Diente del Parnaso (que en realidad debió titularse Hazañas de la Ignorancia, de acuerdo con estudios recientes) fustiga a los médicos más prestigiosos y respetados de la Ciudad de los Reyes. Para Caviedes, un adelantado de la Razón, éstos no exceden la condición de simples carniceros, lo mismo que los cirujanos -sus subalternos-. Los criterios que regían el tratamiento de los enfermos estaban parametrados por teorías obsoletas, con miles de años de antigüedad.
Mientras otras ciencias habían alcanzado un notable grado de desarrollo, la medicina se hallaba sumida en el oscurantismo y el atraso absolutos. No fue sino hasta el advenimiento de la Ilustración y los métodos experimentales que se produjo un salto monumental, afirmado en el siglo XIX. Sin embargo, Uriel García Cáceres comenta que a inicios del siglo XX, aún se publicaban manuales médicos inspirados en la teoría de los humores, directa responsable (a causa de las temibles sangrías o sangrados) de que miles de enfermos sucumbieran ante las maniobras de sus médicos de cabecera. Sólo muy avanzada la centuria, muchos conceptos y prejuicios fueron superados, iniciándose así una era de progreso impensable para los terapeutas del pasado. Sin embargo, ellos también merecen una cuota de reconocimiento, puesto que sin sus errores y medios truculentos la medicina no habría llegado a un instante como el actual. Hoy, los discípulos de Paracelso son capaces de proezas que en la Antigüedad se atribuían a los dioses.


Elogio Etéreo
Un avance exclusivo del libro que ilumina sobre aspectos poco conocidos de la medicina colonial.

OTRO acierto de su intuición y de sus conocimientos clínicos es la observación sobre la oclusión intestinal, lo que hoy se llamaría íleo paralítico. En el jocoso y desvergonzado verso Defensa que hace un ventoso al pedo advierte sobre los peligros de la ausencia de movimientos intestinales con falta de expulsión de gases. Utilizando los más desinhibidos conceptos anota que:

Cuando lo ventoso aflige,
cuando las tripas regañan,
¿Hay remedio como un pedo
que alivia aquesas borrascas?

(...)

¿De qué vienen las jaquecas,
flatos, ahogos y ansias?
De los vapores que suben,
pero no de los que bajan.

Cuántas personas han muerto
de ventosidades varias;
y cuántas por expelerlas
quedaron buenas y sanas.

Pues si traen tantos daños,
y si tantos males causan
retenidas ventoleras
por no poder aflojarlas,
digo que es sano el peerse
aunque esté delante el Papa,
a todas horas si pueden
y buen provecho les haga.

Se ha probado en voluntarios, de manera experimental, que la insuflación de aire en el colon causa náuseas, jaquecas y malestar general.
Otra vez aquí se nota el pensamiento hipocrático del vate. La utilización de los mecanismos de la naturaleza para el restablecimiento de la salud, que constituye un verdadero cuerpo de doctrina en todo el trabajo que él desarrolló en el tema de la medicina.


© 1995 - 1999 Empresa Editora Caretas S.A.