Tres Palabras Distintas
Reflexiones hilarantes acerca de variables de significado que ruborizarían a más de un sesudo especialista.

Con una sabrosa digresión en torno de puntillosas cuestiones lingüísticas, se inicia una serie de colaboraciones a cargo del escritor peruano Gregorio Martínez -hoy radicado en los Estados Unidos-. Tres mágicas palabras de inequívoca significación erótica en lares peruanos generan varias situaciones hilarantes cuando el autor de "Canto de Sirena" se enfrenta a los mismos vocablos en tierras aztecas.

Escribe GREGORIO MARTINEZ
Washington DC
(exclusivo para CARETAS)

SOLAMENTE yo, porque soy peruano, sentí que una culebra me corrió por la espalda, desde el huesito de la alegría hasta la nuca, cuando la actriz mexicana Verónica Castro dijo, muy suelta de osamenta, en una entrevista por televisión que se retransmitió en Estados Unidos:
-Ni modo, la chucha siempre es la chucha.
Todas las otras personas, casi una decena de latinoamericanos de diversos países, que se habían reunido en mi quilombo de Washington DC, no para ver a la actriz mexicana sino con las ansias de escuchar el concierto televisado del viejo bajista cubano Cachao López; todas aquellas personas recibieron la frase como lo más natural de la tierra. No se inmutaron en absoluto, nadie pestañó siquiera. Al contrario, Angela Villa, oriunda de Chichecastenango, Guatemala, el mero pueblo que nos legara la única copia manuscrita del Popol Vuh, comentó jubilosa y radiante, contemplando a la mascota de la actriz mexicana:
-¡Qué linda chuchita!
Yo fui, para mi condena, el único menso que bajó la mirada, pudoroso y lleno de bochorno, porque la dama que estaba a mi lado, elegante y guapísima, aunque no era peruana y a duras penas hablaba un castellano pedregoso, ella conocía muy bien el significado vigente que dicha palabra, chucha, convertida en peruanismo, tenía en el habla del Perú.
-¿Te sirvo más vino? -dije para disimular.
-No te preocupes, todavía tengo -me contestó ella.
Tres son, sin ninguna duda, las palabras castizas e inocentes de la lengua española -cachar, chucha, pinga- que si alguien las pronuncia en tierra peruana, de los labios para afuera, al instante levantarán ronchas de escándalo en los pechos de la moral y en las nalgas de las buenas costumbres. Tres palabras distintas y una sola intención verdadera: la conjunción copulativa.
Por supuesto, nadie en el Perú podría llamarse Cachao, así como se llama, sin ambigua, el bajista más famoso de Cuba, hermano menor del Macho López, músico éste que inventó el mambo, ese ritmo de fuego y de meneo que luego arregló, retocó e internacionalizó con gran suceso Dámaso Pérez Prado. Pero los vocablos cachao y cachado, adjetivo o participio, disuenan sólo en el Perú, en cambio en otros países hispanohablantes y en la propia España suenan natural, aun gratos al oído y a la moral ciudadana. Incluso el sustantivo cachero, que también es nombre propio y apellido de prosapia, no despierta la menor sospecha.
En la realidad peruana, el verbo cachar es tabú. Es una expresión carnal, el tope entre las obscenidades. Quien se atreviere a soltar dicha palabra en público, en abierta ofensa a la decencia, tal persona no tendría perdón y merecería la más grave condena social, acaso los extramuros del olvido y las espaldas del desprecio. Aunque repetida profusamente, en circuito cerrado, cachar es en territorio peruano una palabra prohibida, lejos más condenada y abominable que joder, su sinónima en el español general, que prácticamente ya está gramaticalizada y deslavada, en España y América, como lo están también coño y culo.
A pesar de que la terrible obscenidad del vocablo cachar tiene vigencia sólo en el Perú, una insignificancia con respecto a los 300 millones de hablantes de español que hay en el mundo, la interpretación conceptual que han hecho los peruanos resulta legítima. Cachar deriva del sustantivo cachas que es sinónimo de nalgas, la culata o trasero de bípedos y cuadrúpedos. Por analogía se denomina con el mismo nombre, cachas, a la culata de un arma, a la empuñadura del puñal o del revólver. Hacer cacha o burla, cachita como se dice, no se aparta de esta línea. Desde hace siglos mostrar el trasero ha sido un modo de sacar pica. Ahora quizás sólo sea una invitación a la concupiscencia.

Nada más propio, entonces, que utilizar la palabra cachar para referirse al acto de tomar a alguien por las nalgas, ñapu, con intenciones no muy santas. Por extensión se llama igual a todas las otras formas y variantes de la cópula entre semejantes y desemejantes, el muestrario completo, I modi, que documentaron a dúo Giulio Romano y Pietro Aretino. Porque pinga parada no cree en Dios, ni en la taxonomía del reino animal y menos, aún, en las equivalencias de embocadura y calibre que establece, con tanto idealismo, el Kamasutra de Mallanaga Vatsiayana.
En cambio, el uso masivo y frecuente del vocablo cachar como sinónimo de capturar, especialmente en México y Centroamérica, así como en la comunidad hispana de Estados Unidos que tiene más habitantes que el Perú entero, constituye una influencia espuria, flagrante, del término inglés catch. Una revuelta evidente de la serpiente que se muerde la cola, ouroboros, porque el verbo sajón catch deriva precisamente del latín captare. De modo que el cachar inocente de los mexicanos, ¡cáchame mojada!, con cierto relente a caliche fronterizo, retoma sin saber, gracias a un saltapatrás providencial, el casticismo de un castellano viejo.
Por donde se le mire, chucha es una metáfora asaz expresiva y ajustadita. Ocurre que vulvas y conchas se parecen no sólo en el aspecto, labiales, pero también en los efluvios. Para no decirle su propio nombre, vulva o vaina, los hablantes echaron mano del eufemismo metafórico y empezaron a mencionarla con el apelativo subgenérico de la coquina, chucha, una concha bivalva que es prima de la diversidad de almejas. Dicha manía llegó de España, luego desapareció en cada lugar, excepto en el Perú, donde arraigó con ganas.
Cualquiera podría pensar, guiándose por las apariencias fónicas, que la palabra chucha tiene un sentido festivo o jocoso. Nada parecido. Se trata de un vocablo tabú, sucio, obsceno, coprolálico e indecente, a pesar de que posee una frondosa sinonimia de carácter afectivo e informal. Chucha es el hipocorístico de las mujeres que se llaman Jesús y también de las que se nombran María, por Maricucha. Esto ocurre en España, México, Centroamérica y en los demás países de habla hispana, menos en el Perú, donde a las Jesús se les dice Susa o Susi, a las María, Cucha, pero jamás se utiliza como nombre afectivo el hipocorístico Chucha.
Sin embargo, fuera del contexto peruano, el vocablo chucha fluye suave y sin sobresaltos, como moneda corriente. En México, Guatemala, Honduras o El Salvador, chucha no es la forma familiar o subestándar para decir perra, sino la forma generalizada que todos emplean, aun la prensa y los medios de comunicación, para referirse a la hembra del can.
Por tanto, nadie se escandaliza, en España o en la mayoría de los países de Latinoamérica, si lee en el periódico o escucha por la televisión la palabra chucha. Unicamente en el Perú la palabra conserva, como antaño en otros ámbitos, su delicuescente relave de obscenidad.
¿Por qué se ha perpetuado en el Perú el arcaísmo pinga? Casi en todos los territorios del orbe, donde se habla español, el vocablo pinga, palabra dura y obscena, ha sido borrada del léxico coprolálico por las oleadas sucesivas de nuevos términos y la mutación incesante de los hábitos lingüísticos. Sin embargo, en el Perú ha persistido, trejo, el uso de la mentada mala palabra para denominar al llamado miembro viril; mientras en México sólo significa picardía: eres bien pinga.
Posiblemente el arribo de los migrantes chinos, en el siglo XIX, fue el cemento que fraguó la perpetuidad del vocablo pinga. Ellos, los migrantes chinos, especialmente de Macao, fueron quienes renovaron y perennizaron la utilización de la pinga como herramienta y artificio para trasladar, a fuerza viva, sendos pesos: baldes colmados de líquidos o canastones repletos de verduras. Quienes piensen que la influencia china no ha sido tan fuerte en el Perú, deben recordar que los peruanos son los únicos habitantes de América que comen arroz cada día.
-Ponte la pinga en los hombros.
Aunque los diccionarios de la lengua española, siempre menguados y reticentes, suelen obviar la palabra pinga, y a duras penas consignan pingo o pingajo, se trata, en verdad, de una voz castiza y legítima, que nombra al palo largo que los cargadores se cruzan sobre los hombros para llevar sendos pesos colgados en los extremos. De modo que la terrible frase de un hablante peruano, tengo la pinga al palo, en definitiva resulta un simple pleonasmo.
Hubo un tiempo en que la mayoría de los hablantes de español, fieles a la expresión metafórica, no decían falo ni fascinum sino pinga, en clara alusión al palo que todos conocían. También chucha tuvo su reinado idiomático y cachar por lo consiguiente. Así como los imperios, las tres palabras mencionadas han ido perdiendo sus dominios. Al borde del siglo XXI sólo les queda el Perú como último reducto. Pero allí se han fortificado, en el bunker de la coprolalia, para vivir mil años más.