De Viejas y Nuevas Insurgencias
Ex presidente Fernando Belaunde advierte sobre actuales peligros políticos y revive jornadas pasadas. Según él, la reelección podría encender ánimos insurgentes.

Siempre elocuente, siempre preciso en el comentario. A sus 86 años de edad, Fernando Belaunde Terry no ha perdido la lucidez de la forma ni la profundidad del recuerdo. Sigue pensando en participar en política, aunque se declara un "combatiente" antes que un "pretendiente", una suerte de autorizado defensor de la democracia antes que un eterno candidato. Sus palabras, con las que se puede concordar o no, revelan la supervivencia de un pensamiento partidario que se niega a sucumbir, a pesar de los constantes malos agüeros y las nacientes candidaturas independientes. El arquitecto es, en suma, un testigo del siglo, pero también un gurú político de la hora presente, a quien hay que escuchar con atención nada marginal.

Entrevista CESAR LEVANO

ARQUITECTO, el ingeniero Fujimori acaba de revelar en Tokio que decidirá a último momento si se lanza a la reelección. ¿Qué piensa de ello?
-Me sorprende mucho. Significa que cree que legalmente puede hacerlo. Pero por una interpretación tinterillesca no se puede obtener un derecho que la Carta Magna nunca ha dado. El derecho a la primera reelección lo dio la actual "Constitución", aunque ella no da derecho a una segunda reelección. Hay una manipulación para interpretar que ahora estaría en su primer período, olvidándose de la vez anterior. Eso no es aceptable.
-Usted dijo el año pasado a CARETAS que "el comando de los tanques" era la base militar que sustentaba a Fujimori. Desde entonces han pasado muchas cosas en el ámbito castrense, entre ellas la destitución del general Hermoza Ríos.
-La permanencia del comando es objetada por todos los miembros de la institución, con muy pocas excepciones. Se necesita renovación. Claro, su duración no debe ser demasiado breve, pero tampoco demasiado extensa.
-¿La salida de Hermoza no le suscita ningún comentario?
-Para mí ese episodio es el fin de un período que ha sido bastante irregular.
-Algunas personas creen que ahora sería Vladimiro Montesinos quien estaría por salir, incluso salió el comentario en un diario, ¿qué puede significar eso?
-Por salir o por entrar, porque él salió hace algún tiempo, hace varios años. Todo esto es muy irregular.
-Lo que no es irregular son las candidaturas que empiezan a perfilarse: la del alcalde Alberto Andrade, la de Castañeda Lossio, la del alcalde Salas. ¿Se siente usted próximo a alguna de ellas?
-Yo respeto todos los movimientos que tengan algún respaldo, pero creo que el problema ahora es reelección o no reelección. Yo estoy por la no reelección, y no sé si con una proliferación o dispersión de candidaturas se puede hacer frente a una amenaza tan grande para la democracia en el Perú.
-¿Qué deberían hacer los ciudadanos y la Fuerza Armada si, a pesar de eso, Fujimori insiste?
-Bueno, eso crea un proceso presubversivo, por lo menos, que no terminaría legalmente. Leguía es un caso muy conocido. Entró elegido a Palacio, el año 1919, por la puerta grande. Pero después cambió la Constitución y se reeligió una y otra vez. La conclusión de esta aventura fue sumamente dañina para el país.
-Generales retirados, como Rodolfo Robles, dicen que entonces se pondría en vigencia el derecho a la insurgencia. ¿En qué consiste realmente este derecho?
-Es algo sumamente claro: no hay por qué permitir que un gobierno haga lo que quiera, que disponga de las Fuerzas Armadas a su mejor saber y entender. El pueblo tiene derecho a exigir un gobierno plenamente basado en la Constitución y en la ley.
-Los militares retirados hablan, como antes no lo hacían, sobre este derecho a la insurgencia, pero no tienen peso en las Fuerzas Armadas.
-Eso es relativo. Si tienen razón, siempre tienen algún peso. En los institutos armados debe haber ya fuertes presiones internas. Claro que no se expresan estas presiones al público o a la prensa.
-¿Las elecciones del 2000 deberían implicar la unidad de la oposición en torno a un solo candidato?
-Hay que ver cómo se puede proceder. Si Fujimori intenta una reelección, ya sabemos todo lo que puede venir. Lo que hicimos nosotros el 1ro. de junio de 1956 fue una rebelión contra un intento de fraude. Se nos había denegado la inscripción y cuando salimos a la calle, se la aceptó. El fraude no se consumó totalmente, pero después vino el tejemaneje.
-¿Ustedes se inscribieron a pesar de que ya se había cumplido formalmente el cierre de la inscripción?
-En el día que se cumplía el cierre de la inscripción, el JNE emitió una resolución negándonos ese derecho. Entonces salimos a la calle. Yo convoqué a la población para irnos todos a Palacio a exigirla. Cuando llegamos al jirón de La Unión, la guardia de asalto había tomado esa zona. Tuvimos un choque bastante violento. Yo les pedí a todos que me dejaran ir solo, no con una bandera blanca, sino con una bandera peruana. Era importante que yo fuera solo, porque iba a dar un ultimátum para que se inscribiera mi candidatura. De lo contrario, seguiríamos hasta Palacio. Esa fue la discusión de la cual CARETAS captó una foto magnífica. En la carátula de CARETAS (edición número 111) aparezco dando el ultimátum a ese jefe, a quien después me tocó ascender. Era un coronel. Esa noche fue una noche de protestas, para exigir el cumplimiento de la ley.
-Fue un movimiento popular, casi surgido de la nada. Porque usted no tenía un partido.
-Vea usted, yo fui diputado por Lima a los 31 años en la lista de Bustamante y Rivero. Al comienzo de la legislatura, el Apra se separó del Frente Democrático Nacional y creó la Célula Parlamentaria Aprista. Esto nos puso en contacto con dicho partido, pues veníamos del mismo grupo, bajo la jefatura del doctor Bustamante. Ya antes yo había sido miembro de la directiva, presidida en Lima por el doctor José Gálvez, y él pidió cuatro secretarios jóvenes. Estaban Enrique Dammert, Jorge Luis Recavarren y yo. Tuvimos choques con los apristas en determinados puntos, pero mi relación con ellos fue generalmente cordial, excepto en el famoso incidente de la interpelación a Odría, entonces ministro de gobierno. Yo les pedí que llamaran a Odría para interrogarlo sobre el crimen Graña. Tuvimos una reunión muy pintoresca en la que estuvo Haya de La Torre, quien dijo: "El señor Belaunde es muy buena persona, pero ¿qué hace?". Describió mi vida como una vida de abundancia. Dijo: "Primero se desayuna, pide El Comercio, después La Prensa. Después va con sus clientes a hacer casas, almuerza con ellos y finalmente va a la Cámara. Su visión de la opinión pública es esa". Yo le interrumpí muy cortésmente: "Tiene que ser así porque La Tribuna sale por épocas" (Risas).

1956: el año de la insurgencia juvenil que hizo de Belaunde un floreciente candidato.

-¿Qué papel va a jugar Acción Popular en las próximas elecciones, arquitecto?
-Creo que estamos jugando ya un papel clave, sobre la base de que yo soy combatiente, pero no pretendiente. No busco nada personal, pero tampoco rehúyo ningún combate en defensa de los principios democráticos del Perú. Yo voy a estar activo, pero por ahora es conveniente seguir esperando y ver cómo se plantea el proceso. Si éste es sin intención reeleccionista, es uno, y si es con reelección, es otro.
-El ex presidente Alan García acusa a la actual oposición de "jurídica" y de atender poco a los problemas de justicia social.
-Yo no comparto ese punto de vista. La oposición es múltiple. El neoliberalismo, por ejemplo, es criticado especialmente por su falta de emoción social. En la oposición no hay mayor yerro, sólo que está dispersa. El peligro reeleccionista, sin embargo, pone al país en una situación sumamente crítica, porque no va a ser el sufragio el que va a cambiar estas cosas, cuando la democracia empieza a imperar en todas partes. En Panamá, donde el presidente iba a ser reelecto pero ya no lo va a ser, ya hay una presidenta recién elegida. En Buenos Aires, Menem iba a ser candidato, pero ya no lo va a ser. En México, el PRI está viendo la manera de cambiar, suprimiendo el famoso dedo para la elección del candidato presidencial, como ocurría antes.
-¿Está usted de acuerdo con la privatización de la hidroeléctrica del Mantaro, con la entrega en concesión de los puertos?
-En la privatización hay algunos casos que son explicables. Por ejemplo, una industria con mucha burocracia, como Siderperú, ha bajado de cinco mil a cuatro mil empleados. Ahora bien, no sabemos cuál será la consecuencia social de todo esto, los dramas familiares. De manera que uno no sabe hasta qué punto se justifica todo eso, sobre todo cuando se transfieren las propiedades con acciones previas para limpiar un poco las bases de la transacción. En el caso de los puertos, es frecuente que haya instituciones privadas que se interesen, pero es muy peligroso porque puede haber intereses extraños al país. Las llamadas concesiones hay que vigilarlas mucho. La empresa privada puede traer nuevas ideas. Es el caso de la luz eléctrica, del teléfono. En el caso del petróleo se dijo: "ya no es el gobierno", pero, cómo no va a ser, si el gobierno siempre es el que de alguna manera da la base del precio. Hay determinadas privatizaciones que tienen consecuencias muy difíciles para el Perú. No soy adverso a ellas, pero hay que privatizar sin ocasionar peligros al país.
-Durante su gobierno hubo más de un arreglo con el FMI. ¿Qué opinión le merece la carta de intención última?
-El partido ha hecho un comunicado sobre eso. Hay muchas objeciones. Tener un acuerdo con el FMI es necesario para tener acceso libre a las fuentes de crédito, pero eso no significa aceptar lo que plantea el Fondo.
-Volviendo al comienzo, ¿usted diría que la acción del 1ro. de junio fue un acto legítimo de insurgencia?
-Plenamente legítimo, como lo prueba el hecho de que nos hubieran negado algo al que teníamos derecho y que después reconocieron.
-Pero, ¿fue insurgencia, o no?
-Fue una protesta, muy categórica sin duda. No se obtiene la victoria sin algún riesgo. Hoy día, por ejemplo, es más difícil, porque está computarizada la cuestión electoral. Pero el problema es qué le meten a la computadora. Se puede destruir la veracidad electoral si no hay un control de gente experta y absolutamente imparcial.
-¿Qué llamado haría usted a las Fuerzas Armadas respecto al control electoral?
-Les recordaría dos cosas: elecciones limpias en el Perú fueron las que presidió la junta del general Nicolás Lindley. Las que presidió el general Francisco Morales Bermúdez. Yo no era el favorito del gobierno en 1980, y eso era notorio; sin embargo, se respetó mi victoria. Eso es lo que las Fuerzas Armadas deben defender: el prestigio de poder realizar elecciones que den garantías al país.
-¿Qué es lo que la Constitución autoriza bajo el nombre de insurgencia?
-Es rebelarse contra toda violación constitucional. No puede permitirse que un gobierno haga lo que quiera. En el caso del ingeniero Alberto Fujimori, él asumió el mando legalmente, con un Parlamento que representaba la opinión del país. Yo estuve 20 meses en ese Parlamento, antes del autogolpe. Fueron 20 meses de un gobierno inobjetablemente constitucional. Eso no lo podemos negar. Fujimori destruye o se autodestruye cuando disuelve el Congreso, sin cumplir lo que la Carta Magna establecía: que los cambios constitucionales se hacían en dos legislaturas sucesivas. Eso no se puede perdonar.
-¿Qué repercusión puede tener a escala internacional, hemisférica sobre todo, que Fujimori intente la reelección?
-El Perú automáticamente perdería toda prestancia democrática. Si la reelección tuviera éxito, va a ser un gobierno muy debilitado, con una votación inicial poco convincente. Por eso es que ahora se quiere cambiar los términos relativos a la segunda vuelta. Saben que no ganan en una primera vuelta. O si la ganan habrá que preguntarse cómo la ganan. Tengo el mejor deseo de que las cosas se compongan y se aproveche el año 2000 para comenzar el nuevo milenio con respeto a la vida institucional del Perú.