Manuel d'Ornellas
LA estampa de un paria internacional que no ha bajado la cabeza después de siete años de exilio. Una buena manera de recordar a Manuel d'Ornellas Suárez. La foto es una de varias que le tomamos en CARETAS en 1977 para la columna `Esta semana' que publicó aquí hasta 1983. Nunca la utilizamos porque optamos por la variante mas convencional del hombre y su máquina de escribir. Pero ahora vale la pena reflexionar sobre este perfil.
Volvía al país después de haber pasado un lustro sin nacionalidad ni pasaporte, y proclamado traidor a la patria oficial por un decreto supremo del general Velasco. Expreso, el diario que Manuel Ulloa Elías había rescatado de la desaparición y en el que él se había forjado como analista político de indispensable consulta ya en los años 60, seguía en manos del gobierno militar.
Pero allí lo tienen.
Resulta sintomático que la dictadura se ensañara con un periodista de estilo ponderado, razonado e inteligente. Una evidencia de que lo cortés no sólo no quita lo valiente, sino que añade fuerza a la pegada.
Es verdad que además de ganarse los frijoles en Buenos Aires editando Semana Latinoamericana, se divertía con José María de la Jara y Ureta pergeñando La Verdad, un folleto incendiario y semiclandestino destinado a malograrle el hígado a Juan sin Miedo y sus adláteres.
Pero a quien quisieron humillar especialmente fue al profesional reconocido d'Ornellas, y sólo terminaron añadiendo una condecoración al descendiente directo del ex presidente Manuel Pardo.
Esta metáfora se convirtió en realidad jocosa en la noche del 29 de agosto de 1975 cuando nos enteramos en la capital argentina de la caída de Velasco. Entre algunos exiliados que seguíamos allá nos condecoramos mutuamente, fabricando burlonas medallas con monedas y billetes deteriorados por la hiperinflación peronista, y reuniéndonos en un bodegón de vino barato con los distintivos prendidos en el pecho.
Claro que el que merecía esta orden del rol en el grado de gran caballero era Manu, en cuyo departamento los recién llegados encontraban no sólo apoyo y amistad, sino información con ají y limón peruano.
En las pruebas difíciles es que se conocen a las personas y fue en esas ocasiones, que no le faltaron antes y después a este periodista de independencia serena y sonriente pero irreductible, que d'Ornellas mostró tanto temple y clase.
Desde el anuncio de su fallecimiento el sábado 15 en Montevideo le han llovido merecidos elogios y homenajes, pero ojalá que en el Perú fuéramos mas generosos con los vivos.
Cuando d'Ornellas renunció a la dirección de Expreso el año pasado, con la lanza de su dignidad en ristre y quemando naves como los aventureros mejores, el diario perdió una viga maestra y el país un integrante culto y fundamental del diálogo político cotidiano.
Ahora hemos perdido a un amigo y las condolencias que se trasmiten a sus hijos Tomás, Verónica y Cristina d'Ornellas Radzwill, y a su mujer Rosario Abraham, su gran romance, comparten el dolor genuinamente. (Enrique Zileri Gibson)